Londres recibió a Martín con un cielo plomizo y una brisa fría que contrastaba con el calor volcánico de Nápoles. Tras aterrizar, su primera parada no fue una reunión de negocios, sino una exclusiva boutique en Bond Street. Allí, despojado de sus trajes a medida de tres piezas, compró ropa de líneas más sencillas: jerseys de cachemira y pantalones de diseño italiano, pero con un aire más relajado, menos intimidante.
Al salir, un Range Rover negro lo esperaba. Su chofer en la ciudad, un hombre que sabía que su única misión era ser invisible y eficiente, lo condujo hacia el refugio que compartía con su amada.
Al cruzar el umbral de la casa, el aroma a pintura al óleo y jazmín lo envolvió. La propiedad era una joya arquitectónica de cristal y madera, donde cada rincón respiraba la esencia de Elena. Sus cuadros, explosiones de color y sentimiento, decoraban las paredes, dándole alma al lujo que el dinero de la mafia había pagado.
-¡Martín! -el grito de Elena fue música para sus oídos.
Ella corrió hacia él y le saltó encima, rodeando su cintura con las piernas. Martín la sostuvo por los muslos, sintiendo su ligereza, y la besó con una desesperación contenida, como si intentara beberse su inocencia para purificarse. En esa casa, rodeado de su seguridad privada oculta en las sombras de la calle, Martín se sentía, por fin, a salvo de sí mismo.
Subieron al dormitorio principal entre risas y besos urgentes. Una vez allí, el ambiente cambió; la ternura se transformó en un deseo voraz. Martín la tumbó sobre la cama, admirando el contraste de su piel fina, blanca como la seda, contra las sábanas oscuras. Comenzó a besarla, bajando por su cuello hasta sus pechos, apartando su camisa con manos expertas. Capturó sus pezones con los labios, mordiéndolos con una suavidad eléctrica mientras su lengua recorría la curva de sus senos.
Elena arqueó la espalda, buscando el contacto de la piel de Martín. Ella recorrió con sus manos los músculos definidos de su espalda, esa que cargaba con el peso de mil pecados. Él se deshizo de su propia ropa con urgencia y volvió a ella, bajando por su abdomen con besos lentos que hacían que Elena jadeara, enredando sus dedos en el cabello oscuro de él.
Cuando Martín llegó a su sexo, rosado y delicado como una rosa, la lamió con devoción. Sus manos apretaban sus pechos mientras su lengua provocaba una explosión de placer que hizo que Elena perdiera el aliento.
Él se incorporó, posicionándose sobre ella. Sus ojos se encontraron: los de ella llenos de adoración, los de él quemando con una intensidad posesiva. Se detuvo un segundo en la entrada y, de un solo tirón, la poseyó por completo. Elena soltó un gemido que rozó el grito, mordiéndose los labios. Martín la tomó por el cuello con firmeza, controlando el ritmo, embistiéndola con una fuerza bruta que ella recibía con los brazos abiertos. Él le metió los dedos en la boca y ella los succionó con avidez, pidiendo más, hasta que las piernas de ella temblaron y el clímax la inundó por completo.
Sin darle tregua, Martín la volteó, colocándola en cuatro.
-Ahora me toca a mí -susurró con voz ronca.
Sujetó sus manos contra su espalda y volvió a entrar en ella con mayor dureza. El sonido de las nalgadas rítmicas llenaba la habitación, dejando marcas rojas de posesión en su piel blanca. Con cada embestida, Martín sentía que reclamaba un territorio que le pertenecía solo a él. Finalmente, llegó al clímax, vaciándose dentro de ella mientras ella gemía con cada bombeo, entregada por completo.
Minutos después, el silencio regresó, pero era un silencio dulce. Se acostaron abrazados, aún sudorosos y recuperando el aliento.
-Lo que más extrañaba, además de tu amor -susurró Elena contra su pecho-, es cómo me haces tuya... así de duro, de brusco. Me haces sentir viva.
Martín sonrió en la oscuridad, acariciándole el cabello. Hablaron un poco más, de sus cuadros, de un futuro que él sabía que era frágil, hasta que el sueño los venció a ambos. Por esa noche, las balas y las traiciones de Campania eran solo un mal recuerdo en un mundo que no existía.
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Editado: 12.04.2026