Capítulo 19 — Las cosas que empiezan a importar
La niebla ascendía lentamente desde los jardines y envolvía las torres de Blackwood Manor con una delicadeza casi irreal.
Clara llevaba varios minutos contemplando aquel paisaje desde la ventana de su habitación cuando alguien llamó suavemente a la puerta.
Tres golpes, espaciados. Lo bastante discretos como para no sobresaltarla.
—¿Sí? —respondió Clara, girándose hacia la puerta.
La puerta se abrió apenas unos centímetros y Edward apareció al otro lado con la misma expresión serena de siempre.
—Buenos días —saludó con aquella tranquilidad que parecía formar parte de él.
Ella sonrió.
Aún le sorprendía que existieran personas capaces de pronunciar aquellas dos palabras como si realmente significaran algo.
—Buenos días —respondió mientras terminaba de recoger el cabello.
—El desayuno estará listo dentro de unos minutos. Pensé que quizá agradecería saberlo antes de que Rowan decidiera bajar y terminara con la mitad de las tostadas —comentó Edward con una discreta sonrisa.
Clara soltó una risa.
—¿Es una posibilidad real o una exageración? —preguntó, acercándose a la puerta.
Edward arqueó una ceja con fingida solemnidad.
—Digamos que la cocina lleva años intentando averiguarlo —respondió con absoluta seriedad.
Ella terminó de recoger el cabello mientras caminaba hacia la puerta.
—Entonces será mejor que me dé prisa —dijo Clara, abriendo finalmente.
—Eso mismo pensé yo —respondió Edward.
Descendieron juntos la escalera principal. A aquella hora, la mansión parecía distinta. La luz atravesaba los ventanales del rellano, iluminando el polvo suspendido en el aire con un brillo dorado que transformaba incluso los rincones más antiguos en lugares acogedores.
Durante unos instantes caminaron en silencio; Edward tenía esa rara capacidad de convertir la ausencia de palabras en una conversación tranquila.
—¿Ha dormido bien? —preguntó finalmente Edward mientras avanzaban hacia el comedor.
—Mucho mejor de lo que esperaba —respondió Clara con una pequeña sonrisa.
—Blackwood Manor suele tardar unos días en decidir si acepta a alguien —comentó él, mirándola de reojo.
Clara sonrió de lado.
—¿Y cuál es el veredicto? —preguntó, observándolo con curiosidad.
Edward la observó apenas un instante.
—Creo que la casa ha dejado de verla como una visitante —respondió con serenidad.
Aquellas palabras permanecieron suspendidas entre ambos mientras llegaban al comedor.
No sabía muy bien por qué, tal vez porque Edward nunca parecía hablar solo de paredes o de muebles. En aquella casa todo adquiría un significado distinto.
Incluso las frases más sencillas. El aroma del café recién hecho recibió a Clara antes incluso de cruzar el umbral.
Rowan ya estaba sentado a la mesa, con una tostada en una mano y otra desapareciendo a una velocidad sospechosa.
—¡Lo sabía! —exclamó Edward con una resignación divertida, mirando la mesa.
Rowan levantó la vista.
—¿El qué? —preguntó, observándolo con curiosidad.
—Que no quedaría mantequilla cuando bajáramos —respondió Edward, señalando la mantequera vacía.
—Eso es una acusación muy seria —replicó Rowan, arqueando ligeramente una ceja.
—También bastante fundada —respondió Edward con absoluta calma.
Rowan miró la mantequilla y después miró a Edward. Finalmente volvió a mirar la mantequilla.
—No voy a mentirte. Creo que he contribuido al problema.
Clara no pudo evitar reír. Rowan giró la cabeza hacia ella. Y durante un segundo se quedó observándola.
No porque hubiera dicho algo especialmente gracioso, sino porque aquella era la primera vez que la escuchaba reír de verdad y había algo contagioso en aquella expresión. Algo que hacía que incluso la estancia pareciera más luminosa.
Sebastián entró unos segundos después. Llevaba la camisa remangada hasta los antebrazos y el cabello ligeramente húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Saludó con un leve movimiento de cabeza antes de ocupar su sitio.
—Buenos días —saludó Sebastián mientras se sentaba.
—Llegas tarde —comentó Rowan, mirándolo por encima de la taza.
Sebastián comenzó a servirse café con absoluta tranquilidad.
—Llego cuando haya terminado de trabajar —respondió sin apresurarse.
—Son las ocho de la mañana —replicó Rowan, arqueando una ceja.
—Precisamente —respondió Sebastián mientras levantaba la taza.
Rowan miró a Clara con gesto resignado.
—¿Ves? Esto es lo más parecido a una declaración de optimismo que vas a escuchar en toda la semana —le explicó, señalando a Sebastián con la cabeza.
Sebastián ni siquiera levantó la vista de la taza.
—Y aun así sigues sorprendiéndote —respondió con calma.
—Porque sigo teniendo esperanza —admitió Rowan, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Ese es tu primer error —replicó Sebastián.
Edward dejó una cesta de pan recién horneado sobre la mesa.
—Y vuestro segundo error será discutir antes de que Clara pueda desayunar tranquila —advirtió, mirándolos a ambos.
Los dos guardaron silencio.
Porque Rowan era incapaz de permanecer callado demasiado tiempo.
—¿Sabes qué es lo preocupante? —preguntó, volviendo la mirada hacia Edward.
Edward suspiró.
—Temo preguntarlo —respondió, dejando las manos sobre la mesa.
—Que cada vez obedecemos más cuando tú nos regañas —dijo Rowan, mirándolo con una sonrisa divertida.
—Eso se llama educación —respondió Edward con absoluta serenidad.
—No. Eso se llama manipulación elegante —replicó Rowan, llevándose la taza a los labios.
Clara volvió a reír. Y esta vez fue Sebastián quien levantó la mirada, solo un instante, pero lo justo para descubrir que aquella risa estaba cambiando el ambiente de la casa mucho más deprisa de lo que cualquiera habría imaginado.