Tríptico de cristal

Capitulo 3: El precio del caos

El pie de Martín Moretti estaba en el primer escalón de la escalerilla del jet privado. El viento de la pista le agitaba el cabello, y por un segundo, se permitió imaginar el olor a lavanda del apartamento de Elena en Londres. Pero el destino tiene un sentido del humor sangriento.

El teléfono de seguridad

-el que solo vibraba por emergencias de vida o muerte- rugió en su bolsillo.

Martín se detuvo en seco. Sus hombres, apostados alrededor del avión, se tensaron al ver su gesto. Al ver el nombre en la pantalla, el mundo de cristal de Martín se congeló: Piero.

-Habla -soltó Martín, su voz volviéndose puro acero.

-¡Martín, aborta el vuelo! Tienes que regresar a la base ahora mismo -la voz de Piero, usualmente calmada y cínica, sonaba agitada,-.

Atacaron la bodega 4 en el puerto. Hace cinco minutos. Fue una operación quirúrgica, sabían exactamente dónde golpear.

Martín apretó el pasamanos de la escalerilla con tanta fuerza que sus nudillos tatuados se tornaron blancos. La bodega 4 no era cualquier depósito.

-Dime qué perdimos -ordenó, bajando los escalones con paso lento pero letal.

-Todo. Se llevaron el cargamento de arte holandés, la mercancía blanca y las cajas fuertes con el efectivo del mes. Estamos hablando de 55 millones de euros evaporándose en un abrir y cerrar de ojos. Tengo a dos de nuestros coches pisándoles los talones por la autopista hacia Salerno, pero hay un problema mayor...

-¿Qué problema? -Martín ya estaba entrando en su Mercedes, haciendo una seña a su chofer para que arrancara antes de que cerrara la puerta.

-La policía, Martín. Las patrullas se metieron en medio de la persecución. No sabemos si es coincidencia o si los ladrones los llamaron para usarlos de escudo. Mis hombres no pueden disparar sin armar una guerra civil con el Estado, y los uniformados nos están bloqueando el paso a nosotros mientras los otros se escapan. Si no los detenemos antes de que lleguen al túnel, habremos perdido el rastro para siempre.

Martín sintió una descarga de adrenalina fría recorrer su columna. 55 millones de euros eran una cifra que hacía temblar incluso a la Camorra. Pero no era solo el dinero; era el mensaje. Alguien había tenido la audacia de robarle a él, a Martín Moretti, en su propia casa.

-Piero, escucha bien -dijo Martín, su mandíbula cuadrada proyectando una sombra de furia-. No me importa la policía. Si tienen que sacar a las patrullas de la carretera, que lo hagan. Que no maten agentes si pueden evitarlo, pero no dejes que ese camión desaparezca. Voy hacia el centro de mando.

Colgó sin esperar respuesta. El hombre que hace un minuto soñaba con amantes y ciudades europeas había muerto. En su lugar, quedaba el Capo cuya palabra era la detonación de un disparo.

Sacó sus otros dos teléfonos -el de Elena y el de Marco- y, con un gesto mecánico y desprovisto de emoción, los apagó.

"Lo siento, mis amores", pensó mientras el Mercedes volaba por el asfalto hacia el caos de Nápoles, "pero el monstruo tiene que ir a trabajar".
Esa noche, Campania recordaría por qué Martín Moretti era el dueño de sus vidas. El castigo por robarle a un hombre que ama tres veces no sería rápido; sería legendario.




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