Tríptico de cristal

Capitulo 6: Movimiento de hilos

El silencio en el ático de la Torre Parténope era denso, roto solo por el tintineo del hielo contra el cristal. Martín se sirvió un segundo trago de whisky, dejando que el líquido ámbar le quemara la garganta y le borrara el olor a pólvora que aún parecía adherido a su piel. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y observó Nápoles a sus pies; las luces de la ciudad parecían joyas esparcidas sobre un manto negro.
Suspiró. El monstruo estaba saciado, ahora el hombre reclamaba su espacio.

Sacó del cajón de seguridad el teléfono de diseño delgado, el que guardaba exclusivamente para Londres. Al encenderlo, la pantalla iluminó su rostro cansado, revelando una foto de Elena riendo en un parque. Marcó su número.

-Hola, Martín -la voz de ella llegó como una brisa fresca, desprovista de la oscuridad que él cargaba.

-¿Cómo estás, mi niña de ojos lindos? -preguntó él, y por primera vez en el día, su voz sonó genuina, suave.

-Bien, mi amor, ¿y tú? Te extraño demasiado.

-Y yo a ti, mi niña. No sabes cuánto. He tenido mucho trabajo, pero no sabes cuánto quiero verte.

-Y yo a ti. No me gusta que tengas que trabajar así tan lejos, te quiero siempre aquí -respondió ella con esa inocencia que a Martín le servía de refugio.

-Yo quisiera estar siempre contigo, mi niña, pero sabes cómo es todo esto.

-Sí, amor, lo sé. Y así te seguiré escogiendo a ti mil veces más.

-Y yo a ti, mi pequeña.

La conversación fluyó entre la calidez de los detalles cotidianos. Elena le contó, con la emoción desbordada, que sus pinturas finalmente estaban recibiendo el reconocimiento que merecían. Martín la escuchaba con una sonrisa real, imaginando sus manos manchadas de óleo en lugar de sangre.

-Te llamé para decirte, mi pequeña, que en unas horas salgo para allá. Necesito verte.

El grito de felicidad de Elena al otro lado de la línea hizo que Martín cerrara los ojos, saboreando ese momento de alegría pura.

-¡Empezaré a preparar todo para tu llegada, amor!

-Gracias, mi pequeña. Nos vemos entonces en unas horas.

-Sí, mi amor, te espero. Te amo.
-Yo también te amo.

Al colgar, la expresión de Martín cambió. La ternura se guardó bajo llave y la eficiencia regresó. Marcó a Piero por la línea segura.

-Piero, necesito que te encargues de todo por unos días. Saldré de viaje.
Piero soltó una risa seca, conocedora.

-Tú y tus viajes, Martín... Mejor no pregunto. Tranquilo, yo me encargo. Te mantendré informado de cualquier novedad con el puerto y la mercancía.

-Está bien, Piero. Confío en ti.
Martín se levantó, se ajustó el chaleco y bajó al estacionamiento privado. El chófer ya mantenía la puerta abierta del coche que lo llevaría a la terminal. Durante el trayecto, el hombre de familia cumplió con su último deber en Italia. Sacó su tercer teléfono y grabó una nota de voz para Diana:

"Estaré fuera unos días, mi amor. Debo atender unos negocios urgentes en el extranjero. Te amo."

Sin esperar respuesta, guardó el dispositivo. Al llegar a la pista de aterrizaje, el jet privado lo esperaba con las turbinas encendidas, listo para devorar la distancia entre su realidad de plomo y su sueño de acuarela.

Mientras el avión ganaba altura sobre el Mediterráneo, Martín Moretti se recostó en su asiento de cuero. Italia quedaba atrás, y con ella, el Capo. En unas horas, en el suelo gris y elegante de Londres, solo existiría el "Martín" que Elena amaba.




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