Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 21 — Lo que ya no se puede volver a cerrar

Capítulo 21 — Lo que ya no se puede volver a cerrar

El papel tembló ligeramente entre los dedos de Clara; no sabía si era por el frío que se había instalado aquella mañana en el vestíbulo o por algo mucho más difícil de reconocer. Quizá por el simple hecho de haber abierto la carta, eso era todo.

Y, sin embargo, mientras sus ojos recorrían las primeras líneas, tuvo la sensación de que acababa de hacer algo que llevaba días y días evitando sin saber siquiera que lo estaba evitando.

Había cruzado una frontera y durante unos segundos no escuchó nada más. Ni el reloj del vestíbulo, ni el viento golpeando débilmente los cristales, ni siquiera la respiración contenida de los tres hombres que permanecían frente a ella.

La letra era antigua, elegante y firme; no había duda de ello.

Aquella caligrafía pertenecía a alguien acostumbrado a elegir cuidadosamente las palabras antes de ponerlas sobre el papel.

Clara volvió a leer la primera línea y después la siguiente y algo en su expresión debió de cambiar porque Finn dio un paso hacia ella.

—Clara...

Ella levantó una mano, sin necesidad de decir nada más.

Finn se detuvo; Clara agradeció aquel gesto más de lo que habría querido reconocer. Necesitaba unos segundos para ordenar lo que estaba sintiendo, aunque cada palabra que leía parecía desordenar todavía más aquello que creía saber.

La carta no era larga y eso debería haberla tranquilizado… Pero no lo hizo. Porque había mensajes que necesitaban páginas enteras para explicar algo importante. Y había otros que podían cambiar una vida con unas pocas líneas.

Bajó lentamente el papel.

—¿Quién de vosotros sabía que esto existía?

Ninguno respondió inmediatamente; Clara los observó uno a uno. Había aprendido a reconocer algunas de sus reacciones durante las últimas semanas. Finn solía esconder la incomodidad detrás de una broma. Rowan observaba antes de hablar y Sebastián, en cambio, parecía haber convertido el autocontrol en una segunda naturaleza.

Pero aquella mañana ninguno tenía dónde esconderse y fue Finn el primero en apartar la mirada. Rowan permaneció quieto y Sebastián sostuvo la mirada de Clara durante unos segundos antes de responder.

—No es tan sencillo —respondió Sebastián con calma.

Clara dejó escapar el aire lentamente.

—Esa frase empieza a cansarme —admitió, apretando ligeramente la carta entre los dedos.

—Lo sé —respondió Sebastián, bajando la mirada durante un instante.

La respuesta la sorprendió. No había irritación ni impaciencia en su voz, solo un cansancio que parecía mucho más antiguo que aquella conversación.

Clara levantó de nuevo la mirada hacia él.

—Entonces ayúdame a entenderlo —pidió, sosteniéndole la mirada.

Sebastián permaneció en silencio.

—No te estoy pidiendo que me cuentes algo que no puedas contar —continuó ella, sin darle tiempo a apartarse—. Te estoy preguntando por qué una carta de Eleanor ha llegado hasta mí y por qué los tres habéis reaccionado como si acabáramos de encontrar algo que llevabais años intentando olvidar.

Rowan soltó una respiración lenta.

—Porque probablemente sea exactamente eso —respondió, mirando la carta.

Clara giró hacia él.

—¿Qué? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.

Rowan se pasó una mano por el cabello.

—Algo que llevábamos años intentando olvidar —respondió finalmente, como si escogiera con cuidado cuánto estaba dispuesto a revelar.

Clara lo miró con atención.

—Eso sigue sin explicarme nada.

—Ya lo sé —admitió Rowan, sosteniéndole la mirada.

—Entonces explícame otra cosa —replicó ella, sin apartar los ojos de él.

Rowan arqueó ligeramente una ceja.

—¿Qué cosa?

—¿Por qué estabas silbando cuando entraste al vestíbulo y dejaste de hacerlo en cuanto viste el sobre? —preguntó Clara, observándolo con atención.

La pregunta lo tomó desprevenido; Rowan permaneció callado unos segundos, sin encontrar aquella respuesta inmediata que normalmente parecía tener siempre preparada.

Finn lo observó y Sebastián también. Finalmente, Rowan bajó la mirada.

—Porque lo reconocí —admitió Rowan.

—¿La letra de Eleanor? —preguntó Clara, volviendo la mirada hacia él.

—Sí —respondió Rowan, asintiendo lentamente.

Aquella confirmación hizo que todo lo que había sentido hasta ese momento adquiriera un peso diferente.

—¿Cómo sabes que es suya? —preguntó Clara, volviendo a mirarlo.

Rowan tardó unos segundos en responder.

—Porque la he visto muchas veces —respondió finalmente.

—¿Y qué tiene de especial esta carta?

Rowan sostuvo su mirada.

—Que no debería estar aquí.

—Clara, hay cosas que... —empezó Finn.

—No —lo cortó ella, levantando una mano.

Finn se detuvo.

—No vuelvas a decirme que hay cosas que no puedo saber —advirtió Clara, sosteniéndole la mirada.

La firmeza de su voz hizo que Finn guardara silencio.

Clara respiró profundamente, no quería enfadarse con ellos. En realidad, lo que sentía era algo mucho más complicado: había comenzado a confiar en ellos… En los tres, de maneras diferentes, sí había comenzado a hacerlo.

Había compartido conversaciones con Sebastián que jamás habría imaginado tener; había descubierto en Rowan una capacidad para comprenderla que la desarmaba más de lo que quería admitir.

Y Finn... había conseguido que Blackwood Manor dejara de parecerle un lugar solemne y extraño. Había conseguido que se riera allí, que se sintiera cómoda, que olvidara durante algunos momentos que había llegado a aquella casa para ordenar los documentos de una mujer muerta.

Y ahora estaba descubriendo que, mientras ella empezaba a abrirse a ellos, ellos habían estado escondiendo algo que podía cambiarlo todo.

—No estoy enfadada porque tengáis secretos —dijo finalmente.

Sebastián frunció ligeramente el ceño.




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