Tríptico de cristal

Capitulo 13: Mi reina mi esposa

El vuelo de regreso de París a Nápoles fue un tránsito de sombras. Martín observaba las nubes desde la ventanilla del jet, sintiendo todavía el eco del acero de Marco en sus músculos, pero su mente ya estaba recalibrando el dialecto de la Camorra. Al aterrizar en Capodichino, el aire denso y salino de Campania lo golpeó como un recordatorio de que en esta tierra él no era un amante sofisticado, sino un dios de la guerra.
Cuando el Mercedes blindado cruzó los portones de la villa en Posillipo, la medianoche cubría el golfo. Martín entró en la mansión en silencio, dejando su maletín en el despacho. El eco de sus pasos sobre el mármol se detuvo al pie de la escalera. Subió con lentitud, desabrochando su corbata, sintiendo el cansancio de las mil identidades.

Al entrar en la habitación principal, el aroma a sándalo y nardos lo recibió. Diana no estaba dormida.

Ella estaba de pie junto al ventanal, observando la luna reflejada en el mar. Martín se detuvo en seco. Si Elena era la frescura y Marco el intelecto, Diana era la majestad. Tenía una belleza peligrosa, una versión mediterránea, una melena azabache que caía en cascada hasta su cintura, ojos claros que cortaban como diamantes y una piel olivácea que parecía brillar bajo la penumbra. Su cuerpo era una escultura de curvas prohibidas, acentuadas por años de una disciplina silenciosa.

-Has estado muy lejos, Martín -dijo ella sin girarse. Su voz era un ronroneo aterciopelado-. No hablo de kilómetros. Hablo de tu alma. Siento que te estás desvaneciendo entre tus negocios.

Martín se acercó por detrás, rodeando su cintura. Ella vestía un conjunto de lencería de encaje negro, tan fino que era casi inexistente, que dejaba al descubierto la firmeza de sus pechos y la curva perfecta de sus caderas.
-Nunca me voy del todo, Diana. Todo lo que hago es para mantener este paraíso intacto -susurró él, hundiendo el rostro en su cabello.
-Entonces demuéstramelo -sentenció ella, girándose en sus brazos-. Recuérdame por qué soy la mujer del Moretti.

Diana lo tomó por el cuello de la camisa y lo empujó hacia la cama matrimonial. Con una agilidad felina, ella se deshizo de lo poco que llevaba puesto. Martín se desnudó con urgencia, su cuerpo reaccionando instantáneamente a la visión de su esposa. Diana se recostó, abriendo sus largas piernas, revelando un monte de Venus perfectamente depilado y húmedo que brillaba bajo la luz de la luna.

Martín se posicionó sobre ella, pero Diana lo detuvo, obligándolo a sentarse. Ella se montó sobre sus muslos, dándole la espalda, guiando el miembro de Martín -grueso y palpitante- hacia su entrada. Con un gemido gutural, se dejó caer, empalándose por completo. El rostro de Diana se arqueó hacia atrás, buscando el aire, mientras Martín la sujetaba por las caderas con fuerza, marcando sus dedos en su piel blanca.
-Eres mío, Martín... -le susurró ella al oído, con una voz cargada de una lujuria posesiva-. Ninguna mujer, ningún negocio, nadie te conoce como yo.

Ella comenzó a cabalgarlo con un ritmo frenético, sus glúteos firmes golpeando contra el pubis de Martín. Él la giró bruscamente, poniéndola de espaldas, y le subió las piernas hasta los hombros. La penetró con una fuerza bruta, cada embestida haciendo que la cama de roble crujiera. Diana gemía alto, sin importarle que los niños pudieran oír en el ala opuesta; en ese momento, ella reclamaba su territorio.
Martín la tomó del cuello, rodeando su garganta con una mano, no para cortarle el aire, sino para someterla a su voluntad. Diana cerró los ojos, entregándose a esa asfixia erótica que tanto la encendía.

-Dime de quién eres, Diana -gruñó él, aumentando la velocidad, sintiendo cómo las paredes vaginales de ella lo succionaban con cada estocada.

-Tuya... soy tu reina... -jadeó ella, clavándole las uñas en los hombros-. Rómpeme, Martín. Hazme sentir que no hay nada más allá de estas paredes.

Cambiaron a la posición del misionero, pero Martín elevó su pelvis con una almohada, entrando tan profundo que sentía el cuello de su útero. Diana rodeó su cintura con sus piernas, atrapándolo. Ella le hablaba al oído, describiendo con detalles sucios lo que sentía, cómo lo sentía llenándola, cómo quería que se vaciara dentro de ella para que ella pudiera llevar su semilla como un trofeo de su regreso.

El ritmo se volvió salvaje. Martín sentía que la sangre le hervía; en Diana encontraba una ferocidad que no existía en Londres ni en París. Era la pasión de la sangre y la tierra. Martín la volteó en cuatro, sujetándola por el cabello oscuro, tirando de él hacia atrás mientras la penetraba por detrás con golpes rítmicos y sonoros. El sonido de la carne chocando llenaba la habitación.
Diana llegó al clímax primero, su cuerpo convulsionando en espasmos violentos que envolvieron el miembro de Martín como una prensa. Él no aguantó más; con un último empuje que la hizo gemir de dolor y placer, se vino dentro de ella, sintiendo el chorro de semen caliente inundando su interior. Martín se desplomó sobre su espalda, ambos sudorosos, el corazón de ambos latiendo al unísono como tambores de guerra.

Minutos después, Diana se acurrucó contra su pecho, su piel aún caliente.

-Bienvenido a casa, mi amor -susurró ella, marcando su territorio con un beso en el pecho tatuado de Martín.

Él la abrazó, pero mientras cerraba los ojos, una parte de su cerebro seguía en alerta. La paz de la alcoba era absoluta, pero sabía que afuera, en los muelles de Nápoles, el acero de Valenti ya estaba siendo afilado.




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