Tres veces culpable

Capítulo 3: Junior

Iba por la décima vez que leía los mensajes de Rainer y aún no sabía que hacer al respecto. Caminaba en dirección hacia la cafetería, donde estaría todo el instituto reunido, con toda la parsimonia del mundo. Intentaba ganar más tiempo para decidir qué hacer con la petición de mi mejor amigo y con MacKenna. La hora del almuerzo era ese momento en el que Rainer y yo nos separábamos. La división se había establecido el año pasado, cuando Rainer llegó al instituto y optó por declinar continuamente las invitaciones de Kevan o las mías. No entendía porque prefería pasar tiempo con idiotas como Robert, aunque algo me decía que la pelirroja era la culpable de todo aquello. Había escuchado los rumores respecto  una supuesta relación entre Rainer e Izett pero nunca les había dado crédito. Kevan se encargó de desmentirlo al segundo día de su circulación, asegurando que simplemente su hermana había entrado en razón al buscar amigos más interesantes que los que solía frecuentar. Incluso bromeó con la posibilidad de verla sentada en la mesa en los próximos meses, con traje de animadora y pompones incluidos. Todos rieron.

Apoye mi espalda contra la máquina dispensadora de bebidas que estaba en la entrada de la cafetería. En realidad no tenía ni el más mínimo interés en comprar una bebida, simplemente observaba de reojo a una reconocible melena pelirroja que pasaba como una bala entre las concurridas mesas hasta llegar a la suya, que por suerte estaba vacía.

Llevaba tentado a acercarme a Izett desde hacía bastante tiempo, ideando una estrategia para entablar una conversación y poner las cartas sobre la mesa. La petición de Rainer era la excusa perfecta para resolver ciertos asuntos pendientes, pero no tenía ni idea de cómo empezar a hacerlo. Deseaba volver a hablar con ella desde el uno de noviembre del año anterior, cuando pude ser un observador en primera fila del arrebato de cólera que sufrió al enterarse del fallecimiento de Kevan. Terminó de la forma más impredecible posible, con Izett abrazada a mi cintura y llorando desconsoladamente sobre mi pecho en un ajetreado pasillo del hospital. Yo intentaba asimilar que uno de mis mejores amigos estaba muerto mientras que yo había sobrevivido al accidente. La conmoción por la noticia se sumaba a mi frustración por ser incapaz de recordar que era lo había sucedido durante el trayecto. No dije nada. Lo único que hice fue abrazarla, en silencio, hasta que su madre vino a separarnos. Aún era incapaz de olvidar los gritos de la señora MacKenna por la muerte de su hijo. Fue demasiado para ella la impotencia de no poder hacer nada y tener que verme a mí, el único que había salido totalmente ileso.

—¿Vas a comprar algo?—se quejó un alumno de segundo que esperaba a mi espalda. Sin darme cuenta había formado una pequeña cola de impacientes adictos a los refrescos.

Hice oídos sordos a las quejas del resto, comprando una Coca-cola, y me adentré en el comedor.

—¡June! ¡Eh, June!

Troy, uno de los candidatos favoritos a capitán suplente, gritó sobre los demás para reclamar mi atención. No era el único de la mesa que me hacía gestos. Todos estaban extrañados  por el rumbo que estaba tomando ese día.

—Ahora voy.

Mi respuesta, a pesar de haber alzado la voz, fue tragada por el barullo del comedor. No estaba seguro de si me habían escuchado o no, pero sus expresiones no podían mostrar más confusión al ver cómo me alejaba de nuestra zona de confort.  Desvié la mirada hasta encontrar de nuevo a la pelirroja, que estaba sumergida en la lectura de sus apuntes. Su comida casera permanecía con la tapa puesta y no parecía abrir demasiado su apetito. Me detuve frente a su mesa con la lata en la mano y mi mejor sonrisa. No sabía que sería lo que iba a encontrar en aquella charla, pero tenía la sensación de que no iba a ser especialmente cordial.

—Hola—saludé. Todas mis habilidades para la palabra parecían haberse esfumado.

Izett tardó en alzar la mirada. Comprendí que lo que le había hecho darse cuenta de que alguien estaba llamando su atención, era que estaba bloqueando parte de la luz con mi cuerpo y proyectando una sombra en sus apuntes. Una rápida mirada a sus orejas me confirmó que llevaba puestos los auriculares. La mirada que me dirigió estaba repleta de recelo ante mi sonrisa, que flojeó por puro temor al resultado de la inminente charla. Aquello era muy mala idea.

—¿Qué pasa?

Su pregunta sonó más como un gruñido amenazador que a una invitación a quedarse. Había retirado los cascos y me observaba expectante, como si esperase que en cualquier momento me fuese a esfumar en mitad de una nube de humo. Seguramente es lo que deseaba que sucediese y no podía culparla.

—¿Puedo sentarme?—pregunté por cortesía. Pensaba hacerlo de todos modos.

—¿No tienes un sitio de honor reservado en tu mesa?—inquirió a la defensiva, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Puede esperar un poco más reservado—sonreí con amabilidad, aunque dudaba esperar el mismo tipo de respuesta agradable. Llevaba años ignorando su presencia, o al menos limitándome a simples frases de dichas a regañadientes, era lógico aquel tipo de recibida.

Tomé asiento, frente a ella, autoinvitándome a hacerlo. Continuar plantado frente a la mesa tan solo crearía más expectación entre los curiosos. Sentarme y aparentar normalidad era la mejor opción. Lástima que ya hubiese varios atentos a nuestra conversación.

—Perdona, ¿nos conocemos de algo? —dijo con la mayor ironía posible, incapaz de ocultar el tono arisco de su voz—.Me resultas familiar, ¿sabes? Pero la persona a la que me refiero es un cabeza hueca del equipo de fútbol que solo gruñe para saludarme cuando Rainer está a mi lado.




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