Trillizas del jefe

Trillizas del jefe.Capítulo 1: En buenas manos

Trillizas del jefe.Capítulo 1: En buenas manos

El reloj marcaba las cinco de la tarde, y mis trillizas debían estar a punto de despertarse de su siesta. Me mordí el labio mientras revisaba el correo en mi computadora. No tenía quién las cuidara, y la reunión con los inversores comenzaba en quince minutos.

Suspiré. No tenía opción.

Me levanté y caminé con paso firme hasta la oficina de Alejandro, mi jefe. Toqué la puerta dos veces y esperé.

—Adelante —su voz grave me hizo tragar saliva.

Entré y lo vi como siempre: serio, impecable en su traje oscuro, revisando documentos con expresión concentrada. Si supiera la verdad…

—¿Qué necesitas, Victoria? —preguntó sin apartar la vista de los papeles.

Apreté los dedos contra la tela de mi falda. Respira. No hay alternativa.

—Sé que esto no es parte de mi trabajo, pero necesito un favor.

Finalmente alzó la mirada. Sus cejas se arquearon con leve sorpresa.

—¿Qué clase de favor?

—Es que… —carraspeé—. No tengo con quién dejar a mis hijas y tengo una reunión importante. ¿Podría… cuidarlas por un rato?

El silencio en la oficina se hizo denso. Alejandro me observó como si acabara de pedirle que bajara la luna.

—¿Cuidarlas?

—Solo por una hora —apresuré a decir—. Son tranquilas, lo prometo. Se acaban de despertar de la siesta y solo necesitan un poco de atención.

Su mandíbula se tensó.

—Victoria, yo no soy niñero.

—Lo sé, señor, pero… —lo miré suplicante—. Por favor.

Alejandro se pasó una mano por el cabello, claramente incómodo. Mi jefe, el hombre más temido de la empresa, titubeando ante tres niñas de tres años.

—¿Dónde están?

—En la sala de descanso.

Suspiró con resignación y se puso de pie.

—Más te vale que sean tranquilas.

No lo eran.

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Veinte minutos después, mientras yo exponía cifras y estrategias en la sala de reuniones, Alejandro estaba sentado en el suelo con mis hijas.

—¿Por qué tienes cara de enojado? —preguntó Sofía, mirándolo fijamente.

—Así es su cara, Sofi —dijo Emma, abrazando su osito de peluche.

—Señor… ¿sabe jugar a la casita? —preguntó Lucía con ojos brillantes.

Alejandro, el hombre más serio del mundo corporativo, suspiró derrotado.

—Enséñenme.

Y así, sin saberlo, el padre de mis hijas estaba jugando con ellas.

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