Capítulo 16 — Lo que permanece
La lluvia había cesado durante la madrugada. No del todo. Solo lo suficiente para que Blackwood Manor respirara de otra manera. El aire que entraba por las ventanas entreabiertas olía a tierra húmeda, a madera vieja y al mar que golpeaba los acantilados con una paciencia infinita.
Clara llevaba varios minutos despierta, y no porque hubiera dormido mal. Sino porque empezaba a ocurrirle algo extraño.
La casa tenía horarios propios. El crujido de la escalera principal. El ruido lejano de las tuberías al llenarse. Los pasos tranquilos de Edward cruzando el vestíbulo. La puerta de la cocina se abre exactamente a la misma hora.
Sin darse cuenta, había empezado a reconocer aquella pequeña sinfonía cotidiana. Y, por primera vez desde que llegó a la isla, comprendió que ya no despertaba preguntándose dónde estaba.
Despertaba sabiendo que estaba en Blackwood Manor y aquello debería haberle resultado inquietante. Sin embargo... solo consiguió hacerla sonreír.
── ⚛ ──
Cuando llegó a la biblioteca, encontró la puerta entreabierta. No era extraño. Lo extraño era el silencio. Sebastián estaba sentado junto a la ventana, y un libro estaba abierto sobre la mesa. Pero llevaba tanto tiempo en la misma página que el café, a su lado, ya se había quedado frío.
No parecía leer, más bien parecía escuchar algo que solo él podía oír. Clara permaneció unos segundos en el umbral; no quería interrumpir aquel momento. Había aprendido que existían silencios que necesitaban terminar por sí solos.
Sebastián habló sin levantar la vista.
—Hoy has bajado más tarde —comentó mientras pasaba una página.
Ella arqueó ligeramente una ceja.
—¿Te has dado cuenta? —preguntó, observándolo con curiosidad.
Él pasó una página que, probablemente, no había leído.
—Sí —respondió sin levantar la vista.
Pero Clara sintió una ligera sorpresa, no porque hubiera reparado en la hora. Sino porque significaba que la había esperado. Aquella idea apareció tan deprisa como desapareció.
Seguramente solo era una casualidad. Aunque empezaba a descubrir que en Blackwood Manor las casualidades escaseaban.
Entró despacio y dejó el cuaderno sobre la mesa.
—Pensé que hoy la casa necesitaba despertarse antes que yo. —Una sombra parecida a una sonrisa cruzó fugazmente el rostro de Sebastián.
—La casa nunca duerme —respondió Sebastián con calma.
—Entonces debe de ser agotador vivir aquí —comentó ella, observándolo.
Él cerró el libro con una calma casi ceremoniosa.
—No. Lo agotador es olvidar que uno vive aquí —respondió, sosteniéndole la mirada.
Clara permaneció callada. Aquella respuesta no hablaba de la mansión. Hablaba de ellos. Y, como ocurría casi siempre con Sebastián, las frases más importantes parecían esconderse detrás de las más sencillas.
Se sentó frente a él y durante unos minutos ninguno habló. No era una competición por ver quién rompía el silencio primero, era otra cosa…Dos personas compartiendo un espacio sin sentir la necesidad de llenarlo.
Clara comenzó a ordenar las notas del día anterior. Los registros de la parroquia apenas añadían información nueva sobre Eleanor.
Fechas.
Nombres.
Firmas… demasiados documentos para tan pocas respuestas, dejó escapar un suspiro casi involuntario. Sebastián levantó la vista.
—¿No has encontrado lo que buscabas? —Ella negó despacio.
—Empiezo a pensar que llevo días buscando en el lugar equivocado.
—¿Y dónde crees que deberías buscar?
Clara giró lentamente el lápiz entre los dedos.
—En las personas. —La respuesta quedó suspendida entre ambos.
No era una acusación, tampoco una petición… solo una verdad que empezaba a abrirse camino.
Sebastián apoyó los antebrazos sobre la mesa y la observó con una atención distinta. Como si, por primera vez desde que ella había llegado a la isla, dejara de ver únicamente a la archivera que Eleanor había invitado a Blackwood Manor.
Había algo diferente en Clara. No era solo su insistencia sino la forma en que escuchaba. La paciencia con la que ordenaba cada dato antes de sacar una conclusión. Y, aun así, terminaba haciendo las preguntas que nadie quería responder.
—Eso es bastante más complicado de lo que imaginas —respondió Sebastián con una leve sonrisa, sosteniéndole la mirada.
Clara sostuvo su mirada. No se sintió juzgada ni creyó que intentara desanimarla. Más bien tuvo la impresión de que hablaba desde algún lugar al que regresaba demasiado a menudo.
—Lo suponía. —Sebastián bajó la vista a los documentos abiertos sobre la mesa.
Con la yema de los dedos alisó una de las hojas, como si el gesto le permitiera ordenar también sus pensamientos.
—Los archivos tienen una ventaja.
Clara esperó. Había descubierto que con Sebastián nunca convenía precipitar las respuestas. Él siempre necesitaba unos segundos para encontrar las palabras exactas.
—Los documentos no se enfadan cuando los abres. No les importa que vuelvas una y otra vez sobre la misma página buscando algo que quizá nunca estuvo escrito.
—Las personas tampoco deberían hacerlo —respondió Clara con una leve sonrisa mientras recorría con la mirada los viejos registros.
Él dejó escapar una pequeña risa. No era una risa alegre. Era la de alguien que había aprendido hacía mucho tiempo que las cosas rara vez sucedían como deberían.
—Ojalá fuera así. —La biblioteca volvió a quedarse en silencio.
Desde una de las ventanas llegaba el sonido constante de la lluvia golpeando los cristales. Clara jugueteó con el lápiz entre los dedos. No tenía intención de insistir. Pero algo en la expresión de Sebastián le decía que aún no había terminado de hablar.
—Cuando abres un archivo, sabes que nada va a cambiar —respondió Clara mientras levantaba despacio la vista.
—Las palabras seguirán en el mismo sitio. Las fechas también. —Hizo una breve pausa. —Las personas son distintas.