El regreso a la casa de Elena tras el día en Londres fue como atravesar un portal hacia una dimensión donde el tiempo no se medía en transacciones bancarias ni en cargamentos de cocaína, sino en la cadencia de una risa y el roce de una mano. Al entrar, el aroma a trementina, lino y sándalo envolvió a Martín como un bálsamo. Elena, con sus mejillas todavía encendidas por el frío de la tarde y el helado compartido, lo llevó de la mano directamente hacia su santuario: el estudio.
El estudio era un caos controlado de lienzos, bocetos y manchas de color en el suelo de madera. Elena comenzó a caminar entre los caballetes, jugueteando con un pincel entre los dedos, explicándole a Martín la génesis de sus obras más recientes. Se detuvo ante una serie de cuadros abstractos y luego se dirigió hacia uno que estaba apartado, iluminado por una lámpara de pie que proyectaba sombras alargadas.
—Este cuadro es especial para mí —dijo Elena, observando la obra con fascinación—. Refleja el misterio absoluto, una coraza que no deja pasar a nadie más a un mundo verdadero. Es la imagen de un solitario que tiene un dominio total sobre su alrededor, alguien que, aunque esté acompañado, habita en su propia soledad interna.
Elena hablaba de la obra como una exploración artística, sin sospechar ni por un segundo que el hombre que tenía al lado era la personificación exacta de esa pintura. Para ella, Martín era un exitoso consultor internacional, un hombre sensible y protector. Sin embargo, Martín se quedó petrificado frente al lienzo. Se identificó de inmediato; el cuadro era un espejo de su propia existencia. En su mente, repasó las tres divisiones de su vida, los tres mundos estancos que sostenía con un esfuerzo sobrehumano: su imperio en la Camorra junto a su imponente esposa Diana en Nápoles, su refugio de paz y arte con Elena en Londres, y su vida secreta en Francia con Marco. Tres vidas, tres mentiras necesarias que lo convertían en ese solitario dominante de la pintura.
—Es... impactante —susurró Martín, sintiendo que el cuadro gritaba la verdad que él tanto se esforzaba por ocultar.
Elena se acercó a él, rodeando su cuello con los brazos, amándolo por la imagen que ella tenía de él, sin conocer las sombras que acechaban tras su mirada. Se besaron con una necesidad voraz. Martín, impulsado por una urgencia que mezclaba el deseo con la adrenalina de su secreto, barrió con un movimiento brusco los pinceles y bocetos de la mesa central.
Levantó a Elena y la sentó sobre la mesa, devorando sus labios. Sus manos comenzaron a desvestirla con una pasión contenida durante semanas. Ella hizo lo mismo, quitándole la ropa hasta que el calor de sus cuerpos llenó el estudio. Martín desabrochó su pantalón y, con las piernas de Elena rodeando su cintura, se unió a ella en un acto salvaje y profundo. El estudio se llenó del sonido rítmico de sus cuerpos y de respiraciones entrecortadas. Martín la embestía con una mezcla de amor y posesividad, sintiendo que en ese instante de éxtasis sus tres vidas se pausaban, permitiéndole ser simplemente un hombre entregado al placer.
Horas más tarde, en la cama, Elena descansaba sobre el pecho de Martín. Él acariciaba su cabello, sabiendo que haría lo que fuera por mantener este rincón de paz. Amaba su dulce carita y su cuerpo perfecto; ella era su santuario de marfil. Se quedó dormido con esa promesa.
Al despertar, Elena no estaba. Martín se levantó, se lavó los dientes y bajó a la cocina. Se detuvo al verla: Elena cocinaba usando solo su camisa de vestir blanca, sin nada debajo. La luz de la mañana resaltaba su belleza angelical. Se acercó, la abrazó por la espalda y le dio un beso tierno.
—Buenos días, amor.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa.
Se sentaron a comer, pero la realidad llamó a su puerta.
—Amor, me tengo que ir hoy. Tengo pendientes que atender.
—Está bien, Martín —dijo ella con un toque de tristeza—. Me regalaste un tiempo especial. Sabes que te amo.
Martín se vistió con elegancia, se despidió de ella con dulzura y salió al encuentro del Mercedes donde lo esperaba César. Mientras el coche se alejaba, Martín veía a Elena despidiéndose desde la puerta, una silueta blanca que se hacía pequeña en la distancia.
En ese trayecto, la calidez de Londres desapareció y el Capo emergió. César, el chófer, que solo conocía a Martín como un cliente adinerado y tranquilo en Inglaterra y no sabía absolutamente nada de su vida criminal en Italia, se sobresaltó cuando escuchó la voz de su jefe volverse gélida y autoritaria.
—César —dijo Martín con una dureza que el chófer nunca había presenciado—. Quiero que consigas un escolta privado para Elena. Lo colocarás en la casa como jardinero o empleado de servicio. Ella no debe saber su función real, pero él debe cuidarla siempre. Encárgate de eso. Cuando vuelva, espero una respuesta.
César se quedó atónito, mirando por el espejo retrovisor. La actitud dominante y calculadora de Martín lo dejó sin palabras; no comprendía de dónde venía esa faceta tan oscura. Solo pudo asentir con nerviosismo:
—Está bien, señor. Lo haré.
Llegaron al aeropuerto y Martín subió a su jet. Mientras volaba hacia Nápoles, observaba las nubes pensando en sus tres mundos. Las líneas eran delgadas: Nápoles, Londres y Francia. Debía ser cauteloso y proteger cada pieza de su tablero. Al aterrizar en Italia, el Capo Moretti estaba de vuelta en casa y listo para tomar el control.
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Editado: 12.04.2026