Los días posteriores al regreso de Augusto habían traído a la organización una fluidez que incluso para los estándares de Martín Moretti resultaba excepcional. El puerto de Nápoles se había convertido en un organismo vivo, una maquinaria perfecta donde el flujo de mercancía —legal e ilegal— era descomunal. Bajo la supervisión técnica de Piero y la mirada veterana y estratégica de Augusto, los márgenes de beneficio se habían disparado. Martín sentía, por primera vez en años, que el peso de la corona no le cortaba la piel con tanta saña; confiaba en sus dos flancos, dos máquinas de trabajo que cuidaban su espalda con una lealtad forjada en sangre y eficiencia.
Martín se encontraba en su despacho de la Torre Parténope, observando a través del cristal reforzado la ciudad que latía a sus pies. Activó el intercomunicador.
—Antonella, que Piero y Augusto estén en una hora aquí.
El Cónclave de los Leales
Exactamente una hora después, el ascensor privado de la torre se abrió. Augusto y Piero caminaban por el pasillo de mármol con la seguridad de quienes saben que el suelo que pisan les pertenece.
Augusto vestía un traje de sastre azul medianoche, una elección que equilibraba su nueva faceta de ejecutivo con su esencia salvaje; la barba estaba perfectamente recortada y el cabello largo recogido con sobriedad. En su mano derecha, el anillo de oro de los Moretti brillaba como un recordatorio de su linaje. Piero, por el contrario, mantenía su estilo funcional y moderno: una chaqueta táctica de alta gama sobre una camisa negra, pantalones oscuros y una mirada que escaneaba cada rincón buscando anomalías.
Al entrar al despacho, el contraste era evidente. Augusto saludó a su primo con una inclinación de cabeza y una sonrisa contenida, mientras Piero lo hizo con la rigidez profesional de un soldado ante su general.
—Siéntense —ordenó Martín. Su voz era un bloque de hielo, estable y gélido.
Ambos ocuparon las sillas de cuero frente al escritorio de caoba. Martín los estudió en silencio durante unos segundos.
—Los he llamado porque saldré de viaje mañana —dijo Martín, clavando sus ojos en los de su primo—. Debo resolver unos asuntos personales fuera del país que requieren mi presencia absoluta.
Augusto no cambió la expresión. No necesitaba preguntar el destino; la confesión que Martín le había hecho noches atrás sobre sus vidas secretas resonaba en su mente. Sabía que Martín no se iba a negociar cargamentos; se iba a sostener los pilares de su propia cordura. Piero, ajeno a los secretos íntimos del Capo, simplemente asintió, listo para las directrices.
—La organización queda bajo su mando —continuó Martín—. Piero, te encargas de la logística, la seguridad de las rutas y el monitoreo de la OICC. Quiero informes diarios encriptados. Augusto, tú supervisarás el brazo legal y financiero. Si algún director de nuestras empresas duda o si Alessandra Cavallo necesita una firma de poder, tú eres mi voz.
—Considera el puerto sellado y seguro, Martín —respondió Piero con voz monocorde.
—Nadie notará que no estás, hermano —añadió Augusto—. Los números seguirán gritando éxito.
Martín se puso de pie, ajustándose los botones de su saco con una precisión quirúrgica.
—Los dejo solos. Conversen, conózcanse. Necesito que mis dos hombres más leales se entiendan como si fueran un solo cerebro. Si ustedes dos están sincronizados, la Camorra es invulnerable.
Martín salió del despacho, cerrando la pesada puerta tras de sí. En el interior, Augusto y Piero quedaron frente a frente, el poeta y el ingeniero, obligados a fusionar sus mundos por el bien del imperio.
El Camino a la Villa
Abajo, la caravana de camionetas blindadas esperaba. Martín subió a la parte trasera y ordenó con sequedad:
—A Villa Posillipo.
El trayecto por la carretera costera era un desfile de paisajes que Martín conocía de memoria. La camioneta se deslizaba suavemente por las curvas que bordeaban el acantilado, donde el azul del Tirreno se fundía con el cielo del atardecer. Martín observaba los viñedos y las antiguas villas de piedra, pero su mente ya estaba cruzando la frontera. Sabía que este viaje tenía un destino claro: Francia. Su mente ya volaba hacia Marcos, hacia ese refugio de paz y esgrima donde el peso del plomo no existía. Sin embargo, antes de partir, debía cumplir con la vida que lo anclaba a Nápoles.
Al cruzar el portón de la villa, el aire cambió. El aroma a salitre y jazmines lo recibió como un bálsamo. Al entrar, saludó a sus hijos con un afecto contenido pero real, permitiendo que sus pequeñas manos tocaran la tela fría de su traje antes de que se retiraran a jugar. Luego, buscó a Diana.
La encontró en la terraza, viendo cómo la luz naranja del sol moría sobre el horizonte. Martín se sentó a su lado, aceptando la copa de vino que ella le ofrecía.
—Saldré de viaje mañana, Diana —soltó él, sin preámbulos.
Ella suspiró, dejando que la brisa moviera su cabello.
—¿Otra vez, Martín? Los niños y yo apenas sentimos que has vuelto. Te vamos a extrañar.
Ecos de un Pasado de Fuego
Diana se giró hacia él, con una mirada cargada de nostalgia.
—¿Te acuerdas de cuando teníamos veinte años? Éramos tan jóvenes, tan imprudentes...
Martín dejó escapar una de sus raras y breves sonrisas.
—Tu padre quería mi cabeza en una bandeja de plata. Para Carlos Roberti, yo no era más que un intruso que se atrevía a cortejar a su única hija.
—No te quería nada —rio Diana, recordando el pasado—. Decía que eras un muchacho peligroso. Hasta aquel día en la carretera...
Martín recordó la escena con una nitidez cinematográfica: el intento de secuestro. Él no era escolta de la familia; simplemente era el enamorado de Diana que compartía la camioneta con ella aquel día. Los asaltantes interceptaron el vehículo con una violencia brutal, abriendo fuego y matando a los dos escoltas oficiales de Carlos Roberti en cuestión de segundos.
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Editado: 17.04.2026