La luz de la mañana en Londres era grisácea, pero dentro del dormitorio, el mundo era de un dorado cálido. Martín despertó con el peso ligero de Elena sobre su pecho. Por un instante, al abrir los ojos, buscó instintivamente la Beretta bajo la almohada, pero al sentir el aroma a jazmín y óleo de ella, sus músculos se relajaron. Aquí no era el Capo. Aquí no había deudas de sangre.
Elena comenzó a despertarse, recorriendo con sus labios la línea de la mandíbula de Martín, subiendo hasta su oreja.
-Buenos días, mi amor -susurró ella con la voz ronca por el sueño-. Todavía no puedo creer que estés aquí. A veces pienso que eres un fantasma que solo aparece para volverme loca.
Martín la estrechó con fuerza, hundiéndola en su abrazo.
-Si soy un fantasma, soy uno que solo te pertenece a ti, pequeña.
Se levantaron y la mañana se convirtió en una danza de amor y complicidad. Mientras Elena preparaba café, Martín la observaba desde la isla de la cocina, admirando cómo se movía con total libertad. De repente, ella dejó la cafetera, tomó un pincel que estaba sobre la mesa y, con una sonrisa traviesa, se acercó a él.
-Estás demasiado perfecto hoy, Moretti. Demasiado impecable -dijo ella, untando un poco de pintura azul cobalto en la punta del pincel-. Necesitas un poco de mi mundo.
Antes de que él pudiera reaccionar, Elena trazó una línea azul sobre el pómulo de Martín. Cualquier otro hombre en Italia habría muerto por atreverse a tocarle la cara así, pero Martín soltó una carcajada profunda, una que nunca resonaba en los pasillos de la Torre Parténope.
-¿Ah, sí? ¿Quieres jugar con fuego? -la retó él.
La tomó por la cintura y la subió a la mesa entre risas. La "locura" de Elena era el combustible de Martín. Se besaron con una urgencia renovada, manchándose la ropa y la piel con los colores del estudio. Martín la amaba con una intensidad que rozaba la obsesión; para él, Elena no era solo su novia, era su redención.
-Vámonos de aquí -dijo él de repente, mirándola a los ojos-. Olvida la exposición por hoy. Vámonos a las afueras, donde nadie nos encuentre. Quiero que pintes, pero quiero que me pintes a mí. Quiero ver cómo me ves tú.
Salieron de la casa en un deportivo clásico que Martín mantenía en Londres. Manejó a toda velocidad por las carreteras secundarias, disfrutando de la adrenalina de la libertad. Elena reía, con el cabello volando al viento, gritando de pura felicidad. Para cualquier espectador, eran la pareja perfecta: jóvenes, bellos y millonarios.
Llegaron a un prado apartado, cerca de un acantilado. Elena montó su caballete mientras Martín abría una botella de vino de cinco mil euros como si fuera agua.
-Mírame, Martín -pidió ella mientras empezaba a trazar líneas en el lienzo-. No pongas esa cara de negocios. Quiero al Martín que me mira cuando cree que estoy dormida. El hombre que tiene un océano de secretos en los ojos, pero que me entrega las llaves de cada uno.
Martín se sentó frente a ella, vulnerable ante su pincel. Era una locura: el hombre más peligroso de Europa estaba siendo desnudado por la mirada de una artista que no sabía que su "consultor" lavaba millones.
-Te amo tanto que me asusta -soltó Elena sin dejar de pintar-. A veces siento que si te vas, te llevarás todo el color de mi vida.
Martín se levantó, se acercó a ella y la tomó del rostro, obligándola a mirarlo.
-Escúchame bien, Elena. El mundo puede arder, pero tú siempre tendrás color. Yo me encargaré de que nunca te falte nada. Eres mi locura, mi paz y mi único pecado que no me arrepiento de cometer.
La besó bajo el cielo de Londres, un beso que sabía a vino y a promesas imposibles. En ese momento, Martín Moretti habría dado sus todos sus millones de euros y todo su imperio en Nápoles solo por quedarse en ese prado para siempre, siendo simplemente el hombre de los ojos de Elena.
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Editado: 12.04.2026