El reloj de pared marcaba las 5:00 de la mañana cuando los ojos de Martín Moretti se abrieron con la precisión de un cronómetro suizo. No hubo transición lenta entre el sueño y la vigilia; el Capo siempre despertaba en estado de alerta. Se lavó los dientes con movimientos mecánicos, observando su reflejo en el espejo: un rostro que escondía un imperio de secretos tras una máscara de serenidad imperturbable.
Se dirigió a su despacho, el santuario donde el destino de Nápoles se decidía entre susurros y firmas. Sacó el teléfono de línea segura y marcó el número de su lugarteniente. El tono no sonó más de dos veces.
—Buen día, Martín —la voz de Piero sonaba tan alerta como la de su jefe.
—Buen día, Piero. Necesito que una de las propiedades de la ciudad esté operativa hoy mismo. Quiero que la amueblen completamente; para la tarde debe estar lista para ser habitada. Deja una camioneta blindada en el garaje, tres armas largas de asalto y tres cortas de calibre .45. Consígueme un teléfono con encriptación de grado militar y envía tres escoltas de confianza, junto con dos empleadas de servicio.
Piero procesó la información sin preguntar. En el mundo de Moretti, las preguntas eran una pérdida de tiempo.
—Entendido, Martín. Tomaré una de las residencias en San Giovanni a Teduccio. Están estratégicamente cerca de los muelles donde recibimos la mercancía pesada y la logística está casi lista. Considera el encargo hecho.
—Perfecto, Piero.
Martín colgó. Caminó hacia la cocina, donde el silencio de la villa solo era interrumpido por el murmullo del mar golpeando los acantilados de Posillipo. Calentó café, negro y amargo, y salió al porche. Se sentó con la taza en una mano y un cigarrillo en la otra, viendo cómo el primer resplandor del alba teñía de violeta el Golfo de Nápoles.
Mientras el humo se disipaba en el aire frío, sus pensamientos se desviaron hacia Augusto. Recordó los días de infancia, cuando no eran más que dos niños con los bolsillos vacíos pero la mente llena de ambición. Recordó las madrugadas en las que, sentados en escaleras de hormigón, planeaban negocios imposibles sin tener un solo capital. Siempre supieron salir adelante; el hambre fue su mejor maestra y la calle su universidad. “Él es lo más cercano que tengo a un hermano”, pensó Martín, sintiendo un extraño calor en el pecho que solo su primo podía provocar.
Le dio un sorbo al café y una calada profunda al cigarrillo. La llegada de Augusto no era solo un acto de caridad familiar; era un movimiento táctico maestro. En un mundo donde la traición se compraba con billetes de cien, Augusto era el único hombre en quien Martín podía confiar ciegamente, incluso con los detalles más delicados de sus tres vidas. Con el policía muerto en la bodega y las sombras de Valenti acechando, necesitaba un lobo leal que cuidara su espalda.
El Juicio de la Barrera
Tras una ducha y una despedida silenciosa de Diana y sus hijos —un beso en la frente para cada uno, el único rastro de humanidad que permitía antes de ponerse la armadura de hielo—, Martín se trasladó a su oficina en la Torre Parténope. Sobre su escritorio de caoba, preparó los documentos para la reunión. Entre ellos, una carpeta negra que contenía la identificación y las fotografías del hombre ejecutado en el Muelle 12.
A la hora exacta, la puerta se abrió. Alessandra Cavallo entró en el despacho.
Era una mujer que dominaba cualquier habitación por el simple hecho de existir. Caucásica, de una belleza imponente y elegante, llevaba su cabellera castaña lisa cayendo como una cascada sobre un traje de sastre que abrazaba un cuerpo de modelo. Sus ojos verdes, afilados y gélidos, eran el reflejo de una mujer que se movía entre los pasillos del poder político con la misma destreza con la que un tiburón se mueve en el agua. Ella era la conexión de la Camorra con el Gobierno; la encargada de que los jueces miraran hacia otro lado y los fiscales perdieran expedientes.
—Antonella, que nadie nos moleste hasta que esta reunión termine —ordenó Martín con una frialdad que detendría el pulso de cualquiera.
Cuando la puerta se cerró, Martín deslizó la carpeta sobre el escritorio.
—Alessandra, toma. Analiza esto.
Ella hojeó los documentos con gestos refinados, deteniéndose en la foto del cadáver.
—Te mandé llamar porque hace unos días sorprendimos a este hombre espiando en mis muelles —continuó Martín, su voz era un bloque de hielo—. Era un policía. Esto te compete directamente a ti, Alessandra. Tu función es mantener a la fuerza pública con la vista gorda, y ahora resulta que tengo a un infiltrado metido en el corazón de mi organización.
Alessandra cerró la carpeta y sostuvo la mirada del Capo.
—No tengo una respuesta clara para esto, Martín. Mis informantes en la Jefatura no mencionaron ninguna operación encubierta en esa zona.
—Yo tampoco tengo una respuesta, y por eso estás aquí —sentenció él—. Necesito que averigües de qué organización proviene, por qué estaba allí y qué es lo que buscan exactamente. Es la primera vez que esto ocurre bajo mi mando, Alessandra. No se puede repetir. Tú eres mi barrera, mi muro de contención. Si tú fallas, el sistema se agrieta, y si el sistema se agrieta, todo se acaba.
—Me encargaré de esto, Martín —respondió ella, manteniendo la compostura—. Pero, por curiosidad profesional... ¿Cómo estuviste tan seguro de que era policía antes de ver su placa?
Martín se inclinó hacia adelante, y por un segundo, Alessandra vio la oscuridad absoluta que habitaba en sus ojos.
—Porque no olía a los perros hambrientos de otras mafias. Olía a ese miedo rancio que solo tienen los hombres que creen que una placa de metal los hace inmortales frente al diablo.
El silencio que siguió fue denso. Alessandra asintió, reconociendo la lógica implacable del hombre frente a ella.
—Todos en el gobierno conocen su inmunidad, Martín. Si alguien envió a este hombre saltándose los canales habituales, esto podría ser algo mucho más grande de lo que imaginamos.
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Editado: 12.04.2026