Capítulo 29— Ya no eres una invitada
El silencio apenas duró unos minutos. En Blackwood Manor nunca lo hacía. Podía parecer inmóvil. Incluso eterno. Pero siempre había algo respirando bajo él. Algo estaba esperando el momento adecuado para romperlo.
Rowan permanecía frente a la chimenea del salón principal con una taza de café ya fría entre las manos. Ni siquiera recordaba cuándo había dejado de beberlo.
Miraba el fuego. Sin verlo realmente. A través de los ventanales, la lluvia seguía cubriendo los jardines con aquel velo gris que parecía formar parte de la isla desde siempre.
Escuchó pasos detrás de él y, aun así, no necesitó girarse.
—Llegas tarde. —La voz de Rowan sonó tranquila, aunque sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la taza.
Finn dejó caer el abrigo sobre el respaldo de un sofá y se pasó una mano por el cabello húmedo antes de mirar a su hermano.
—Buenos días para ti también. —Intentó acompañar las palabras con una sonrisa, pero esta desapareció casi de inmediato al encontrarse con la expresión de Rowan.
Nadie sonrió. Aquello bastó para que Finn comprendiera que algo había cambiado. Miró alrededor. La estancia estaba demasiado silenciosa, como si hasta la casa estuviera esperando.
—¿Dónde está Sebastián? —preguntó mientras se acercaba unos pasos, dejando que su mirada recorriera el salón.
—En la biblioteca. —Rowan bajó finalmente la taza y la dejó sobre la repisa de la chimenea.
Finn se detuvo.
—¿Con Clara? —preguntó, y aquella vez su tono perdió por completo la ligereza.
Rowan no respondió. Su mirada permaneció fija en el fuego, y aquella ausencia de respuesta dijo más que cualquier palabra.
Finn dejó escapar un suspiro y se cruzó de brazos.
—¿Qué ocurre?
Rowan tardó varios segundos en contestar. Se pasó una mano por la nuca antes de girarse finalmente hacia él.
—Ha empezado.
Finn arqueó una ceja, esperando que su hermano terminara la frase.
—¿Qué ha empezado?
—Las preguntas. —Rowan sostuvo su mirada durante unos segundos, como si ambos supieran perfectamente qué preguntas eran aquellas.
El comentario quedó suspendido entre ambos. Finn entendió exactamente a qué se refería. No hizo falta mencionar a Eleanor. Ni la carta. Ni la llave.
Desde la llegada de Clara, cada día abría una grieta nueva en una familia que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose gracias al silencio.
Y el silencio empezaba a romperse.
── ⚛ ──
La puerta volvió a abrirse. Sebastián apareció sin hacer ruido. Traía varias carpetas bajo el brazo, aunque parecía haber olvidado por completo que las llevaba. Su expresión bastó para que Rowan abandonara definitivamente la ventana y se volviera hacia él.
—Ha hablado. —Sebastián dejó las carpetas sobre una mesa y se quedó unos segundos con las manos apoyadas sobre ellas, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que acababa de ocurrir.
No fue una pregunta. Sebastián dejó pasar unos segundos antes de asentir.
—Sí. —Su respuesta fue breve, pero la forma en que bajó la mirada dejó claro que no había sido una conversación sencilla.
Finn soltó el aire lentamente y descruzó los brazos.
—¿Cuánto? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia la mesa.
—Lo suficiente. —Sebastián levantó de nuevo la mirada, encontrándose con la de sus hermanos.
Rowan cerró los ojos un instante y negó lentamente con la cabeza.
—Te dije que todavía no era el momento. —Su voz no llevaba reproche, sino una preocupación que apenas consiguió ocultar.
Sebastián lo miró con tranquilidad.
—No existía un momento mejor. —Se incorporó despacio, sin apartar los ojos de Rowan.
—Siempre existe. —Rowan sostuvo su mirada, aunque terminó desviándola hacia el fuego.
—No para ella. —La voz de Sebastián se suavizó ligeramente, y aquella pequeña modificación bastó para que Finn comprendiera que estaba hablando de Clara, no de ellos.
La tensión se instaló entre los tres como una vieja conocida. No gritaban… era algo que nunca hacían.
Los Blackwood discutían de otra forma. Con pausas. Con frases medidas y con silencios capaces de hacer más daño que cualquier insulto. Finn fue el primero en romper aquella quietud. Se acercó un poco más a la mesa y apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—¿Qué sabe exactamente? —preguntó, mientras sus dedos se cerraban lentamente sobre la madera.
Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa y mantuvo la mirada fija en sus hermanos durante unos segundos, como si supiera que aquellas palabras iban a abrir una puerta que los tres habían intentado mantener cerrada durante demasiado tiempo.
—Sabe que Eleanor nos ocultaba algo. —La voz de Sebastián permaneció serena, aunque su mandíbula se tensó ligeramente al pronunciar el nombre de Eleanor.
Ninguno reaccionó de inmediato. Rowan bajó lentamente la mirada hacia la alfombra, mientras Finn dejó de apoyarse en la silla.
Aquella parte de la historia pertenecía a los tres y no necesitaban explicaciones para entender lo que significaba.
Sebastián dejó pasar unos segundos antes de añadir:
—Y sabe que nosotros también lo descubrimos. —Retiró una de las manos de la mesa y la pasó lentamente por el borde de una de las carpetas.
Ahora sí, Rowan apartó la mirada hacia el fuego y Finn se pasó una mano por la mandíbula. La habitación pareció hacerse un poco más pequeña.
—¿Y sabe qué era? —preguntó Rowan, volviendo la mirada hacia Sebastián.
—No. —Sebastián negó lentamente con la cabeza, y aquella pequeña reacción pareció decir mucho más que la respuesta.
Rowan respiró profundamente antes de volver a preguntar.
—¿Y piensa preguntarlo? —La comisura de sus labios se movió apenas, en una expresión que no llegaba a ser una sonrisa.
Sebastián sonrió con una mezcla de resignación y cansancio mientras se incorporaba ligeramente.