Tríptico de cristal

Capitulo 18: la fragilidad de la perfección

Tras la tempestad del consejo en Villa Legado, la calma regresó a la vida de Martín Moretti con una precisión casi artificial. El engranaje de la Camorra giraba ahora con una lubricación perfecta; los informes de Japón ya mostraban los primeros indicios de la retirada estratégica, y los socios, inyectados de una lealtad renovada por las cifras de crecimiento, custodiaban sus regiones como perros de presa. El blindaje de Martín no era solo físico; era un muro de datos, oro y silencio que parecía, a ojos de cualquier mortal, absolutamente impenetrable.

Martín mandó llamar a Piero a su despacho en la Torre Parténope. El lugarteniente entró con la rigidez habitual, aunque con la tranquilidad de saber que los muelles estaban en paz tras la ejecución de los polizones.

—Piero, voy a salir de viaje —dijo Martín, sin apartar la vista de una de las pantallas—. Tengo unos asuntos que cerrar personalmente. Todo está en orden, pero quiero que mantengas la alerta en el nivel máximo. Estaré pendiente de todo a través de la red segura, pero si surge el más mínimo contratiempo que requiera mi firma o mi mano, avísame de inmediato.

—Entendido, Martín. La ciudad está bajo control. Ve tranquilo—respondió Piero antes de retirarse, dejando al Capo en la penumbra de su oficina.

Cuando la puerta se cerró, el aura de hierro de Martín se suavizó por primera vez en días. Sacó del cajón secreto el teléfono destinado exclusivamente a Londres. Al encenderlo, el brillo de la pantalla iluminó sus ojos con una calidez desconocida en Nápoles. Entró en la página web de la galería de arte y allí estaba ella: Elena.

En la fotografía promocional de su próxima exposición, Elena aparecía de perfil, retocando un lienzo con una concentración casi mística. Se veía perfecta, inocente, rodeada de colores que no conocían la pólvora ni la sangre. Para Martín, ella era su lado blanco, el santuario donde el monstruo podía fingir que era un hombre de paz. La miró con una dulzura dolorosa; la extrañaba con la intensidad de un tesoro preciado que teme perder.

Esa noche, regresó a la villa para despedirse. El ambiente en la casa era de una serenidad imponente. Cenó con Diana en la terraza, bajo el aroma de los limoneros.

—Saldré de viaje por negocios mañana, Diana —le dijo mientras compartían una copa de vino—. Serán solo unos días.

—Está bien, Martín —respondió ella, observándolo con esos ojos que parecían leerle el alma—. Te vamos a extrañar. Esta casa se siente demasiado grande cuando no estás.
Más tarde, en la intimidad de su habitación, Martín se acostó junto a ella. Diana se quedó dormida rápidamente, pero él permaneció despierto, observando la curva de su espalda bajo las sábanas de seda. La abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello. En su mente, el conflicto era constante pero extrañamente equilibrado: amaba a Diana con una devoción feroz. Ella era su reina, la mujer perfecta, imponente, la única capaz de sostener el peso de su corona en Italia. Se preguntó, con un nudo en la garganta, qué haría él sin ella, cómo funcionaría su mundo si ese pilar llegara a faltar.

Pero al mismo tiempo, su pensamiento volaba hacia el norte. Extrañaba a Marco, su pequeño refugio en Francia, aunque sabía que aún faltaba tiempo para el turno de verlo. Sin embargo, saber que mañana despertaría en los brazos de Elena le devolvía una paz que el dinero de la Camorra nunca podría comprar.

Al día siguiente, el sol apenas despuntaba sobre el Vesubio cuando Martín se levantó. El ritual fue silencioso. Se duchó, escogió un traje de sastre azul oscuro de corte impecable y ajustó en su muñeca un reloj que Elena le había elogiado en su último encuentro. Antes de salir, entró en las habitaciones de sus hijos; les dio un beso casi imperceptible en la frente a cada uno mientras dormían, una bendición silenciosa del hombre que mataría por ellos. Se despidió de Diana con un beso suave en la mejilla, tratando de no romper su sueño.

Bajó las escaleras y subió a la camioneta blindada que ya lo esperaba con el motor en marcha. El trayecto al aeropuerto fue rápido, con el paisaje de Nápoles desfilando tras los cristales oscuros. Al subir a su jet privado, Martín Moretti dejaría de ser el Capo por unas horas. Mientras el avión ganaba altura y dejaba atrás las costas italianas, su mente solo tenía un destino: los ojos claros de Elena y el aire frío de Londres.

No sabía que, a cientos de kilómetros, en una fortaleza sobre el Adriático, Lucino Valenti también estaba despierto, esperando el momento exacto en que el dios de la Camorra bajara la guardia.




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