Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 20 — Lo que llega cuando ya es tarde

Capítulo 20 — Lo que llega cuando ya es tarde

Aquella mañana la lluvia había dado una tregua. No era un día luminoso. En Blackwood Manor la luz nunca terminaba de imponerse del todo, pero el silencio tenía algo distinto. Más limpio. Más ligero. Como si la casa hubiera decidido descansar después de tantos días de tormenta.

Clara bajó la escalera despacio. Desde la cocina llegaba el aroma del café recién hecho. Escuchó a la señora Graham tararear una melodía mientras preparaba el desayuno y, por un instante, todo pareció extrañamente normal.

Al llegar al vestíbulo, fue cuando lo vio: había un sobre sobre la consola de madera. No era grande ni llamativo. Era, sencillamente... impropio. Como si perteneciera a otro lugar.

Se acercó sin prisa. No esperaba encontrar nada importante. Quizá alguna factura. Algún documento para Edward. Cualquier cosa.

Entonces leyó su nombre.

Clara Foster. Frunció ligeramente el ceño; no recordaba haber dado aquella dirección a nadie y alargó la mano para cogerlo.

—No lo abras. —La voz llegó desde detrás de ella. Grave, serena. Tan serena que el miedo resultó aún más evidente.

Clara se volvió, Sebastián acababa de salir del despacho. Llevaba una carpeta en una mano, aunque parecía haber olvidado por completo que la sostenía. Sus ojos permanecían fijos en el sobre.

No en ella sino en el sobre.

—¿Perdón?

Él dio un paso.

—Déjalo donde está —dijo Sebastián, sin apartar la mirada del sobre.

No hubo dureza en su tono ni tampoco había autoridad; había algo peor… urgencia. Clara sintió un leve cosquilleo recorrerle la espalda.

Durante los últimos días había aprendido que Sebastián Blackwood jamás reaccionaba antes de pensar. Era el tipo de hombre capaz de mantener la calma incluso cuando todo a su alrededor parecía desmoronarse.

Pero verlo así... Aunque apenas hubiera cambiado la expresión... era suficiente para comprender que aquello no era una simple carta.

—Empiezas a preocuparme —admitió Clara, observándolo con inquietud.

Él no respondió, solo siguió mirando el sobre como si esperara que desapareciera por sí solo. El sonido de unos pasos rompió el silencio.

Rowan apareció desde el pasillo con las llaves del coche girando alrededor de un dedo.

Venía silbando hasta que levantó la vista. El silbido murió antes de terminar la nota; las llaves dejaron de girar.

—No… —murmuró para sí, deteniendo por completo la mano.

Nadie contestó.

Rowan miró a Sebastián, después a Clara y, finalmente, al sobre. Su expresión perdió toda la ligereza habitual.

—¿Quién lo ha traído? —preguntó, tomando el sobre entre los dedos.

Sebastián negó muy despacio.

—No lo sé —respondió sin apartar la vista de él.

Aquella respuesta pareció inquietar todavía más a Rowan.

—Eso no puede estar aquí —dijo, tensando ligeramente la mandíbula.

—Ya lo sé —respondió Sebastián con calma, aunque su mirada seguía fija en el sobre.

Clara observó el intercambio sin intervenir. Había algo profundamente desconcertante en aquellos dos hombres. Actuaban como si el simple hecho de verlo hubiera confirmado un temor antiguo.

Un tercer par de pasos resonó en la escalera.

Finn apareció en el último tramo y solo necesitó una mirada al sobre para detenerse. Después, miró a Sebastián y, finalmente, a Clara. No preguntó qué ocurría; tampoco hacía falta. Su mandíbula se tensó apenas un instante antes de que descendiera el último escalón y caminara directamente hacia ella.

No miró el sobre hasta detenerse a su lado. Se colocó lo bastante cerca para que Clara sintiera una inesperada sensación de refugio, pero lo bastante lejos para no invadir su espacio.

—Finn... —murmuró Clara, girándose hacia él.

—Escúchalo —respondió él en voz baja, inclinándose apenas hacia ella—. Por favor.

Aquella última palabra hizo que Clara levantara la cabeza.

—Por favor.

Aquellas dos palabras desconcertaron a Clara más que todo lo anterior. Durante las semanas que llevaba en Blackwood Manor, había descubierto que Finn podía convertir casi cualquier situación en una broma. Incluso las más incómodas. Incluso aquellas en las que los demás preferían guardar silencio.

Siempre tenía una respuesta preparada, una sonrisa capaz de desarmar una discusión o algún comentario que conseguía que Rowan terminara riéndose cuando menos ganas tenía.

Pero ahora no sonreía. Clara sostuvo su mirada durante unos segundos.

—¿Qué ocurre? —preguntó finalmente, sin apartarse de él.

Finn negó muy despacio.

—Todavía no lo sé —respondió, bajando apenas la voz—. Pero quiero que me escuches antes de hacer cualquier cosa.

Clara estudió su rostro. No estaba intentando convencerla. Había algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, más inquietante en su expresión: era preocupación.

Ella volvió lentamente la cabeza hacia Rowan.

—¿Tú sabes qué hay en ese sobre? —preguntó, buscando una respuesta en su rostro.

Rowan sostuvo su mirada.

—Sé lo suficiente para no querer que lo abras —respondió, sin apartar los ojos de ella.

Clara giró hacia Sebastián.

—¿Y tú? —preguntó, buscando en su expresión alguna respuesta que Rowan no le hubiera dado.

Sebastián dejó escapar el aire lentamente.

—Sé que deberías escuchar a Finn —respondió con calma, sosteniéndole la mirada.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—Eso no me tranquiliza —admitió, sin apartar los ojos de Sebastián.

—No pretendía hacerlo —contestó Sebastián, manteniendo la calma.

Finn se acercó apenas un paso.

—Clara —la llamó en voz baja.

Ella levantó los ojos hacia él.

—Estoy aquí —respondió, aunque su voz había perdido parte de la seguridad.

Finn mantuvo la mirada sobre los de ella.

—Entonces confía en mí esta vez —dijo, sin apartarse de su lado.

Clara permaneció mirándolo durante unos segundos.




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