Se dirigió a El aire en el último piso de la Torre Parténope, el rascacielos más imponente de Nápoles, parecía vibrar bajo la presión de la furia de Martín. El cristal de seguridad del edificio reflejaba su silueta impecable mientras avanzaba por el pasillo de mármol negro, flanqueado por seis guardas de élite que caminaban en una formación perfecta, el eco de sus pasos resonando como una marcha fúnebre.
Al entrar en su despacho, Martín ni siquiera miró la vista panorámica de la ciudad que tanto le costó conquistar. Sus ojos se clavaron en la pantalla gigante de la pared, donde la transmisión en vivo de un helicóptero de noticias mostraba el caos: sus autos negros luchando por espacio entre las sirenas azules de las patrullas.
Con una calma aterradora, sacó su teléfono y marcó un número privado.
-Señor Gobernador -soltó Martín, su voz era un susurro letal que cortaba el aire-. ¿Por qué mis hombres están siendo estorbados por sus oficiales? Le pago lo suficiente para que la policía sepa cuándo mirar hacia otro lado. No tienen por qué entrometerse en mis asuntos.
Del otro lado, el político intentó balbucear una excusa sobre protocolos de emergencia, pero Martín lo interrumpió sin piedad.
-Tiene diez minutos para sacar a cada uniforme de esa carretera. Hágalo ahora o lo haré yo mismo, y le aseguro que no será por las buenas. Usted sabe que mi paciencia es mucho más corta que mi alcance.
Colgó sin esperar respuesta y, de inmediato, marcó a su socio.
-Piero, escucha. Los autos que están en la cola no tienen la potencia necesaria. Envía ahora mismo dos de los interceptores, los más rápidos que tengamos. Que los alcancen y los detengan como sea. Si tienen que usar los lanzamisiles, úsenlos. No quiero que ese camión cruce un kilómetro más.
-¿Y qué hay de los policías, Martín? Están en medio de la línea de fuego -preguntó Piero con un deje de duda.
Martín clavó la vista en la pantalla, donde las patrullas seguían bloqueando el paso.
-Solo haz lo que te digo, Piero.
La llamada terminó en seco. Martín se quedó de pie, observando el televisor. Siete minutos después, el milagro de la corrupción se hizo evidente: las patrullas, como si hubieran recibido una orden divina, comenzaron a orillarse y a tomar salidas de emergencia. Justo cuando la narradora del noticiero empezaba a decir con voz confusa que la policía se retiraba de la escena, la transmisión se cortó. Pantalla a negro. Señal suspendida por "razones de seguridad estatal".
Martín soltó un suspiro corto, se sentó en su sillón de cuero italiano y encendió un cigarrillo. Cruzó las piernas con elegancia, observando el humo ascender hacia el techo mientras miraba por la ventana.
El mundo exterior podía estar ardiendo, pero dentro de esa oficina, él era el centro de un huracán controlado.
El silencio se prolongó. Diez, quince, veinte minutos. Martín no se movía, era una estatua de poder esperando el golpe final.
A los veinticinco minutos exactos, el teléfono de seguridad vibró sobre el escritorio de cristal. Martín lo tomó con parsimonia.
-Dime -contestó.
-Ya los tenemos, Martín -la voz de Piero sonaba ahora calmada, casi satisfecha-. Estamos en los campos baldíos detrás de las Canteras de Caserta. El lugar está desierto. No quedó ni un testigo.
Una sonrisa pícara, cargada de una satisfacción oscura y peligrosa, iluminó el rostro de Martín. Era la sonrisa de un hombre que acababa de recuperar su reino.
-Excelente -respondió, levantándose y ajustando su chaqueta-. Ya salgo para allá.
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Editado: 12.04.2026