Vladimir Cross había tomado el mando de su casa por fuerza propia; no había sido necesario matar. Todos aplaudieron ese acto y lo siguieron ciegamente. Las cosas para la casa Rusky cambiaron drásticamente, nada sería lo mismo. Con la sabia guía de Cross saldrían adelante; él algún día reharía su vida. Quizá encontraría otra mujer y tendría otros hijos.
Aun cuando eso me partía el alma, prefería pensar en esa posibilidad a pensar en que la visión de su muerte, que me ha acosado desde niña, se haga realidad. Sé que ha estado tras el rastro de esa mujer, y que un par de veces ha estado a punto de dar con ella. Él se ha encargado de ser la justicia de la raza; no siente temor, dolor o pena al matar. Tampoco lo disfruta ni se alegra cuando esto pasa.
Como alguna vez Henrriette le llamó, él es el Lobo de Hielo. Mi Lobo de Hielo, lo echo tanto de menos. En este momento me encuentro en mi biblioteca; muchos de los libros o pergaminos que aquí se encuentran los he escrito yo. Muchos de ellos contienen visiones que se han cumplido, otras que aún no se cumplen e incluso aquellas que han logrado ser cambiadas.
Siento que algo malo está por cernirse sobre nosotros, sobre toda la raza, pero aún no sé qué es. Las visiones poco a poco se han detenido, como si por fin los dioses se hubieran apiadado de mí y me hubieran retirado esta maldición. Pero eso no es posible; ellos no son tan benévolos con los maldecidos, lo sé por experiencia, lo he visto miles de veces.
Tres golpes en la puerta me distraen de mis pensamientos. No me levanto, simplemente les invito a pasar. La puerta se abre y un enorme Lobo de cabello negro, largo, y rasgos muy duros me devuelve la mirada. Sus ojos son tan oscuros como su cabello, pero no es esto lo que me pone la piel de gallina; es el hecho de que sé qué es lo que sucederá y no puedo evitarlo.
—¿En qué puedo servirle, señor Isidro Taftian?
—Necesito que me guíes en mi camino, debo tomar una decisión y quiero saber las consecuencias —me responde mientras entra en la habitación y cierra la puerta.
Me pregunto: ¿quién de mis Lobos, humanos o Latentes le dejó acceder al corazón de nuestro hogar?
—Mi clarividencia no funciona de ese modo, señor... no puedo ayudarle.
Sentí terror cuando esas palabras salieron de mi garganta.
—¿No? ¿Acaso no sabes quién soy?
—Sé bien quién es, señor, pero no puedo ayudarle.
Su mirada, de ser posible, se tornó mucho más oscura. Se acercó lentamente a mi escritorio; podía escuchar mi corazón estrellándose en mis costillas, y estaba tan segura de que él podía oler mi miedo, aun cuando mi rostro mostrara otra cosa.
—Sabes lo que va a pasar esta noche, ¿verdad?
—Sí.
—Puedes gritar si quieres —se burló él.
—¿De qué serviría?
—Tienes razón. Así que vas a decirme lo que deseo o lo pagarás con dolor, mucho dolor.
Mi corazón dejó de latir.
—No puedo forzar una visión.
—Pero yo sé que ciertas cosas pueden ser de estímulo, y quiero saber mi futuro de una forma u otra.
Solo me quedé sentada en mi escritorio. Isidro se colocó detrás de mí y me tomó por el cuello con su enorme mano.
—Por favor, no —le supliqué.
—Dime lo que deseo y no te tocaré, de ninguna forma.
—N... No puedo.
—Respuesta equivocada.
Para cuando por fin pude decirle lo que estaba esperando escuchar, ya habían pasado horas. Me encontraba en el suelo de mi biblioteca, con mi ropa hecha jirones, mi piel golpeada y mordida a partes iguales por cualquier parte de mi cuerpo. Lo peor no fueron las horas de tortura; lo peor fue que me tomara en contra de mi voluntad. El sentirme vulnerable y no poder defenderme de mi agresor me demostró que, no importa la raza, el mal siempre se apoderará de algunos corazones.
Cuando comencé a ponerme en pie, sus palabras resonaron en mi cabeza: "Una sola palabra de lo que viste esta noche y esto solo será una caricia comparado con lo que te haré; y no solo vendré por ti, se lo haré a cada mujer y niña de esta isla".
Sabía perfectamente que ese Lobo cumpliría su promesa. Me di una ducha y quemé esas ropas; me encargué de limpiar la sangre y de colocar hierbas especiales en la biblioteca para desaparecer el aroma de lo que allí había ocurrido. No podía decirle a nadie que él estuvo aquí; nadie podía enterarse de lo que me hizo y mucho menos de las horribles visiones que me hizo ver.
Tiempo, mucho tiempo tuvo que pasar para que yo sanara solo un poco. Muchos notaron mi cambio, mis pesadillas, mi dolor, pero a todos les hice creer que era porque había tenido visiones de muerte. Cuando les decía eso, ya ninguno quería saber del tema; eso solo estaba reservado para mí.
No acudí a la ceremonia de vinculación de Záitsev y Henrriette, pese a que vinieron personalmente; me excusé diciendo que no podía dejar sola la isla. Además de que no podía ver a Cross, no después de tantos siglos, no después de lo que había hecho, aunque la verdad moría por volver a verle, aunque fuera de lejos.
La primera de mis visiones se hizo realidad cuando me enteré del secuestro de Henrriette por parte de los cazadores; sabía perfectamente lo que esto provocaría, sabía quién era el que lo había hecho. Y así como yo cumplí mi palabra de guardar silencio, él cumplió la suya de no volver a verme jamás.
Editado: 20.07.2026