Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 18 — Las personas que deciden quedarse

Capítulo 18 — Las personas que deciden quedarse

El desayuno había terminado hacía apenas unos minutos. Las voces de Finn y Rowan seguían oyéndose desde la cocina, mezcladas con el sonido de varios armarios abriéndose y cerrándose mientras Edward intentaba, con una paciencia que rozaba lo milagroso, impedir que ambos convirtieran el orden de la casa en un concepto puramente teórico.

Clara sonrió sin darse cuenta. Apenas llevaba una semana en Blackwood Manor y, sin embargo, ya era capaz de distinguir quién hablaba solo por la forma de caminar o por el tono con el que protestaba. Había mañanas en las que aquella casa parecía demasiado grande.

Y otras... Como aquella. En las que el silencio jamás llegaba a instalarse del todo. Edward apareció en el vestíbulo con un pequeño manojo de llaves antiguas entre los dedos. No eran especialmente bonitas.

El latón había perdido el brillo hacía mucho tiempo y algunas parecían tan viejas que resultaba difícil imaginar cuántas puertas habían abierto antes de llegar hasta allí.

—¿Está preparada, señorita Clara? —preguntó Edward mientras sostenía las llaves entre los dedos.

Ella apartó la vista de la escalera principal.

—Creo que sí —respondió, acercándose a él.

Edward sonrió con esa discreción que parecía acompañarlo siempre. —Curiosamente, esa es exactamente la misma respuesta que dio la señora Eleanor la primera vez que le enseñaron la casa.

Clara arqueó una ceja mientras comenzaban a caminar.

—¿También ella era nueva aquí? —preguntó Clara, observándolo con curiosidad.

—Muchísimo más de lo que la mayoría imagina —respondió Edward con calma.

Aquella respuesta despertó su curiosidad de inmediato. Durante los días que llevaba allí había escuchado hablar tanto de Eleanor que resultaba difícil imaginar un tiempo en el que Blackwood Manor hubiera existido sin ella.

—Supongo que siempre la he imaginado formando parte de esta casa desde el principio. —Edward negó despacio. —Nadie forma parte de un lugar desde el principio. —Se detuvo un instante frente a una puerta de roble oscuro antes de introducir una de las llaves. —Los lugares... igual que las personas... necesitan tiempo para decidir si van a abrirte la puerta.

El mecanismo giró con un leve chasquido. La habitación que apareció al otro lado no era espectacular. Y precisamente por eso resultaba hermosa. Era una biblioteca antigua.

Los estantes cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo y el olor inconfundible de los libros viejos impregnaba el ambiente con esa mezcla de papel, madera y tiempo que ninguna biblioteca moderna conseguía imitar.

La luz entraba tamizada por dos grandes ventanales orientados hacia el mar. Clara avanzó despacio. Casi con respeto. Había algo profundamente sereno en aquella estancia. Como si incluso el silencio hubiera aprendido a hablar en voz baja.

Edward la observó recorrer los estantes sin interrumpirla. Sabía reconocer ese instante. Las personas que amaban los libros siempre necesitaban unos segundos para olvidarse de quien las acompañaba.

—Es preciosa... —murmuró Clara, pasando la yema de los dedos sobre el lomo desgastado de uno de los volúmenes.

—Lo sigue siendo porque la señora Eleanor nunca permitió que se convirtiera en un museo.

Clara volvió la cabeza.

—¿Qué quiere decir?

Edward caminó hasta una butaca situada junto a la ventana. El cuero estaba ligeramente desgastado en los apoyabrazos. No por el paso del tiempo. Por el uso.

—Muchos creen que conservar una casa consiste en impedir que cambie. La señora Eleanor pensaba exactamente lo contrario. —Acarició el respaldo con una delicadeza casi inconsciente. —Decía que una habitación empieza a morir el día en que deja de utilizarse por miedo a estropearla.

Clara dejó escapar una sonrisa. Aquella frase sonaba tan auténtica que casi podía imaginar a Eleanor pronunciándola.

—Así que seguía sentándose aquí. —Todos los días. Aunque solo fueran diez minutos. Aunque no leyera una sola página. Se sentaba junto a esta ventana, miraba el mar y decía que necesitaba recordar que el mundo seguía moviéndose incluso cuando uno tenía la impresión de que todo se había detenido.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Clara bajó lentamente la mirada hacia la butaca. Por alguna razón le costaba imaginarla vacía. Como si todavía conservara la forma de quien la había ocupado durante tantos años.

—La echa de menos, ¿verdad?

La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera pensárselo mejor. Edward no respondió enseguida. No, porque quisiera evitarla. Sino porque había aprendido, hacía mucho tiempo, que algunas respuestas merecían un poco de silencio antes de ser pronunciadas.

—Todos los días. —añadió Edward, quien no parecía vivir atrapado en el pasado. Simplemente caminaba acompañado por quienes ya no estaban. Y una vez más Edward rompió el silencio con la misma suavidad con la que se pasa una —¿Le apetece seguir?

Clara asintió. Pero antes de abandonar la biblioteca, volvió la vista hacia la butaca una última vez. Y, sin saber muy bien por qué, tuvo la sensación de que acababa de conocer un poco mejor a una mujer a la que nunca llegaría a conocer.

Clara asintió y Edward cerró la puerta de la biblioteca con la misma delicadeza con la que la había abierto.

—Aún quedan algunos rincones que merecen una visita.

Reanudaron el paseo por el pasillo principal. A aquella hora de la mañana, la luz se colaba por los grandes ventanales y dibujaba rectángulos dorados sobre la madera envejecida del suelo. Blackwood Manor ya no le parecía una mansión inmensa e inalcanzable.

Poco a poco comenzaba a descubrir los pequeños detalles que la convertían en un lugar vivido: un jarrón recién llenado de flores, un paraguas olvidado junto a la puerta, un libro abierto boca abajo sobre una consola, como si alguien hubiera pensado regresar a él unos minutos después.




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