Tríptico de cristal

Capitulo 24: El arquitecto y el poeta

La brisa del Tirreno golpeaba con suavidad el jardín de Villa Posillipo, pero el aire se sentía cargado de una energía distinta, una que no se respiraba en Nápoles desde hacía años. Martín Moretti, el hombre cuya sola presencia congelaba la sangre de sus enemigos, sostenía una sonrisa genuina, una expresión que no le dedicaba ni a sus socios más cercanos ni a sus aliados más poderosos. Frente a él, Augusto Moretti parecía una aparición de un pasado más simple y brutal.

​Se acercaron con la lentitud de quienes miden la magnitud del tiempo transcurrido. El abrazo fue seco, fuerte y prolongado; un choque de dos bloques de granito que se reconocían como parte de la misma montaña. Martín hundió su mano en el hombro de su primo, sintiendo la solidez de su estirpe.

​—Bienvenido a casa, hermano —susurró Martín, rompiendo el abrazo pero manteniendo sus manos sobre los hombros de Augusto.

​—Estás más feo, Martín. El poder te ha sentado como una noche de insomnio —respondió Augusto con una carcajada ronca que rompió el hielo del protocolo.

​Augusto se volvió hacia Diana con la elegancia de un caballero de la vieja guardia. Tomó su mano, depositando un beso ligero en el dorso antes de saludarla con un beso en cada mejilla.

​—Hermosa como siempre, Diana. Posillipo palidece a tu lado —le dijo con una reverencia que mezclaba respeto y afecto fraternal.

​—Los niños están en el jardín —intervino Martín, haciendo un gesto hacia la zona de juegos.

​Al llegar, los pequeños Moretti detuvieron su juego de espadas de madera. Miraron con curiosidad al hombre de barba espesa y cabello largo que emanaba un aura de peligro y magnetismo. Eran niños criados en la seguridad de un palacio, pero la sangre reconoció la sangre.

​—Hijos, él es su tío Augusto. Ha vuelto de un largo viaje —anunció Martín.

​Augusto se acuclilló para quedar a su altura. Sus ojos, que habían visto los horrores de las guerras de clanes y la soledad del exilio, se humedecieron ligeramente. Extendió sus manos grandes y callosas, estrechando las pequeñas palmas de los niños.

​—Son iguales a ti, Martín. Tienen esa mirada que parece que están calculando cuántas piezas tiene el tablero antes de empezar a jugar —dijo Augusto, entregándoles un pequeño detalle que traía consigo: dos monedas de plata antiguas de España—. Guárdenlas. Un Moretti nunca tiene los bolsillos vacíos.

​Tras el encuentro, Diana preguntó por el apetito de su invitado, pero Augusto, con una sonrisa, declinó amablemente asegurando que el viaje había sido generoso en comida.

​—Ponme al tanto de todo, hermano —dijo Augusto, cambiando el tono a uno más serio—. El mundo ha cambiado desde que me fui.

​—Subamos al despacho —respondió Martín. Su rostro volvió a ser esa máscara de porcelana fría y profesional.

​El Mapa del Imperio

​Una vez cerradas las puertas del despacho, el ambiente cambió. Martín se sirvió un poco de agua, se sentó tras su escritorio y desplegó un mapa digital en una de las pantallas ocultas.

​—Hermano, la Camorra ya no es la banda de barrio que recordabas. No somos solo criminales; somos un estado paralelo. Controlamos la mayor parte del flujo de oro, drogas, armas y arte de Europa. Hemos constituido una red de 67 empresas legales que sirven de pulmón para nuestro capital. Tenemos constructoras en Dubái, petroleras en el Mar Caspio, industrias textiles en el sudeste asiático, empresas de logística y recuperadoras de metales preciosos en África, además de concesionarios de autos de lujo en las principales capitales europeas, cadenas de hoteles boutique y firmas de inversión tecnológica en Silicon Valley.

​Martín hizo una pausa, sus ojos brillando con la frialdad de un diamante.

​—Tenemos más de cincuenta testaferros de alto nivel: senadores, banqueros y jueces. Controlamos conflictos en Oriente Medio, armando a grupos rebeldes y, simultáneamente, vendiéndoles munición a sus enemigos. Es un ciclo perfecto.

​Augusto, apoyado contra la pared, observó el mapa y recitó con voz melódica y sombría:

"Bailan los hombres al son del metal,

en desiertos de arena y luto fatal.

Dos manos disparan, un solo señor,

que cosecha las vidas y siembra el dolor.

No importa la causa, ni el dios, ni la fe,

si el plomo es el precio que paga el que fue.

Bendito el conflicto que nutre el arcón,

mientras mueren los peones por un solo patrón."

​—Exacto —asintió Martín—. La Garra, de Lucino Valenti, se debilita cada día. Es una bomba de tiempo; casi no les queda mercado porque los hemos asfixiado financieramente. Nuestro trato con el gobierno actual de Venezuela nos permite recibir oro puro a precios irrisorios, lo cual es uno de nuestros negocios más rentables. La cocaína llega de Colombia y sus alrededores con una logística que no falla. Tenemos diez asientos en "La Mesa", el consejo que dirige todo. Tú conocerás a los otros pronto. El dinero fluye a través de cuentas en Suiza y paraísos fiscales, y nuestro brazo armado supera los 500 hombres solo aquí en Nápoles, sin contar a los mercenarios independientes que custodian nuestros intereses en el extranjero.

​Augusto guardó silencio por un largo momento, procesando la magnitud de la bestia que Martín había domado.

​—Hermano... has hecho crecer esto más de lo que jamás imaginé. ¿Quién lo diría? El niño que se quedaba hasta tarde contándome sus sueños de grandeza hoy es el hombre más importante de la mafia más grande del mundo.

​—Juntos, Augusto —corrigió Martín—. Esta mañana recordaba eso. Cómo hablábamos de lo que queríamos ser. No sabes cuánto me servirá tu apoyo aquí. Eres el único en quien puedo confiar ciegamente cuando el sistema falle. Vamos a los muelles, quiero que veas dónde sucede la magia.

​La Catedral de Acero

​Se despidieron de Diana y los niños. La caravana de camionetas blindadas partió de Posillipo hacia la zona industrial de San Giovanni a Teduccio. Durante el trayecto, Augusto observaba por la ventana con una mezcla de nostalgia y extrañeza.




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