Capítulo 28 — La noche que nadie cuenta igual
Clara apenas durmió. La lluvia golpeó los ventanales de Blackwood Manor durante buena parte de la madrugada y, aunque en otras circunstancias aquel sonido habría resultado relajante, esa noche solo consiguió mantenerla despierta.
La carta permanecía abierta sobre la mesa. Las palabras de Eleanor parecían distintas cada vez que las leía, como si escondieran algo entre líneas. Como si la verdadera historia estuviera en los silencios que dejaba la tinta.
Se levantó poco después del amanecer. La casa todavía parecía dormida… o quizá fingía estarlo. Porque Blackwood Manor empezaba a darle la sensación de ser una criatura viva, una criatura que observaba, que escuchaba y que llevaba demasiado tiempo guardando secretos.
Cuando llegó a la biblioteca, encontró a Sebastián solo, sentado frente a una mesa cubierta de carpetas y documentos. La luz gris de la mañana entraba por los ventanales y proyectaba sombras suaves sobre su rostro.
Por un instante pareció no verla… o quizá simplemente no estaba allí del todo.
—Buenos días —saludó Clara al cerrar la puerta detrás de ella, dejando que la mano permaneciera unos segundos sobre el pomo antes de avanzar hacia el interior.
Sebastián levantó la vista y una expresión cansada se le dibujó en el rostro antes de que pudiera disimularla.
—No estoy seguro de que lo sean —respondió mientras apartaba ligeramente una de las carpetas que tenía delante, como si hasta aquellos documentos comenzaran a pesarle.
Aquello la sorprendió porque Sebastián siempre parecía tener una respuesta preparada. Siempre parecía saber exactamente qué decir y aquella mañana sonaba agotado… humano.
—Yo tampoco —admitió Clara, avanzando unos pasos hacia la mesa mientras apoyaba distraídamente una mano sobre el respaldo de una silla.
Durante unos segundos ninguno habló. El silencio no resultó incómodo, sino pesado, como si ambos supieran exactamente por qué estaba allí.
Sebastián fue el primero en romperlo.
—Has estado pensando toda la noche —comentó, apoyando los antebrazos sobre la mesa mientras la observaba con esa atención tranquila que parecía utilizar cuando ya sabía la respuesta antes de hacer una pregunta.
No era una pregunta. Clara dejó escapar una pequeña risa mientras apartaba la mirada durante un instante.
—¿Tan evidente es? —preguntó, intentando quitarle importancia, aunque la forma en que sus dedos comenzaron a deslizarse lentamente por el respaldo de la silla la traicionó.
Sebastián apoyó los codos sobre la mesa y la observó unos segundos antes de responder, como si estuviera valorando hasta qué punto podía permitirse ser sincero con ella.
—Desde que llegaste a la isla, haces una cosa muy concreta cuando algo te preocupa —explicó, inclinando ligeramente la cabeza mientras seguía cada uno de sus movimientos.
Clara hizo lo mismo, esperando que continuara.
—¿Cuál? —preguntó, dejando que sus dedos se detuvieran sobre la madera.
—Intentas resolverlo.
Aquello consiguió arrancarle una sonrisa que, por pequeña que fuera, logró suavizar durante un instante la tensión de la habitación.
—Eso no parece un defecto —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros mientras dejaba que aquella sonrisa permaneciera un momento más.
Sebastián dejó escapar una respiración que casi pudo confundirse con una sonrisa antes de responder.
—Depende de lo que estés intentando resolver —murmuró, y la seriedad que volvió a instalarse en su rostro hizo que Clara comprendiera que ninguno de los dos podía seguir fingiendo que hablaban de otra cosa.
La sonrisa desapareció poco a poco.
Porque ambos sabían que ya no estaban hablando de libros, ni de archivos, ni del trabajo que la había llevado hasta la isla.
Estaban hablando de Eleanor y de todo lo que había detrás de su nombre. Clara avanzó hasta la mesa, aunque no llegó a sentarse. Necesitaba moverse, sentir que todavía conservaba cierto control sobre aquella conversación antes de permitir que Sebastián volviera a llevarla hacia un lugar donde las respuestas siempre parecían quedar a medio camino.
—Quiero que me hables de aquella noche —pidió finalmente, apoyando las manos sobre el respaldo de la silla mientras mantenía los ojos clavados en él.
Sebastián bajó la mirada y sus dedos permanecieron inmóviles sobre los documentos que tenía delante. Aquella simple reacción fue suficiente para que Clara entendiera que había encontrado el punto exacto donde todavía dolía.
No respondió, al menos no enseguida. Su mirada permaneció fija en algún lugar indeterminado de la mesa y, durante unos segundos, pareció mucho más joven, como si aquel recuerdo hubiera conseguido devolverlo a una época en la que todavía no sabía cómo protegerse de determinadas heridas.
—Sabía que acabarías preguntándolo —admitió al fin, levantando lentamente los ojos hacia ella.
Clara apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla, sin apartar los ojos de él.
—Porque nadie quiere responder —dijo, y la firmeza de su voz contrastó con la forma en que sus dedos se cerraron alrededor de la madera.
Sebastián dejó escapar una exhalación lenta antes de levantar de nuevo la mirada hacia ella.
—No es tan sencillo —respondió, y durante un instante pareció buscar en el rostro de Clara alguna señal que le permitiera detener aquella conversación.
Clara soltó el aire despacio, conteniendo la frustración que empezaba a crecer dentro de ella.
—¿Ves? Ahí volvemos otra vez —replicó, ladeando ligeramente la cabeza mientras lo observaba con evidente cansancio.
Sebastián frunció ligeramente el ceño.
—¿A dónde? —preguntó, inclinándose un poco hacia delante como si realmente quisiera entender qué estaba reprochándole.
—A las frases que no dicen nada.
La respuesta pareció alcanzarlo porque, por primera vez, no intentó discutir ni defenderse. Permaneció sentado, mirándola en silencio, mientras Clara comprendía que aquella crítica le había dolido precisamente porque sabía que era cierta.