La mañana en Nápoles nació con una luz dorada y pesada, de esas que parecen arrastrar el calor del Vesubio hasta las sábanas de lino fino. Martín Moretti se despertó con el cuerpo todavía impregnado del aroma de Diana, una mezcla embriagadora de nardos y la ferocidad de la noche anterior. La observó un segundo: ella dormía con la serenidad de una reina que sabe que su trono está asegurado, con su melena azabache desparramada sobre la almohada como un manto de seda oscura.
Martín se levantó en silencio. Al calzarse el reloj de platino y ajustar los gemelos de oro, el hombre que gemía entre los muslos de su esposa murió. El ritual del vestirse era, para él, el proceso de blindaje. Bajó a la cocina, donde el aroma del café espresso recién hecho ya llenaba el aire. Lucas y Loan estaban allí. El mayor, Lucas, limpiaba la cuerda de su arco con una intensidad casi salvaje; Loan, el pequeño estratega, devoraba un libro sobre tácticas de ajedrez mientras apenas probaba su desayuno.
—Vuelvo tarde —dijo Martín, su voz recuperando ese tono de mando que no admitía réplicas.
Se acercó a Diana, que acababa de entrar al comedor envuelta en una bata de seda carmesí que apenas ocultaba las marcas rojas que Martín había dejado en su cuello la noche anterior. Le plantó un beso en la frente, un gesto de propiedad absoluta. Luego hizo lo mismo con sus hijos, sintiendo el cabello suave de Loan y la firmeza de los hombros de Lucas. En ese beso iba una promesa silenciosa: mataría a media Italia antes de permitir que una mota de polvo tocara esta casa.
El trayecto hacia la Torre Parténope fue un desfile de cristales blindados y escoltas en motocicletas que abrían paso entre el caótico tráfico napolitano. Al llegar a su oficina en el último piso, el aire acondicionado cortó el calor de la calle. Martín se sentó tras su escritorio de cristal negro, observando la bahía. Apenas un minuto después, Piero entró sin llamar. Su rostro estaba serio, con esa fatiga crónica de quien vive con un arma pegada al costado.
—Informe —soltó Martín, sin preámbulos.
—Todo ha estado extrañamente tranquilo, Martín —Piero se sentó, dejando una carpeta sobre la mesa—. En tu ausencia, ni uno solo de los transportes terrestres ha sido interceptado. Las rutas hacia el norte están despejadas. Los barcos en el puerto han descargado sin un solo incidente con la aduana ni con los estibadores de sindicatos rivales. Es como si el mundo se hubiera detenido para dejarte pasar. Tal vez Valenti reconsideró su ataque tras lo de las canteras. Quizás ha entendido que morder tu mano es un suicidio y ha decidido quedarse en su agujero, lamiéndose las heridas.
Martín no respondió de inmediato. Sacó un cigarrillo de una pitillera de plata y lo encendió con un movimiento parsimonioso. Expulsó el humo lentamente, observando cómo se disipaba contra el ventanal.
—Ese silencio no me gusta, Piero —dijo Martín, con los ojos entrecerrados—. Conozco a Lucino Valenti. No es un hombre que se esconda por miedo; es un depredador de emboscada. Si se queda tranquilo, es porque está aceitando los engranajes de algo más grande. El miedo hace ruido, Piero; la planificación es silenciosa. No te dejes engañar por la calma del mar antes del tsunami.
Martín se inclinó hacia adelante, la llama de su encendedor reflejada en sus pupilas como un incendio lejano.
—Mantente alerta. No quiero ver una sola pistola con el seguro puesto en este edificio. Hoy llega el cargamento de Colombia al Muelle 12. Es mercancía de alta pureza y los socios de Medellín esperan un flujo de retorno inmediato. Quiero que el descargo sea quirúrgico, limpio, sin una sola sospecha de la Guardia di Finanza. Si ves una mosca volando cerca de esos contenedores que no tenga nuestro sello, aplástala.
Piero asintió, tomando nota mental de la urgencia en la voz de su jefe. Se puso de pie y caminó hacia la salida, pero al llegar al umbral, se detuvo. Giró la cabeza, dudando un segundo.
—Martín, hay algo más. Mis hombres atraparon a dos chicos anoche en el sector sur de los muelles. No tienen ni 25 años. Son locales, hijos de estibadores. Los atrapamos in fraganti intentando sacar tres paquetes de nuestro producto de uno de los camiones de reserva. Dicen que necesitaban el dinero, tonterías de críos que no saben dónde se meten. Los tenemos encerrados en la bodega 9. ¿Qué hacemos con ellos?
La mirada de Martín no flaqueó. No hubo un segundo de duda, ni una pizca de compasión en su rostro tallado en piedra. Para él, el robo no era un acto de necesidad, sino una falta de respeto a la jerarquía, y en la Camorra, el respeto es la única moneda que evita el caos.
—Ejecútalos —dijo Martín con una frialdad que heló el aire de la oficina—. No podemos permitir que el barrio crea que somos una beneficencia. Pero verifica que sus familias reciban una buena paga, una indemnización por "accidente laboral". Que el luto les sea ligero, pero que el mensaje quede claro: nadie toca lo que es mío.
—Está bien, Martín. Así será —contestó Piero con un asentimiento solemne antes de cerrar la puerta tras de sí.
Martín se quedó solo. Apagó el cigarrillo en el cenicero de mármol, aplastando la colilla con una presión innecesaria. El peso de la muerte que acababa de ordenar no parecía afectarle; era simplemente un trámite administrativo en su imperio de sombras. Sin embargo, necesitaba cambiar de frecuencia. Necesitaba que el aire dejara de oler a pólvora y muerte.
Abrió el cajón secreto de su escritorio y sacó el teléfono destinado exclusivamente a Londres. El aparato vibró ligeramente al encenderse, mostrando una notificación de una galería de arte. Marcó el número de Elena.
Al tercer tono, la voz dulce y vibrante de ella inundó el auricular, transportándolo instantáneamente lejos de Nápoles.
—¡Hola, amor! —exclamó Elena. Se escuchaba de fondo el sonido de un pincel golpeando un vaso con agua—. ¡Martín, qué sorpresa! ¿Cómo estás?
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Editado: 12.04.2026