Tríptico de cristal

Capitulo 21: Todos tienen las manos manchadas

El jet privado de Martín Moretti tocó la pista del aeropuerto de Nápoles con una suavidad que contrastaba con el estruendo mental que el Capo traía consigo. Al cruzar la puerta de la aeronave, el aire denso y húmedo del sur de Italia lo golpeó, borrando de un plumazo el aroma a óleo y libertad de Londres. Allí, al pie de la escalerilla, su escolta personal lo esperaba con las puertas de las camionetas abiertas y los motores encendidos, como una guardia pretoriana lista para la guerra.

-¿A la Villa, jefe? -preguntó el jefe de seguridad mientras subían al vehículo blindado.

-A la oficina -sentenció Martín. Su voz ya no era la del amante dulce que susurraba al oído de Elena; era el metal frío del líder de la Camorra.
Llegaron a la Torre Parténope en un silencio sepulcral. Martín caminó por el vestíbulo con pasos largos y decididos, ignorando las reverencias del personal. Al entrar en su despacho, se dirigió directamente a la caja fuerte oculta tras un panel de madera noble. Los engranajes giraron con un clic seco. De su interior extrajo su pistola personal, una pieza de ingeniería negra y letal. Comprobó el cargador, montó el arma y la guardó en su funda sobaquera bajo el traje de sastre italiano. El peso del acero contra su costado le devolvió la sensación de control.
Al salir al área de recepción, se detuvo frente al escritorio de Antonella.

-¿Novedades en las empresas? -preguntó sin mirarla.

-Todo en orden con las cuentas principales, señor -respondió ella con eficiencia-. Pero hubo un movimiento inusual ayer. Piero estuvo aquí, en la oficina contigua, pero recibió una llamada y salió disparado hacia los muelles. Parecía... urgente.

Martín entrecerró los ojos. Piero rara vez abandonaba su puesto en el puerto a menos que fuera para una reunión de alto nivel.

-Vayan a las camionetas -ordenó a sus escoltas-. Vamos al Muelle 12.
La Sombra en la Bodega
El puerto de Nápoles rugía con su habitual caos organizado. Martín subió directamente a la oficina vidriada de Piero, que dominaba la vista de las grúas. Se sentó frente al escritorio de su lugarteniente antes de que este pudiera notar su presencia.

-Bienvenido, Martín -dijo Piero, ocultando su sorpresa con una inclinación de cabeza-. No te esperaba hoy.

-Infórmame de la situación -dijo Martín, ignorando el saludo. Sus ojos eran dos pozos de sospecha.

-Todo marcha según lo planeado -empezó Piero, sacando una carpeta-. Los obreros están bajo control. El oro de las minas venezolanas ya está asegurado en las bóvedas de Suiza. La cocaína colombiana fue distribuida sin contratiempos. He hablado con los socios de Asia; la estrategia de disminuir el flujo de polvo para introducir las nuevas sintéticas está dando resultados récord. Los márgenes están en alza. Además, esta mañana recibimos dos cargamentos de armamento pesado que saldrán mañana a distribución.
Piero hizo una pausa, su rostro se endureció.

-Con Valenti no hay movimientos claros... pero ayer surgió un problema. Tenemos un infiltrado.
Martín no se movió, pero el aire en la oficina pareció enfriarse diez grados.

-¿Quién?

-Un trabajador que entró hace tres meses. Sin recomendaciones, solo mano de obra para el área de descarga ilegal. Ayer, uno de mis hombres lo sorprendió tomando fotos a los cargamentos de armas. No creo que sea de Valenti, Martín. Está encerrado en la Bodega 12. Si me preguntas, es un perro de alguna agencia o de la policía nacional.

-Quiero verlo -dijo Martín levantándose-. Reúne a todo el personal en esa bodega. Ahora.

Piero tomó el teléfono e impartió órdenes secas. En menos de diez minutos, la Bodega 12 estaba rodeada.
El Altar del Castigo
Al entrar en la bodega, el ruido de la maquinaria portuaria se desvaneció, reemplazado por un silencio aterrador. Cientos de hombres -estibadores, conductores, matones- estaban formados en semicírculo. En el centro, un hombre joven, de unos treinta años, permanecía de pie con las manos atadas a la espalda. Estaba golpeado, pero mantenía una mirada desafiante que lo delataba.

Martín caminó hacia el centro con una elegancia imponente. Su figura, envuelta en un traje de miles de euros, contrastaba con la suciedad del concreto. Se detuvo a un metro del cautivo y lo analizó con la frialdad de un entomólogo estudiando un insecto.

-Con que eres policía -dijo Martín en un susurro que llegó a todos los rincones.

El hombre tuvo un microgesto, un parpadeo de sorpresa ante la seguridad de Martín. Esa fue la confirmación.

-Sí, lo eres -continuó Martín, volviéndose hacia sus hombres-. Vean todos. Entre nosotros teníamos a un héroe. Un salvador de la ley.

Martín volvió a mirar al oficial.
-Dime, ¿qué viniste a investigar? ¿Viniste a ver cómo funciona el mundo real? Aquí recibimos y traficamos toda la mercancía ilegal que tu mente cuadriculada pueda imaginar: drogas, oro, armas... -Martín comenzó a caminar alrededor de él-. Pero te diré un secreto que no te enseñaron en la academia: la economía de este continente se mantiene gracias al dinero que fluye por estas manos. ¿O crees que tus jefes están limpios? Cada uno de ellos recibe su parte. El gobierno que te envió recibe su tributo. Yo soy el líder de todo esto, yo soy el motor que alimenta sus hipocresías, y tú aquí intentando jugar al detective.
Martín se detuvo y miró a sus trabajadores.

-Gracias a este hombre, ustedes podrían perder su empleo, su sustento y su libertad. ¿Les parece justo?
Un murmullo de odio recorrió la fila de hombres. Martín sacó su pistola con una parsimonia aterradora.

-Si hay algún otro infiltrado entre ustedes, que dé un paso al frente ahora mismo y le perdono la vida. De lo contrario, tendrá este mismo destino.

Nadie se movió. El silencio era tan denso que se escuchaba la respiración agitada del policía. Martín no esperó más. Sin cambiar su expresión de calma, apuntó a la frente del hombre y apretó el gatillo. El estruendo del disparo rebotó en las láminas de metal del techo mientras el cuerpo caía pesadamente al suelo. Los hombres, acostumbrados a la brutalidad de la Camorra, ni siquiera parpadearon.




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