Trillizos para mi jefe alfa

Prólogo:

El calor de la noche era sofocante, así que dejé la ventana abierta. Me hundí en las sábanas, sumergiéndome en un sueño ligero, entrecortado por imágenes de los ojos de Alexander mi jefe fijos en mí durante toda la fiesta. Un leve sonido me despertó. No fue el crujido de la madera, sino algo más pesado, más elegante. Al abrir los ojos, la luz de la luna llena bañaba mi habitación con un tono plateado. Un lobo. Un animal inmenso, de pelaje oscuro y ojos que brillaban como brasas, estaba parado sobre el marco de mi ventana abierta.

Mi corazón debería haberse detenido por el miedo, pero en lugar de eso, una calidez desconocida se extendió por mi pecho. El animal saltó al interior con una gracia imposible. Antes de que pudiera reaccionar, una neblina comenzó a envolverlo, y donde segundos antes había una bestia salvaje, ahora estaba él. Alexander. Su silueta recortada contra la luz de la luna era perfecta, sus ojos fijos en los míos con un hambre que me dejó sin aliento.

—¿Alexander? —susurré, convencida de que mis ojos me engañaban—. Es un sueño... tiene que serlo. No podrías haber subido hasta aquí.

Él no respondió con palabras. Se acercó a la cama y sus manos, firmes y frías, rozaron mis mejillas. La sensación era tan real, tan eléctrica, que cerré los ojos y me entregué. Me convencí de que, como estaba soñando, nada de esto tendría consecuencias. Sus caricias fueron posesivas, marcando cada centímetro de mi piel, y me entregué a él con una devoción que no sabía que poseía, dejando que la fantasía me consumiera hasta el amanecer.

Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana, desperté sobresaltada. La habitación estaba vacía. La ventana estaba cerrada, como siempre. Me senté en la cama, sintiendo un dolor sordo y una sensibilidad extraña en mi cuerpo que me dejó confundida.

Me toqué el vientre, negando con la cabeza. *Fue un sueño*, me repetí una y otra vez, tratando de calmar el temblor de mis manos. Era imposible. Yo seguía siendo virgen; mi cuerpo me decía que aquella noche nunca sucedió realmente, que solo había sido una proyección de mis deseos más profundos.

Pero mientras el aroma a cedro seguía impregnado, muy sutilmente, en mis sábanas, una duda terrible comenzó a crecer en mi interior. Y, meses después, cuando mi cuerpo comenzó a cambiar y tres corazones empezaron a latir dentro de mí, comprendí que aquella noche, lo que sea que hubiera entrado por mi ventana, no era un simple sueño.




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