Tríptico de cristal

Capitulo 22: El poeta del pasado

La llegada a Villa Posillipo siempre producía en Martín una transición violenta, un choque de frecuencias entre el hombre que acababa de ejecutar a un policía en una bodega polvorienta y el patriarca que regresaba a la paz de su hogar. Al cruzar el umbral, el aire denso del puerto desaparecía, reemplazado por la fragancia a jazmines y el salitre suave que subía desde el acantilado. Diana lo esperaba en el gran salón, erigida como una visión de elegancia y sofisticación. Vestía con una sencillez aristocrática que solo ella podía portar con tanta autoridad. Al verlo, su rostro se ablandó y lo envolvió en un abrazo que olía a complicidad absoluta.

—Te extrañé más de lo que permiten las formas, Martín —susurró ella, besándolo con una intensidad que buscaba reclamar su presencia tras el viaje.

—Solo aquí recupero el oído, Diana. El mundo fuera de estos muros es puro ruido —respondió él, devolviéndole el beso mientras sentía cómo la tensión acumulada en sus hombros comenzaba a ceder finalmente.
Tuvieron una breve conversación sobre los pormenores de la casa, las cenas benéficas y los pequeños detalles del día a día antes de que Martín caminara hacia el jardín. Allí, las risas de sus hijos rompían la solemnidad de la noche. Al verlo, los dos pequeños se lanzaron hacia él con una alegría desbordante. Martín se arrodilló en el césped y el juego comenzó de inmediato: se convirtió en un gigante que intentaba atrapar a dos ágiles exploradores. Corrieron entre los arbustos y hubo duelos de espadas de madera que resonaban con ecos de aventura. Diana se unió a la escena, participando con una risa genuina que rara vez mostraba al mundo. En ese momento, bajo la luna de Posillipo, eran simplemente una familia feliz, una burbuja de perfección donde el rastro de la sangre no se atrevía a entrar.

Sin embargo, el tiempo del santuario era limitado y la noche avanzaba.

—A lavarse los dientes, pequeños. Es hora de dormir —ordenó Martín con una firmeza cariñosa.

—¡Solo un momento más, papá! ¡Estábamos a punto de ganar! —protestó el mayor, blandiendo su espada.

Diana intervino con una sonrisa suave pero definitiva, poniendo una mano en el hombro de su hijo.

—Su padre está cansado, amores. Ha tenido un viaje largo y muchos negocios que atender. Mañana la batalla continuará.

Los niños, tras unos cuantos regateos más, subieron a sus recámaras y el silencio volvió a descender sobre la planta baja. Martín y Diana compartieron un beso cargado de promesas y él se excusó.

—Tengo que revisar unos documentos en el despacho, Diana. Son balances de una de las empresas en el exterior que no pueden esperar. No tardaré mucho.

Ya en su despacho, un espacio impregnado de madera noble y silencio, Martín se sentó frente al escritorio. Abrió una carpeta con informes financieros, pero su mente seguía volviendo al disparo en la bodega y a la mirada del infiltrado. De repente, un sonido anacrónico rompió la calma: el timbre metálico y vibrante de un teléfono antiguo que guardaba en una gaveta bajo llave. Era un aparato destinado a una sola cosa; un número que solo una persona en el mundo poseía.

Martín abrió la gaveta con un movimiento pausado, sacó el teléfono y contestó con una voz que recuperó un matiz de su juventud.

—¿Hola?

—Hermano... —la voz al otro lado sonó rasposa, cansada, pero cargada de una familiaridad eléctrica que atravesó la distancia.

Martín sonrió de verdad por primera vez en todo el día.

—¿Cómo estás, Augusto?

Augusto era su primo y su primer cómplice; juntos habían dado sus primeros pasos en los callejones más peligrosos de la Camorra. Augusto había sido un gatillero sin escrúpulos, una sombra letal en los tiempos de guerra, pero al mismo tiempo era un hombre de una nobleza extraña, un corazón grande oculto tras el acero. Siempre había estado con Martín en las buenas y en las malas, como un escudo inquebrantable. Sin embargo, al enterarse de que tendría una niña, el plomo empezó a pesarle más que el alma. Se alejó del negocio y se mudó a España buscando redención. Durante mucho tiempo la organización lo persiguió, porque en este mundo quien entra nunca sale, pero esa cacería acabó cuando Martín tomó el poder absoluto y ordenó que lo dejaran en paz. Desde entonces, Augusto se dedicaba a una vida pacífica, escribiendo libros y poemas.

—Muy bien y muy mal, hermano —respondió Augusto con un suspiro—. ¿Y tú? ¿Cómo marcha todo por Nápoles?

—Todo por acá marcha bien, bajo control. ¿Y eso que te expones a llamarme a esta línea, Augusto?

—Hermano, iré al grano —la voz de Augusto se quebró ligeramente—. Lo he perdido todo. Mi esposa me ha dejado; descubrió una aventura que tuve con una chica y me ha quitado absolutamente todo. No tengo donde caerme muerto y lo que más me duele es que, como no tengo nada, ella tiene la custodia completa de mi hija. No puedo verla, Martín. Me han arrancado el alma. Necesito de tu ayuda.

Martín intentó responder para ofrecerle una transferencia inmediata, pero Augusto lo interrumpió antes de que las palabras salieran de su boca.

—Antes de que me digas que me vas a regalar dinero, te diré que no lo quiero así. Dame trabajo, Martín. Sabes que siempre me he ganado lo mío con mis propias manos. Ayúdame con eso, hermano. Necesito volver.

Martín se reclinó en su silla, procesando la petición. Tras lo sucedido con el policía infiltrado en los muelles, sabía que necesitaba a alguien de su absoluta confianza, alguien cuya lealtad estuviera forjada en sangre y no en billetes. Augusto era el candidato perfecto para vigilar las grietas de su imperio.

—Con todo gusto te doy trabajo, primo —respondió Martín con una firmeza que no admitía réplicas—. Vente a Nápoles hoy mismo si puedes. Acá te estaré esperando y quédate tranquilo, que entre los dos vamos a recuperar todo lo que perdiste. Un Moretti nunca se queda en el suelo.

—Mañana mismo estaré ahí, hermano. Gracias. Sabía que podía contar contigo —dijo Augusto, y su voz recuperó un poco de ese brillo metálico de antaño—. Antes de colgar, he escrito algo pensando en este momento. Escucha:




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