Los días posteriores al cónclave en Villa Legado fueron de una quietud sepulcral, una paz artificial que a Martín le resultaba más inquietante que un tiroteo en plena vía pública. Bajo sus órdenes, la maquinaria de la Camorra se había blindado: aprobó una partida multimillonaria para actualizar el arsenal de sus soldados y reforzar el blindaje de los vehículos de transporte. Sin embargo, Lucino Valenti y La Garra habían borrado su rastro.
Martín, desde su trono de cristal en la Torre Parténope, analizaba los informes. El cese de movimientos de Valenti era demasiado perfecto.
-Si el enemigo se detiene de golpe cuando tú te preparas, es porque sabe que te estás preparando -masulló Martín para sí mismo.
La sospecha de un traidor dentro del círculo de los diez titanes empezó a rondar su mente como un depredador. No tenía pruebas, solo el instinto que lo había mantenido vivo durante años. Pasaba los días saltando de la oficina a la Villa, y de la Villa a los puertos, donde Piero supervisaba cada contenedor con ojos de halcón. El cansancio físico empezaba a mellar su resistencia; el insomnio era el precio de saber que, tras tanta calma, la tormenta no solo llegaría, sino que intentaría arrasarlo todo.
Sentado en su escritorio, Martín sintió el peso del mundo sobre sus hombros. Necesitaba una voz que no hablara de sangre ni de puertos. Abrió el cajón de seguridad, sacó el teléfono de París y marcó el número de Marco.
-¿Martín? -La voz de Marco llegó clara, con esa elegancia natural que siempre lo caracterizaba.
-Hola, Marco. Necesitaba escucharte -dijo Martín, relajando por fin los músculos del cuello.
-Te escuchas agotado. ¿El trabajo de consultoría está siendo tan demandante esta vez? -preguntó Marco. A pesar de ser pareja, ambos mantenían siempre una postura masculina y firme; no había exceso de sentimentalismo, sino una conexión intelectual y de respeto profundo.
-Demasiado. Asuntos que requieren más atención de la que merecen. ¿Cómo va el entrenamiento de esgrima? -preguntó Martín, cerrando los ojos.
-Bien. El acero es más predecible que las personas, ya lo sabes. Te extraño, Martín. Echo de menos nuestras cenas y esas conversaciones que solo puedo tener contigo. París se siente un poco vacía sin tu presencia.
-Y yo a ti, Marco. Te adoro, ya lo sabes. Ten un poco más de paciencia; pronto iré a visitarte. Necesito el aire de París... y necesito verte.
Al colgar, Martín se recostó en el espaldar de cuero, sintiendo una punzada de necesidad. Marco era su escape hacia lo sofisticado, el único que entendía su mente sin necesidad de conocer sus crímenes.
Al día siguiente, la decisión estaba tomada. Convocó a Piero a su oficina.
-Saldré de viaje tres días, Piero. Necesito cerrar unos negocios fuera -dijo Martín, con un tono que no admitía réplicas.
Piero asintió, aunque sus ojos reflejaban la preocupación por la situación con Valenti.
-Está bien, Martín. Yo me encargaré de todo. Si Valenti asoma la cabeza, solo tienes que dar la orden. Estamos listos.
Martín le entregó una carpeta con el plan de contingencia final. Incluso en su ausencia, si Valenti atacaba, la organización tenía coordenadas exactas y órdenes de ejecución inmediata para borrar a "La Garra" del mapa. Martín estaría a miles de kilómetros, pero sus ojos seguirían en Nápoles.
El regreso a la Villa fue rápido. Se despidió de Diana con un beso cargado de la ternura de siempre y abrazó a Lucas y Loan, dándoles instrucciones de cuidar la casa.
-Negocios urgentes, amor. Volveré pronto -le dijo a Diana antes de subir al coche.
Minutos después, el jet privado despegaba de Capodichino. Mientras el avión ganaba altura, Martín Moretti se despojaba mentalmente de los problemas del puerto. Nápoles quedaba atrás, sumida en su tregua de cristal, mientras él volaba hacia el encuentro de su amado Marco en la Ciudad de la Luz.
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Editado: 12.04.2026