Tríptico de cristal

Capitulo 2: El mapa de los latidos

El Mercedes blindado se detuvo con una precisión quirúrgica en el estacionamiento privado de su terminal privada en Nápoles.

Martín no bajó de inmediato. Apagó el motor y dejó que el silencio de la cabina lo rodeara. Acarició el volante de cuero, observando el horizonte donde el Vesubio vigilaba la ciudad.
​Antes de cruzar la frontera hacia su próxima vida, Martín siempre hacía el mismo ejercicio mental: repasaba el origen. Porque para mantener tres verdades intactas, no podía olvidar cómo nació cada una.

Diana elmdeber y la raíz

​Cerró los ojos y el olor a azahar de hace quince años lo golpeó. Nápoles. Una boda de alta alcurnia entre familias que compartían más que solo negocios. Diana apareció de blanco, una visión de pureza y linaje.
La conoció en una cena de gala organizada por su padre. Ella era la hija de un aliado estratégico; el matrimonio era un contrato, pero el primer beso fue real. Diana representaba su estabilidad, la mujer que le dio un apellido respetado y dos hijos que eran su orgullo. Ella lo conocía como el empresario impecable, el hombre que traía el pan y la protección. A su lado, Martín era el Rey que Nápoles esperaba que fuera.

​Elena el soplo de aire fresco

​Un suspiro escapó de sus labios al pensar en Londres. Hace apenas un año, bajo la lluvia incesante de la capital británica, conoció a Elena. Martín estaba cerrando una transacción de arte que servía de tapadera para lavar millones. Entró en una pequeña galería en Mayfair y allí estaba ella, guiando a los visitantes con una energía que él no había sentido en décadas.

Elena no sabía de la Camorra, ni de los muertos, ni del peso de Campania. Para ella, él era simplemente
"Martín", un exitoso consultor
internacional con un toque de misterio. Ella le devolvió la juventud que la mafia le había arrebatado. Con Elena, el aire no pesaba; el amor era ligero, nuevo y prohibido.

​Marco el alma y el acero

​Finalmente, su mente viajó a París, a la luz dorada que entraba por los ventanales de un club de esgrima exclusivo. Martín siempre había admirado la disciplina, y allí vio a Marco. El movimiento de su florete era una danza de precisión y muerte, una elegancia que Martín reconoció como propia.

Se conocieron tras un asalto amistoso. Marco, con el cabello sudado y una sonrisa desafiante, le quitó la careta y lo miró a los ojos sin miedo. No hubo necesidad de muchas palabras; se reconocieron como dos depredadores de élite en mundos distintos. Con Marco, Martín no tenía que ser el Capo ni el esposo perfecto; podía ser el hombre intelectual, el estratega, el amante que encontraba paz en el silencio compartido y en el brillo del acero.

​Martín abrió los ojos. Tres personas. Tres amores que, por separado, lo hacían sentir completo.

​-Señor Moretti, el avión está listo -dijo la voz de su guardaespaldas a través de la ventanilla, rompiendo el trance.
​Él asintió. Se ajustó la chaqueta del traje, guardó sus tres teléfonos en compartimentos diferentes de su maletín y bajó del coche. Su mandíbula volvió a endurecerse. Había recordado de dónde venía; ahora era el momento de seguir jugando a ser tres hombres a la vez.




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