Tríptico de cristal

Capitulo 28: Memoria y sangre

​El despacho de Martín, ahora vacío de su dueño, conservaba esa aura de autoridad gélida que solo él sabía proyectar. Piero y Augusto permanecieron allí, rodeados por el silencio de la Torre Parténope, mientras las luces de Nápoles comenzaban a titilar al otro lado del cristal reforzado. Fue Augusto quien rompió la inercia. Sacó una pitillera de plata, ofreció un cigarrillo a Piero —quien aceptó con un gesto seco de agradecimiento— y encendió ambos con un encendedor Zippo cuyo clic metálico resonó como el martillo de un arma.

​El humo azulado comenzó a serpentear entre ellos, creando una atmósfera de confesionario criminal.

​—Cuéntame, Piero —dijo Augusto, recostándose en la silla de cuero y observando al joven estratega a través de una nube de tabaco—. Martín no entrega su retaguardia a cualquiera. Para ganarse su confianza hay que ser algo más que eficiente; hay que ser valiente y demostrar de qué metal estás fundido. ¿Cómo llegaste a ser su sombra en los muelles?

​Piero exhaló el humo lentamente, sus ojos oscuros fijos en un punto invisible del pasado.

​—Hace cinco años, cuando Martín ascendió como líder absoluto de la Camorra, el aire en Nápoles no era tan pacífico como ahora —comenzó Piero con voz grave—. Hubo una guerra, una carnicería que todavía mancha las alcantarillas. Valentí no estuvo de acuerdo cuando Carlos Roberti presentó a Martín como su sucesor. Para él, Martín era un advenedizo, un joven con demasiada ambición y poco linaje.

​Augusto asintió, moviendo la ceniza de su cigarrillo.

—Sabía de esa guerra. Dicen que el cementerio de Poggioreale se quedó sin espacio aquel verano.

​—Así fue —continuó Piero—. En ese entonces yo era un joven sicario, apenas un soldado. Mi primo era uno de los escoltas personales de Martín y me puso a trabajar a su lado justo cuando la pólvora empezó a arder. Valentí, en un movimiento desesperado, intentó secuestrar a Martín. Fallaron, pero en la refriega me atraparon a mí. Me convirtieron en su rehén para que revelara el escondite de Martín. Me torturaron durante tres días, Augusto. Usaron electricidad, hierro frío, de todo... pero no solté ni una sílaba. Prefería morir desangrado antes que entregar al hombre que mi primo protegía.

​Piero hizo una pausa, sus dedos rozaron inconscientemente una cicatriz oculta bajo su manga.

​—Mi primo le informó a Martín que yo estaba en manos de Valentí. Y Martín, a pesar del riesgo de revelar su posición, no dudó. No fue solo por estrategia; fue por el parentesco de su escolta conmigo. Investigaron hasta las piedras. Mientras tanto, las calles eran un infierno. La Camorra se dividió entre los leales a Roberti y los que se vendieron a Valentí. Carlos Roberti, al ver que el caos superaba la astucia de Martín, decidió asistirlo personalmente. Martín era audaz, pero aún no tenía la piel curtida de un Capo.

​—¿Cómo terminó? —preguntó Augusto, intrigado por la narrativa del hombre que ahora custodiaba el oro.

​—Encontraron el sótano donde me tenían. Carlos Roberti fue en persona. Quería mirar a Valentí a los ojos y matarlo él mismo por haber traicionado el código y la palabra de honor. Pero nos superaban en número. Fue una masacre; el ambiente olía a pólvora, a carne quemada y a sangre vieja. Martín logró sacarme de allí, pero el precio fue altísimo. Mi primo cayó intentando cubrir a Carlos Roberti. Y Carlos... Carlos murió allí también. Una granada explotó cerca de ellos y la que llevaba mi primo en su chaleco detonó por simpatía. Fue un estruendo que marcó el fin de una era.

​Piero apagó su cigarrillo en el cenicero de cristal con una presión excesiva.

​—Martín me tomó aprecio por la valentía de mi primo y por mi silencio bajo tortura. Fue un golpe duro para él perder a su mentor de esa forma. Tras la muerte de Carlos, se formalizó una tregua por puro agotamiento. Martín estaba harto de la sangre derramada de inocentes. En ese entonces la organización no era el imperio tecnológico que ves hoy; solo exilió a Valentí bajo la promesa de una paz armada. Pero Valentí nunca ha respetado nada. Siempre ha intentado joder a Martín desde las sombras, y aunque Martín lo sabe, contiene sus impulsos para no repetir la carnicería de hace cinco años. Yo he ido subiendo con el sudor de mi frente, ganándome cada centímetro de este despacho. A Martín le debo la vida, y más que eso, le debo un propósito.

​Augusto lo miró con un nuevo respeto. El silencio volvió a reinar un momento hasta que Piero se reclinó hacia adelante.

​—Ahora te toca a ti, Augusto. Martín me habló una vez de ti. Dijo que eres el mejor gatillero que ha conocido, una leyenda que simplemente decidió desvanecerse. ¿Qué te hizo retirarte de la gloria?

​Augusto soltó una carcajada ronca, una risa que no llegaba a sus ojos.

—Bueno, no sé si sigo siendo el mejor, pero lo que bien se aprende no se olvida. Me salí hace años cuando supe que mi novia estaba embarazada. La idea de una hija no encajaba con el olor a pólvora diario. Pero mucho antes de todo esto, Martín y yo éramos imparables. Éramos niños pobres, Piero. Vendíamos frutas, cargábamos cajas, cualquier cosa para ayudar en casa.

​Augusto encendió un segundo cigarrillo, sus ojos brillando con la nostalgia de la miseria compartida.

​—Martín siempre fue el soñador. Mucho más que yo. Nos sentábamos en los callejones a imaginar que éramos millonarios, que controlábamos la ciudad. Nos encantaban las armas. Teníamos un tío que guardaba una colección pequeña, y cada vez que lo visitábamos, le suplicábamos que nos las mostrara. Recuerdo especialmente una: una Mossberg América. Parecía un fusil semiautomático, con esa culata ergonómica y un cañón imponente, pero usaba cartuchos de escopeta. Era una híbrida extraña y hermosa. Tenía un riel picatinny y un cargador que la hacía ver como un arma de guerra moderna. Nos obsesionamos con su mecánica, con el sonido del cerrojo.

​—Poco a poco entramos al bajo mundo —continuó Augusto—. Nos convertimos en gatilleros. No nos temblaba el pulso. Con el tiempo, matar se volvió una costumbre, un trámite administrativo. Hasta que encontramos la Camorra. Martín se enamoró de Diana, y Carlos Roberti, al ver que el chico tenía más valor que todo su ejército junto, lo absorbió. Yo trabajé con ellos dos años, aprendiendo las rutas, los cobros... hasta que mi hija vino en camino. Me retiré, pero la Camorra no perdona desertores. Me persiguieron durante mucho tiempo, intentaron cazarme para dar el ejemplo, hasta que Martín tomó el mando absoluto. Solo entonces me dejaron en paz. Él limpió mi nombre en los libros de sangre.




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