Mientras en la opulencia tecnológica de Villa Legado, en Nápoles, se hablaba de aritmética, márgenes de beneficio y expansión en el mercado nipón, a más de trescientos kilómetros de distancia, la realidad cobraba un matiz mucho más primario y oscuro. En los acantilados escarpados de la Costa Gargánica, donde el Mar Adriático golpea con una furia sorda las rocas milenarias, se alzaba una fortaleza de piedra caliza que parecía brotar de la misma montaña. Era un lugar donde el tiempo se había detenido, un refugio de sombras que servía de cuartel general para la organización más esquiva y letal de Italia: La Garra.
El aire dentro del gran salón de la fortaleza estaba saturado. No era el olor a ozono de los servidores de Martín Moretti, sino una mezcla densa de incienso de sándalo caro, cera de vela y la humedad salitrosa que se filtraba por las rendijas de los muros. Aquí, el poder no se medía en hojas de cálculo ni en algoritmos de encriptación, sino en la profundidad de las cicatrices, la extensión de los miedos y la lealtad que solo el terror absoluto puede forjar.
En el centro de la estancia, sentado en un sillón de cuero negro que recordaba más a un trono medieval que a una pieza de oficina, se encontraba Lucino Valenti.
A sus 52 años, Valenti era la antítesis física de la modernidad quirúrgica de Martín Moretti. Tenía el cabello completamente cano, un blanco níveo que peinaba con rigor hacia atrás, resaltando un rostro curtido por el sol, la sal y décadas de violencia. Su cuerpo era corpulento, imponente, con hombros tan anchos que parecían cargar con el peso de toda una estirpe criminal. Vestía un traje de sastre de seda gris plomo, hecho a medida, que apenas lograba disimular la fuerza bruta que aún habitaba en sus músculos. Pero lo más llamativo no era su porte, sino sus manos. En cada uno de sus diez dedos, gruesos y pesados, brillaba un anillo de oro macizo con sellos antiguos. Eran trofeos, piezas de historia arrebatadas a enemigos que ya no tenían manos para reclamarlos. Cuando movía los dedos, el oro tintineaba contra la madera de la mesa, un sonido que para muchos era el preludio de un funeral.
Frente a él, cuatro de los líderes más importantes de La Garra se retorcían en sus asientos. Eran hombres poderosos por derecho propio, dueños de rutas de contrabando y redes de extorsión, pero en presencia de Lucino, parecían niños asustados en la oficina de un director despiadado. El humo de sus habanos llenaba la estancia, pero ninguno parecía disfrutar del tabaco. Estaban lo suficientemente lejos de Nápoles para no ser alcanzados por los sicarios de Moretti, pero lo suficientemente cerca para sentir el aliento financiero de la Camorra en el cuello.
—Lucino, esto es insostenible —rompió el silencio uno de los socios, un hombre de rostro sudoroso y ojos saltones que manejaba las rutas del Adriático—. Estamos perdiendo mucho dinero. Moretti nos está asfixiando. Ha tomado el control de los puertos del sur y ahora sus tentáculos están llegando a nuestras fronteras. Estamos dejando que la Camorra gane demasiado terreno y eso nos está matando el flujo de caja.
Valenti no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada fija en su copa de cristal tallado, donde un whisky de malta color ámbar capturaba la luz de las velas. Jugueteó con sus anillos, haciendo que el oro brillara con una intensidad hipnótica.
—Si no golpeamos ahora —continuó el socio, cada vez más disgustado—, Moretti nos va a borrar del mapa sin siquiera disparar un solo tiro. Se está burlando de nosotros con sus números y su tecnología.
Valenti dejó escapar una risa corta, seca, cargada de un sarcasmo que heló la sangre de los presentes. Levantó la vista y sus ojos, grises como el acero frío, recorrieron la mesa.
—Qué falta de visión tienen ustedes —dijo Valenti con una voz dominante, profunda, que parecía vibrar en los muros de piedra—. Están tan obsesionados con las monedas que se caen de sus bolsillos que no ven el tesoro que hay al final del camino. Este retroceso... este silencio que hemos mantenido, es necesario.
—¿Necesario? —preguntó otro de los socios, arrugando el ceño—. Nos están humillando en cada puerto, Lucino.
—Dejen que se inflen —sentenció Valenti, golpeando suavemente la mesa con su anillo del dedo índice—. Dejen que Moretti crea que es el dueño del mundo. La soberbia es una droga más potente que cualquier cosa que saquen de sus laboratorios. Cuando un hombre cree que es un dios, deja de mirar al suelo, y es ahí donde la tierra se abre bajo sus pies. Ya tengo un plan para acabar con la Camorra de una vez por todas. No solo para quitarles un muelle o una ruta, sino para erradicarlos.
—¿Acabar con la Camorra? —El socio del rostro sudoroso soltó una carcajada nerviosa—. Lucino, por favor. Estamos hablando de una estructura inmensa. Una hidra con mil cabezas. Y Martín Moretti... ese tipo es intocable. Vive en una burbuja de acero, rodeado de siete anillos de seguridad y sesenta y siete perros de presa que no duermen. Es un fantasma detrás de una pantalla de cristal.
Valenti se inclinó hacia adelante. El peso de su cuerpo sobre la mesa hizo que los socios se echaran instintivamente hacia atrás. Su expresión se tornó seria, perdiendo cualquier rastro de burla. El sarcasmo fue reemplazado por una autoridad aplastante.
—Toda estructura, por inmensa que sea, por sólida que parezca ante los ojos del mundo, tiene un pilar fundamental —dijo Valenti con una calma aterradora—. Un solo punto de apoyo que sostiene todo el edificio. Si golpeas la pared con los puños, solo conseguirás romperte la mano. Pero si golpeas ese pilar... si encuentras la viga maestra, toda la estructura lo seguirá al suelo. Se pulverizará de tal manera que ni sus cenizas podrán ser recordadas.
—¿Y por dónde piensas atacar, Lucino? —insistió el socio, incrédulo—. Martín no sale de su despacho sin escolta blindada. Vive rodeado de muros de hormigón y algoritmos. ¿Cómo se llega a un hombre que no tiene fisuras?
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Editado: 12.04.2026