El jet privado aterrizó en Nápoles bajo un sol abrasador que parecía querer derretir el asfalto. Martín Moretti descendió de la nave recuperando su armadura de poder; el hombre que amaba en Londres se había quedado en el avión. Al cruzar el umbral de su villa en Posillipo, la tensión de los negocios se disolvió para dar paso al hombre de familia.
Diana lo esperaba en la entrada, elegante y serena. Al verla, Martín no mostró la frialdad del Capo, sino una ternura genuina que solo ella lograba evocar en casa. Se acercó, la rodeó con sus brazos y la estrechó en un abrazo largo y protector, hundiendo su rostro en su cuello antes de besarla con una dulzura profunda.
-Te extrañé, Diana -susurró con sinceridad. En su mundo de sombras, ella era el pilar que mantenía la cordura de su realidad.
-Y nosotros a ti, Martín. La casa recupera su alma cuando vuelves -respondió ella, sonriendo mientras caminaban de la mano hacia el jardín.
Allí estaban sus hijos, su mayor orgullo. Lucas, de diez años, el primogénito, practicaba con un arco de competición. Era un niño de temperamento fuerte, aguerrido y radical; no conocía los matices. A su lado, Loan, de ocho años, lo observaba con una tableta en mano. Loan era la inteligencia pura, calculador y con una personalidad inclinada totalmente a la de su padre: el cerebro que observa antes de actuar.
-¡Papá! -Lucas soltó el arco y corrió a abrazarlo. Martín lo levantó en vilo, sintiendo la energía del niño.
-Estás más fuerte, campeón. He visto tu puntería, estás dominando el arco -le dijo Martín, dándole un beso en la frente.
-Quiero ser el mejor, papá. Para que nadie se atreva a molestarnos -respondió Lucas con una firmeza que hizo que Martín sonriera con orgullo.
Luego se acercó a Loan, quien se puso de pie con elegancia y le dio un abrazo más pausado pero lleno de significado.
-Bienvenido, padre. Estuve analizando los tiempos de los caballos en la escuela de equitación; creo que podemos optimizar su rendimiento si cambiamos su dieta -dijo el pequeño de ocho años con una seriedad asombrosa.
Martín se sentó con ellos en el césped durante casi una hora. Fue un padre ejemplar: escuchó sus historias, bromeó con ellos y les dio consejos de vida, protegiendo esa burbuja de inocencia con cada palabra. Por un momento, las armas y el dinero sucio no existían.
Más tarde, el ambiente cambió. Martín entró en su despacho, se sirvió un trago y encendió su teléfono de negocios. Al primer tono, Piero contestó.
-Dime que Nápoles sigue siendo mía -soltó Martín, su voz volviéndose puro acero.
-Tuya y de nadie más, Martín -respondió Piero-, pero el aire está pesado. Tengo sospechas de que Lucino Valenti se está moviendo. Mis fuentes han visto a su gente en los puertos que usamos para el arte y los cargamentos. Se están armando.
La mención de Valenti evocó una guerra que marcó la ciudad hace seis años. Valenti, en un acto de soberbia ciega, se rebeló contra el mando de Martín, intentando un golpe interno que terminó en una masacre de tres años. Martín lo aplastó, pero para evitar que el Estado interviniera por el caos en las calles, se pactó una tregua sagrada bajo los códigos de la vieja escuela. Lucino fue expulsado de la Camorra y se unió a "L'Artiglio" (La Garra), los rivales del norte. Desde entonces, la tregua era lo único que evitaba que Nápoles ardiera de nuevo.
-¿Crees que él estuvo detrás del robo de la mercancía? -preguntó Martín, entrecerrando los ojos.
-Es solo una sospecha, pero encaja con su estilo -dijo Piero-. Quizá deberíamos intentar reforzar la tregua, Martín. Mandar un emisario para recordar los términos del pacto y evitar que esto escale.
Martín soltó una carcajada seca y gélida, observando el humo de su cigarrillo. Sabía que su estructura era perfecta; Valenti no buscaba grietas porque Martín no las dejaba, pero el movimiento de tropas era una provocación directa a su autoridad.
-¿Reforzar la tregua, Piero? En un traidor nunca se puede confiar. Quien muerde la mano que lo alimentó una vez, lo hará siempre que tenga hambre. Valenti ya rompió su honor hace seis años. La tregua existe porque yo lo permití para limpiar las calles, no porque le tema a su gente.
Martín se levantó y miró por el ventanal hacia el horizonte del puerto.
-No voy a negociar con ratas que ya fueron sentenciadas. Aumenta la vigilancia al triple. Quiero a mis mejores hombres en cada rincón de esos muelles. Si ven a alguien de Valenti haciendo algo sospechoso, lo más mínimo... fúndanlos con fuego. Si él quiere probar la resistencia de mi tregua, que lo haga desde el infierno.
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Editado: 12.04.2026