Tres Secretos

23: Señorita Brynley

 

Mañana es el día de San Valentín.

Si estuviera saliendo con William eso sería una gran noticia, yo estaría muy emocionada por lo que me esperaría. Definitivamente una cena romántica, en un restaurante de esos que solo personas con padres adinerados pueden costearse, o tal vez, ver el amanecer en su convertible.

Pero eso ya es pasado y honestamente, no lo extraño.

Mientras veo como las personas de mi escuela van y vienen alegres, sosteniendo las famosas “rosas secretas” que le envías a quien te gusta o tal vez a tus amigos, yo llego a mi casillero y dejo mi libro ahí.

Tomo mi teléfono y reviso el último mensaje de Dylan, me envió una foto sobre un hombre alquilando todos los asientos con número par en una sala de cine para arruinar el día de San Valentín de las parejas. Sonrío.

—Señorita Brynley, ¿Me haría el honor de acompañarme a la siguiente clase? —Dylan llega justo a tiempo y se coloca detrás de mí.

Cierro mi casillero y lo veo entrecerrando los ojos —Eres cruel, ya te dije que odio cuando hablas así.

Él intenta no reír — ¿Por qué señorita? ¿Le molestan los buenos modales? ¿La cortesía?

—La cortesía —repito haciéndole burla—. Mejor vámonos de aquí, ya no soporto este ambiente cursi.

—Como diga, señorita Brynley, ¿A dónde desea ir el día de hoy? —eleva su brazo para que lo entrelacemos, yo lo hago—. ¿Su residencia en las colinas o quizás, su humilde hogar en Beverly Hills?

Bufo y lo empujo. —Mejor la de Paris, ¿Nos vamos en el jet privado?

Lleva la mano a su pecho —Tendré que llamar al piloto, o podríamos arriesgarnos y yo pilotearé su Jet, ¿Qué desea señorita?

Creo que poco a poco a las personas les ha dado igual lo que sea que esté pasando entre Dylan y yo. No está pasando nada, por cierto. Lo último que dijeron es que yo estaba borracha en clase de gimnasia y por eso “me desmayé” ni siquiera me desmayé y obviamente no estaba borracha.

Pero no importa, he aprendido a que las personas en un par de semanas se mueven al siguiente rumor y lo olvidan. Ahora están hablando de un chico de penúltimo año que fue descubierto con marihuana o algo así.

Es probable que sea mentira.

—Hablando realísticamente —le digo—. Se me antojan unas papas fritas, de esas del restaurante donde venden las hamburguesas gigantes.

Dylan asiente — ¿Cree usted que esa comida es digna de un sistema digestivo tan sofisticado como el suyo, señorita?

Le doy un empujón —Ya basta, te dije que no es gracioso —pero estoy riendo.

Dylan siempre me pareció raro y creo que aún me parece raro pero me gusta mucho que lo sea. Me divierto con él, sus comentarios extraños y sus impulsos. No creo haber conocido a alguien como él antes, es tan diferente a todos los otros chicos.

Antes me molestaba que Dylan fuera tan “bueno” en muchas cosas, ahora me gusta eso de él. Me gusta que me enseñe como toca la guitarra, que me de consejos de como sumar cantidades grandes rápidamente, incluso de como doblar la ropa para que no se arrugue. Dylan sabe demasiado de muchas cosas y a mí me gusta escucharlo.

Claro, no lo admito en voz alta.

Dylan me dijo que cuando era niño pasaba mucho tiempo solo y le gustaba leer enciclopedias antiguas, libros de su papá y revistas de ciencia. Luego con el internet él se la pasaba leyendo artículos con datos importantes o buscando videos de reportajes.

Pero a pesar de ser tan inteligente, también llega a ser algo tonto en el sentido tierno.

Otra cosa que no admitiría en voz alta.

Él me devuelve el empujón —Lo es, señorita —se acerca un poco a mi rostro—. O podríamos intercambiar papeles y tú podrías empezar a tratarme como un príncipe.

— ¿Príncipe? —resoplo.

Dylan se encoje de hombros. —Ay, vamos Bryn, tienes que admitir que me veo como un príncipe.

Ruedo los ojos. —No lo haces, ¿Qué príncipe tiene el cabello así como el tuyo?

— ¿Sedoso? ¿Envidiable? —pregunta.

Y yo suelto una carcajada. —No, nada de eso —lo miro sonriendo—. No eres un príncipe, eres el malo de las películas.

—Leí una vez que los malos suelen ser los más guapos, ¿Tu qué crees? —pregunta levantando una ceja.

Suspiro. — ¿Quieres que te diga la verdad? No podrías soportar mi honestidad.

Dylan me da una palmada en el brazo. —Bryn, he soportado tu humilde opinión todo este tiempo, ya soy inmune a ti y tu honestidad —sonríe mostrando sus hoyuelos.

—Como sea, solo vámonos de aquí. —le pido.

Dylan entrecierra sus ojos. —Solo tienes que tratarme como el príncipe y te llevaré a donde quieras.

—Nunca —le digo acercándonos a su auto—. ¿Entonces vamos a ese lugar? ¿Se te antoja otra cosa?

—Solo si me hablas como si fuera príncipe —me condicionó—. Si no puedes ir a buscarte otro carruaje, princesa.

—Me acabas de llamar princesa, es clara la jerarquía entre nosotros —bromeo.

Nos detenemos frente a su auto y me suelta, eleva las cejas esperando a que hable cruzando los brazos.

Ruedo los ojos. —Señor Harman, ¿Le gustaría hacerme el honor y acompañarme a degustar unas deliciosas papas fritas? —Doy un paso hacia el frente—. Con su bebida favorita, bueno, me corrijo —juego—. Su segunda bebida favorita, Coca Cola con hielo.

Él asiente sonriendo —Será un placer, señorita Brynley —abre la puerta del copiloto—. Ahora entre a su carroza, majestad.

Yo me río —Ya, deja de hablar así, te lo ruego.

Cierro la puerta y camina hacia el otro lado, cuando entra me advierte: —Pero ya no pagaras esta vez.

Suspiro y toco mi frente —Harman, tú me llevas de un lado hacia el otro, tu pones la gasolina para el auto y yo la gasolina para nuestros cuerpos, ósea, la comida.

Dylan se estira sobre mí y me coloca el cinturón de seguridad. Tengo que admitir que últimamente ya no se me olvida colocármelo pero también me gusta que se acerque a mí para que haga esto, es algo ridículo pero… no sé, se me hace tierno.



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En el texto hay: secretos, amor, amor adolescente

Editado: 06.12.2022

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