Esa mañana, Roseanne se presentó al penthouse de Jason con una mezcla de nerviosismo y determinación. Había pasado la noche anterior preparando todo para el festival y eligiendo cuidadosamente su atuendo, dado que Jasmine había insistido en que el color del día sería el amarillo. Ahora estaba ahí, tocando la puerta con un vestido amarillo que la hacía parecer una gigantesca pero elegante paleta de limón.
Cuando Jason abrió la puerta, quedó atónito.
—Buenos... —empezó a decir, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta al verla.
Roseanne, su siempre impecable y profesional asistente, vestida de amarillo brillante. Una visión tan inesperada que le resultaba desconcertante. Parecía un girasol que iluminaba toda la habitación.
—¿Por qué estás vestida así? —preguntó finalmente con curiosidad en lugar de una crítica.
Jason era incapaz de ocultar su sorpresa mientras sus ojos recorrían su figura y admiraba la manera en el que el vestido abrazaba sus curvas.
Roseanne entró con la misma naturalidad que siempre, ignorando su mirada.
—Solo quería cambiar un poco. —respondió con una sonrisa casual mientras se movía con confianza hacia la sala.
Jason cerró la puerta tras ella, pero no podía apartar los ojos de cómo el amarillo resaltaba el tono cálido de su piel y cómo el vestido se ajustaba a su cuerpo con una perfección casi insultante. Se aclaró la garganta, incómodo consigo mismo.
—Quería decirte algo. —murmuró mientras ajustaba los puños de su camisa, un gesto que siempre hacía cuando estaba nervioso.
Roseanne lo miró con curiosidad.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, preocupada por el tono de su voz.
Jason señaló el sofá.
—Toma asiento.
Confundida, Roseanne obedeció. Jason desapareció brevemente hacia el comedor y volvió con una bolsa de una marca que ella reconoció al instante: Jimmy Choo. Al abrirla, reveló una caja que contenía unos hermosos tacones blancos con encaje alrededor que los hacían ver aún más caros de lo que eran.
—Sé que ayer te rompiste el tacón ayudando a Jasmine con su día. —dijo Jason mientras le tendía la caja.
—Son gajes del oficio, —respondió ella con un gesto trivial.
—Estos son para ti. Espero que te gusten.
Roseanne se quedó sin palabras.
—Jason… no tenías que…
—No pienses demasiado en ello. —la interrumpió. —Considera esto un agradecimiento por todo lo que haces por Jasmine.
Sin darle oportunidad de rechazar el gesto, Jason se arrodilló frente a ella, sosteniendo uno de los zapatos en su mano. Roseanne intentó protestar.
—De verdad, no hace falta, yo puedo…
—Déjame hacerlo. —dijo con voz firme, aunque sus ojos mostraban una inusual suavidad.
—Jason, no tenías que hacerlo. Son hermosos, pero... —Las palabras se le quedaron atrapadas al ver cómo él, con toda naturalidad, comenzaba a quitarle los zapatos que llevaba puestos.
Con una delicadeza que la tomó por sorpresa, Jason deslizó los zapatos viejos de Roseanne y tomó su pie con cuidado. Su toque era cálido y provocó un leve escalofrío que recorrió la espalda de Roseanne. Cuando ajustó el nuevo tacón, sus dedos rozaron la piel tersa de su tobillo, y algo en el ambiente cambió.
Jason estaba concentrado en su tarea, pero no podía ignorar la suavidad de su piel y el calor que emanaba de ella, al estar tan cerca de ella pudo notar el olor a perfume que siempre usaba, ese delicado olor a rosas que la envolvían era como una caricia al olfato de Jason.
El tiempo pareció detenerse cuando Jason alzó la vista, sus ojos conectando con los de Roseanne. Había algo diferente en la forma en que la miraba, como si por un momento se olvidara de todo lo demás y ella solo fuera una mujer ante sus ojos, una mujer que deseaba con locura.
—Son perfectos. —murmuró, pero la intensidad en su mirada decía que no se refería solo a los zapatos.
—Muchas gracias… —respondió ella, aunque su voz salió más suave de lo que esperaba.
Jason inclinó ligeramente la cabeza, su mano aún descansando sobre su tobillo.
—No, tú los haces perfectos.
El aire entre ambos se volvió más denso, cargado de una tensión palpable. Los dedos de Jason comenzaron a subir lentamente desde su tobillo hasta su pierna, provocando un calor que se extendió por todo el cuerpo de Roseanne. Podía sentir el latido de su corazón resonando en sus oídos mientras la mano de Jason exploraba con una mezcla de seguridad y vacilación. Roseanne apenas respiraba, atrapada entre la intimidad del momento y el torbellino de emociones que sentía.
—Rose… —susurró su nombre, y la manera en que lo hizo envió un temblor directo a su vientre.
El sonido de su voz era profundo, casi ronco, y cada fibra de su ser quería que ese instante durara para siempre. Pero justo cuando parecía que el momento iba a romper la barrera de lo permitido, una voz infantil los devolvió bruscamente a la realidad.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Jasmine desde la entrada, con la inocencia y curiosidad propias de su edad.
Jason retiró la mano rápidamente como si se hubiera quemado, mientras Roseanne enderezaba su postura, intentando recomponerse.
—¡Qué bonitos zapatos! —exclamó Jasmine, corriendo hacia ellos y señalando los pies de Roseanne. Miró a su padre, que aún estaba arrodillado frente a Roseanne, y soltó una risita—. ¿Se los pusiste a tu novia como el príncipe en Cenicienta?
Ambos se sobresaltaron. Jason retiró su mano rápidamente y se puso de pie, ajustándose el traje con movimientos torpes. Roseanne se alisó el vestido, tratando de ocultar el rubor en sus mejillas.
—No es mi novia, Jasmine. Ya hemos hablado sobre eso.
—Me los dio porque rompí los de ayer. —explicó Roseanne con un tono más nervioso del que pretendía.
La pequeña observó a Roseanne de arriba abajo con una sonrisa amplia.
—Te ves muy bonita, Roseanne. ¡Como una Barbie gigante!
Roseanne soltó una risa ligera, agradeciendo el cambio de tema.