Tríptico de cristal

Capitulo 1: El peso de la corona

El silencio en la villa de Posillipo no era paz; era respeto.

Martín Moretti ajustó los gemelos de oro de sus puños, observando su reflejo en el ventanal que daba al golfo de Nápoles. A sus treinta y cinco años, el cuerpo de Martín era un mapa de guerra y disciplina: alto, de hombros anchos y una mandíbula tallada con la precisión de un escultor renacentista. Su traje, azul medianoche y perfectamente planchado, ocultaba las cicatrices, pero no el aura de peligro que lo envolvía.
Bajó la mirada hacia sus manos. Sobre los nudillos, los tatuajes oscuros dictaban una sentencia silenciosa. Esas manos habían firmado contratos de millones de euros y, con la misma calma, habían apretado gatillos sin que el pulso le temblara. Para el mundo exterior, Martín era el "Cerebro" de la Camorra, un empresario impecable que movía los hilos de Campania con la frialdad de una máquina.

—Martín, el café se enfría —la voz de Diana llegó desde el comedor, suave y cargada de esa cotidianidad que él protegía con garras y dientes.
Martín cambió el gesto al instante. La mirada intimidante, esa que hacía que sus soldados bajaran la cabeza por puro instinto, se suavizó al entrar en la habitación. Diana, elegante y serena, lo esperaba con la mesa puesta. Ella era su ancla, la mujer que el mundo reconocía como su único norte, la madre de sus dos hijos.

Él se acercó y le plantó un beso en la frente, un gesto cargado de una ternura que nadie más en Italia creería posible.

—Estaba pensando en los embarques de la tarde, amore mio —mintió con la naturalidad de quien ha hecho del engaño un arte.

—Eres un hombre correcto, Martín. Trabajas demasiado por esta familia —dijo ella, acariciándole la mejilla.

Él sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Ser "correcto" en su mundo significaba seguir códigos de sangre. Esa misma mañana, antes del desayuno, Martín había dado una orden corta. Sin mediar palabra, solo un gesto con la barbilla. Un traidor menos. En la mafia, la palabra de Martín era la detonación de un disparo; no había segundas oportunidades, solo el eco del plomo.

Sin embargo, mientras tomaba el primer sorbo de café, el peso de su teléfono personal en el bolsillo del pantalón le quemaba el muslo.

En su mente, Nápoles empezaba a desdibujarse para dar paso a otros rostros. Un año de secretos en el Reino Unido con Elena, cuya risa joven lo hacía sentir que el pecado no existía. Y el recuerdo de Marco en París, la elegancia de la esgrima, las conversaciones intelectuales y esa conexión que desafiaba cualquier código que la Camorra intentara imponerle.

Amaba a Diana. Amaba a Elena. Amaba a Marco. Los amaba como a su propia vida, y por eso mismo, los mantenía en jaulas de cristal separadas por miles de kilómetros y millones de euros.

"Un corazón dividido es un blanco fácil", le había dicho su padre una vez.

Martín se levantó, le dio un último beso a su esposa y salió hacia su coche blindado. Al cerrar la puerta del Mercedes, el hombre dulce murió y el Capo regresó. Revisó su agenda: tres identidades, tres vuelos, una sola red de mentiras.

Hoy, su secreto era su felicidad. Mañana, sabía perfectamente que sería su castigo. Pero mientras el motor rugía, Martín Moretti solo pensó en una cosa: en este mundo de balas y lujuria, él era el dueño del tablero... y aún no estaba listo para que la partida terminara.




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