Vladimir Cross me visitaba todos los días en casa de Grigori, aprovechando la ausencia de este por cuestiones personales. Aunque en algunas de esas ocasiones debía acompañarlo, siempre volvía antes. Esa semana le había hecho la petición al hijo del Alfa: la opción para tener mi propio lugar; después de todo, mi padre había sido un Lobo muy importante dentro de la manada. Grigori me había prometido buscarme un lugar donde nadie me pudiese molestar y fuera libre, donde nadie pudiera hacerme menos por mi don.
Eso me trajo nuevas esperanzas del futuro; quizá ese lugar sería el espacio que compartiría con Cross para el resto de nuestras vidas. Lo que me hacía sentir un poco de temor: si él y yo estábamos juntos, en un par de años yo moriría... eso le provocaría un gran dolor. Sin embargo, me daba esperanza pensar en que quizá después de mí encontraría a su alma en otra... en otra Loba. De ese modo, mi Cross ya no estaría solo una vez que yo partiera. Aun cuando eso no me hacía feliz...
Esta noche, como todas las noches anteriores, yo estaba esperando a que Grigori volviera porque Cross venía con él.
Me encontraba en la biblioteca del salón privado del hijo del Alfa; era la única de la casa que tenía permitido estar allí en su ausencia. Estaba leyendo un pergamino muy antiguo; no entendía mucho de lo que este decía: algo de uno de los dioses tocando a una madre humana. Eso no tenía sentido porque no era la forma en que los Lobos se habían creado, hasta donde yo sabía. Estaba inmersa en saber qué demonios era ese documento cuando la puerta de la oficina se abrió.
Un muy estresado Grigori entró. Yo solo lo observé ir y venir de la puerta a la ventana, por lo que no me atreví a moverme; ni siquiera quería respirar.
—Hola, pequeña. ¿Por qué no vas a saludar a esa bola de pelos tuya?
—Buena tarde, mi señor. No hace falta que me despida con tanta amabilidad; de todas formas iba a irme.
—Disculpa, es solo que...
—No tiene que disculparse, lo dejaré ahora.
—Gracias, Verona.
Tomé algunos libros, escritos y pergaminos, y salí de allí. Me dirigí a la sala de estar; Cross no se encontraba allí, cosa que me decepcionó. Pensé que estaría esperando por mí, pero no fue así. Bueno... ya lo vería más tarde. Me dirigí a mi habitación a dejar los libros; cuando abrí la puerta, el aliento se me atascó en la garganta. Todo estaba lleno de flores y velas; era como un jardín secreto. Entré cerrando la puerta tras de mí; tenía miedo de que todo esto fuera solo un hermoso sueño. Solté los libros en algún lugar sin quitar la mirada de todas esas asombrosas flores.
—Esto debió costarte...
—Nada es lo suficientemente caro o costoso como para que no pueda ponerlo a tus pies.
—Nunca nadie...
—Lo sé, amor, lo sé.
Mi corazón dio un vuelco cuando lo escuché llamarme amor. Había tanta honestidad en sus palabras, tanto amor. Se acercó con parsimonia a mí, tomó mis manos.
—¿Qué te ocurre?
—¿Por qué habría de ocurrir algo?
—Tu mirada... es como si quisieras decir algo y no pudieras.
—Tienes razón, sí me pasa algo... En realidad, ¿quiero pedirte algo?
—Estás preocupándome.
—No... Tienes que preocuparte, es...
Cross colocó una rodilla en el suelo sin soltar mi mano. Mi corazón comenzó a palpitar muy rápido; mi respiración se volvió un tanto errática.
—Sé que no te he dicho lo que significas para mí... No, espera...
Soltó mi mano y se alejó un par de pasos de mí.
—¿Qué ocurre?
—Nada, espera... solo escucha. —Guardó silencio, suspiró y volvió su mirada a mí—. Quiero que sepas que desde que nuestros caminos se cruzaron supe que te convertirías en alguien importante para mí... eres los rayos de Luna que guían mis pasos, la razón por la que mi corazón sigue latiendo. Te amo, Verona Sídorova, y quiero pasar el resto de nuestras vidas juntos.
Después de decir sus palabras se puso de rodillas. El nerviosismo se podía ver en sus ojos; yo sentía mis piernas a punto de volverse gelatina y estaba segura de que mi corazón se saldría de mi pecho.
—Por eso, mi amada Verona, te pregunto... ¿Quieres darme el honor de ser mi esposa?
¿Su esposa? Pero ¿qué pasaría si encontraba a su compañera de vida o a su alma?
—Pero y... ¿si encuentras a tu alma?
—Verona... Te amo a ti y es contigo con quien quiero pasar nuestros días juntos. No me rechaces, no me dejes, amor.
—Nunca. Yo te amo, Vladimir... Sí quiero casarme contigo.
La sonrisa que afloró en su rostro me robó el corazón. Sabía que yo lo amaba, que era el amor de mi vida, que debíamos estar juntos. Sin importar esas visiones del futuro donde... Se acercó a mí y tomó mi rostro con sus manos, y selló nuestro pacto con un tierno y lento beso. Lo rodeé con mis brazos por el cuello; él me abrazó por la cintura. Profundizando el beso, se sentía tan correcto, tan perfecto, que seguramente era lo que tenía que ser. Al separarnos, tomó mi mano y colocó una sortija: era de oro blanco, un Lobo con rubíes azules en los ojos.
Editado: 20.07.2026