El rugido del motor del Mercedes cesó, dejando paso al silbido del viento que soplaba entre las rocas calizas de las Canteras de Caserta. El lugar era un anfiteatro natural de muerte. Al bajar del vehículo, Martín fue recibido por una hilera de luces de xenón que cortaban la oscuridad.
Piero estaba allí, firme, rodeado por quince guardaespaldas vestidos con trajes negros impecables que parecían sombras fundidas con la noche. En el centro del círculo, cinco hombres encapuchados permanecían arrodillados, con las manos atadas a la espalda y el cañón de dos fusiles presionando sus nucas.
-Quítales las capuchas -ordenó Martín, caminando con una parsimonia que helaba la sangre.
-Si lo hago, te verán la cara, Martín -advirtió Piero en un susurro.
-Tranquilo, Piero... -Martín se detuvo frente a ellos y soltó una sonrisa gélida-. No vivirán para contarlo.
Con un movimiento fluido, Martín se quitó el saco y se lo entregó a uno de sus hombres. Sin la chaqueta, quedó al descubierto su chaleco de cuero negro, diseñado a medida para enfundar la Beretta .357 negra que descansaba bajo su costilla izquierda. Los tatuajes de sus manos brillaron bajo los focos mientras se ajustaba los puños de la camisa blanca.
Se paró frente a los cinco hombres, cuyos rostros, ahora descubiertos, eran un mapa de terror puro.
-Tengo tres preguntas para ustedes -dijo Martín, su voz era un hilo de seda letal-. ¿Quién los mandó? ¿Cómo supieron dónde estaban mis cosas? ¿Y qué pensaban hacer con ellas?
Silencio. Solo se escuchaba el viento y la respiración agitada de los prisioneros. Martín ladeó la cabeza, fingiendo decepción.
-Hagamos un trato -propuso, bajando el tono-.
El que hable ahora mismo, recibirá una muerte rápida. Un solo disparo. Limpio. A los que no hablen... los enviaré a las Catacumbas de la Camorra.
Un escalofrío colectivo recorrió a los hombres. En el submundo criminal, las Catacumbas eran sinónimo del infierno. La leyenda decía que allí habitaban cuatro carniceros que conocían cada nervio del cuerpo humano; hombres que podían mantenerte sufriendo durante semanas sin dejarte morir, y que si por algún milagro salías de allí en menos de 48 horas, te perseguirían hasta borrar a cada miembro de tu estirpe. La leyenda era una invención magistral de Martín para mantener el orden, pero para los que estaban arrodillados, era una realidad inminente.
-¿Van a hablar? -insistió Martín.
-¡Espera! ¡Yo diré lo que sé! -gritó el hombre del centro, temblando-. Nos envió un hombre... nunca vimos su cara. Nos entregó los planos de la bodega por un buzón muerto. Nos dijo que si nos negábamos, mataría a nuestras familias. Ahora mismo hay hombres armados fuera de nuestras casas esperando una señal. El camión debía entregarse en el Muelle de Oristano, al otro lado de la isla. ¡Es todo lo que tengo, señor! ¡Se lo juro!
Martín lo miró fijamente.
En sus ojos no había odio, solo una evaluación lógica.
-Gracias por tus respuestas -dijo Martín con una calma aterradora.
En un movimiento que nadie vio venir por su rapidez, desenfundó la Beretta y, antes de que el hombre pudiera suspirar de alivio, le plantó un disparo exacto en el centro de la frente. El cuerpo cayó hacia atrás sin un quejido.
Martín hizo una señal seca a Piero con la mano izquierda. El estruendo de los fusiles de los guardaespaldas llenó la cantera durante tres segundos exactos. Los otros cuatro hombres cayeron al suelo.
-No mintió -dijo Martín, guardando el arma y recuperando su saco-, pero me intentaron robar. En mi mundo, el castigo por la audacia es la muerte.
Se giró hacia Piero, quien ya estaba dando órdenes para limpiar la zona.
-Identifícalos -ordenó Martín, con la mirada puesta en el horizonte-.
Envía hombres a cada una de sus casas. Si hay amenazas reales esperando fuera, elimínalas. Los culpables fueron ellos, no sus familias. La Camorra no hace la guerra con mujeres y niños.
Subió al coche, cerró la puerta y volvió a encender sus teléfonos. El monstruo había hecho su trabajo; ahora, el hombre de las tres vidas necesitaba desaparecer de Italia antes del amanecer.
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Editado: 12.04.2026