Capítulo 17 — Las habitaciones también recuerdan
La mañana llegó envuelta en un silencio extraño. No había amanecido un día luminoso, ni mucho menos. Sobre la isla seguía descansando ese cielo de nubes bajas que parecía formar parte del paisaje desde siempre, pero el aire había cambiado.
Era más limpio, más ligero, e incluso el olor que se colaba por las ventanas entreabiertas de Blackwood Manor parecía distinto, una mezcla de tierra húmeda, sal y hojas recién lavadas que convertía cada respiración en algo inesperadamente agradable.
Clara permaneció unos segundos inmóvil frente a la ventana de su habitación. Desde allí alcanzaba a ver el jardín, todavía cubierto de pequeñas gotas que brillaban tímidamente sobre los setos. Más allá, los acantilados se dibujaban como una silueta oscura contra el mar.
Había aprendido a distinguir el sonido de las olas; cuando llegó a la isla, todas le parecían iguales. Ahora sabía cuándo el viento soplaba desde el norte simplemente escuchándolo romper contra las rocas.
Aquella idea la hizo sonreír.
"Supongo que uno termina perteneciendo un poco a los lugares antes de darse cuenta."
No era una reflexión importante. Solo una de esas pequeñas certezas que aparecen sin pedir permiso mientras uno se cepilla el cabello o busca una chaqueta antes de bajar a desayunar.
Se preguntó cuánto tiempo necesitaba una casa para dejar de parecer ajena. ¿Y cuánto necesitaban las personas?
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El comedor olía a café recién hecho y a pan tostado. Edward terminaba de colocar una fuente de fruta sobre la mesa cuando levantó la vista.
—Buenos días, señorita Clara —saludó Edward con su habitual cortesía.
—Buenos días, Edward —respondió ella mientras dejaba el bolso sobre una silla.
Siempre respondía igual. Siempre con aquella educación tranquila que nunca sonaba distante.
—Hoy hace mejor día —comentó él mientras terminaba de colocar la fuente.
Ella dirigió una mirada hacia las ventanas.
—Creo que cualquier día sin lluvia merece esa descripción —respondió con una leve sonrisa.
Una sonrisa discreta apareció en el rostro del mayordomo.
—Eso mismo decía la señora Eleanor —comentó, retomando su tarea.
Clara dejó el bolso sobre una silla.
—Empiezo a sospechar que Eleanor tenía una frase para absolutamente todo —dijo, observándolo con una sonrisa.
Edward sonrió apenas, con el leve movimiento de alguien que acababa de encontrarse con un recuerdo agradable mientras colocaba una servilleta que, en realidad, ya estaba perfectamente alineada.
—No exactamente. —Se tomó un instante antes de continuar. Como si necesitara ordenar también las palabras. —La señora Eleanor no hablaba tanto como la gente cree. Lo que ocurría era que pasaba mucho tiempo observando. Escuchaba una conversación entera sin intervenir. Miraba a las personas incluso cuando ellas pensaban que nadie las estaba mirando.
Levantó despacio la vista hacia Clara.
—Después hablaba. —Hizo una pequeña pausa. —Y casi siempre acertaba.
Clara no respondió enseguida. Aquella respuesta decía mucho más de Edward que de Eleanor. Durante todos aquellos días nunca lo había visto interrumpir una conversación. Jamás emitía una opinión precipitada.
"Se parecen más de lo que él mismo imagina", pensó. Y, por alguna razón, aquella idea le produjo una extraña sensación de calma.
Los pasos de Finn resonaron por el pasillo antes incluso de que apareciera. Entró despeinándose con una mano mientras sostenía una taza de café en la otra.
—Por favor, decidme qué desayunamos hoy, algo que no haya decidido un nutricionista —pidió Finn, acercándose a la mesa.
Edward levantó apenas una ceja.
—Huevos revueltos —respondió mientras terminaba de colocar los platos.
Finn suspiró aliviado.
—Sabía que nunca me fallarías —dijo, llevándose una mano al pecho.
—No se precipite, señor Finn. Todavía quedan las verduras —advirtió Edward con absoluta calma.
—Siempre tiene que estropear el momento —protestó Finn, dejando caer los hombros.
Clara dejó escapar una risa. No fue especialmente sonora, pero Finn giró la cabeza al instante.
—¡Lo sabía! —exclamó, mirándola con satisfacción.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué sabías? —preguntó, arqueando ligeramente una ceja.
—Que tienes una risa —respondió Finn con una sonrisa que hizo que Clara frunciera ligeramente el ceño.
—Creo que eso lo tiene todo el mundo —replicó, todavía sin entenderlo.
—No —respondió él, mirándola directamente. —Hay personas que sonríen, otras que se ríen. Y luego están las que llevan tantos días pensando que se olvidan de hacerlo. Tú pertenecías al tercer grupo.
Hasta hace dos días, ella no supo qué responder porque tenía razón. Y le molestaba un poco que la hubiera conocido tan deprisa.
"¿Cómo puede alguien que parece no tomarse nada en serio darse cuenta de cosas que ni yo misma había visto?"
Antes de que encontrara una respuesta, Rowan apareció en la puerta.
—¿Está libre el café? —preguntó el mayor de los Blackwood mientras se acercaba a la mesa.
Finn levantó inmediatamente la taza.
—Lo siento. Llegas tarde —respondió con una sonrisa mientras la apartaba ligeramente.
El mayor de los Blackwood negó con una resignación divertida.
—Un día de estos voy a esconderte la cafetera —amenazó, señalándolo con un gesto.
—No lo harás —respondió Finn con absoluta seguridad.
—¿Tan seguro estás? —preguntó el mayor de los Blackwood, arqueando ligeramente una ceja.
—Completamente —aseguró Finn mientras tomaba otro sorbo—. Porque después tendría que aguantarme toda la mañana. Y ni tú eres tan valiente.
Clara observó la escena en silencio; no había grandes carcajadas. Ni bromas exageradas. Solo esa clase de conversaciones que nacen entre personas que llevan toda la vida compartiendo la misma mesa.