Bill se preparaba mentalmente para lo que estaba a punto de hacer.
Se encontraba en la habitación de invitados de aquel lujoso hogar, un lugar que le resultaba completamente ajeno. Todo era demasiado perfecto, demasiado pulcro... como si el mundo se burlara de él, mostrándole la vida que habría tenido si su padre no hubiera estado consumido por su ego. Por un instante, la duda se filtró entre sus pensamientos.
¿Valía la pena todo esto?
Se sentó al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, la mirada perdida. Pensó en lo que haría después de destruir todo lo que su familia había construido. Tal vez reconstruiría la Red a su manera. Tal vez la usaría para destruir a otros como su padre. No quería poder para ayudar, ni dinero, ni reconocimiento. Solo quería que pagaran. Que sufrieran. Que entendieran.
Según Bill, él no era el villano. Los villanos siempre habían sido ellos.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. Todo estaba calculado. Esta vez, todo tenía que salir exactamente como lo había imaginado.
Entonces, la puerta se abrió.
Su padre entró sin tocar, con la misma autoridad de siempre, como si la persona frente a él no fuera su hijo, sino un simple recurso más.
—Es hora de actuar —dijo con frialdad—. Espero que estés listo. Ya sabes lo que tienes que hacer. Confío en que te haya quedado claro.
Bill alzó la mirada, rodando los ojos, observándolo como una bestia a la que le habían arrancado las garras.
—No sé de qué hablas —respondió—. No hicimos ningún plan. ¿Pretendes que entre a ese lugar sin más?
Su padre suspiró, con una paciencia forzada.
—Eres inteligente. Sabes improvisar —añadió, recorriéndolo de arriba abajo, como si leyera su mente—. Y no es como si te hubieras quedado sin ideas. De lo poco que te conozco, sé que no es así.
Bill sonrió. Era la respuesta que había esperado. La había imaginado cientos de veces.
—Pensé que tú tendrías un plan —replicó—. Se supone que el más experimentado aquí eres tú. Solo esperaba un mapa, algo que me explicara cómo es la Red. Después de todo... es el trabajo de tu padre. O de mi abuelo.
El silencio cayó como una cuchilla.
Su padre lo miró, conteniéndose. Bill sabía que lo estaba provocando, y eso solo hacía la escena más deliciosa. Finalmente, con la voz tensa por la rabia, habló:
—Prepárate. Salimos en dos minutos. Tenemos que darnos prisa. Eve no puede entrometerse en nuestros planes... —bajó la voz—. No puede.
Bill sonrió de nuevo, una sonrisa que solo los verdaderos psicópatas entienden.
Tal vez no eres tan inteligente como crees, pensó.
El viaje fue silencioso. Un auto elegante, conducido por el chofer de su padre, los llevó al lugar donde Julian había entrado a la Red. El edificio aún mostraba las cicatrices del desastre anterior. La policía seguía investigando... o al menos eso creían. Ed Dillinger Jr. se había asegurado de que ese día nadie interfiriera.
Cuando Bill entró, se quedó observando el lugar con asombro.
—Ahora entiendes por qué elegí a tu primo para dirigir la compañía —dijo su padre—. Hizo grandes cambios.
Bill suspiró, cargado de ironía.
—Sí... se nota —respondió—. Especialmente cuando se sintió amenazado por una chica.
Ed Dillinger Jr. lo miró con severidad.
—Como si tú hubieras hecho algo diferente.
—Lo habría hecho mejor.
No hubo respuesta.
Su padre preparó el láser. Las luces comenzaron a activarse.
—No lo creo —dijo, observando la cuenta regresiva—. Cuando entres, ve directo por Julian y sácalo de ahí. No me importa cómo lo hagas —sonrió—. Y si te quedas dentro... no creo que se pierda nada.
Bill sostuvo la mirada.
—Claro... padre.
La cuenta regresiva terminó.
El láser se activó, y en segundos Bill fue transportado a la Red.
El impacto lo dejó sin aliento. El entorno era inmenso, frío, vacío. No se parecía a nada que hubiera imaginado. Un desierto digital infinito. Pero pronto entendió algo peor.
No estaba solo.
Athena, el control maestro, apareció ante él y lo sostuvo antes de que cayera.
—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Y por qué estás aquí?
—Busco a Julian —respondió Bill.
Athena soltó una risa seca.
—Julian ya no existe. Ahora solo existe Sark.
El corazón de Bill se hundió. Esto no estaba en el plan. Todo se estaba torciendo. Intentó contactar a su padre, advertirle... pero fue demasiado tarde.
La presencia de Sark se manifestó, su voz antinatural atravesándolo todo.
—Creíste que tenías el control. Creíste que podías derrotarme. Pero la presa se creyó depredador. Caíste en mi trampa.
Bill rió, forzándose a recuperar la compostura, aunque su voz lo traicionaba.
—No te equivoques. Yo tengo algo que hará caer todas tus defensas. Yo tengo el poder aquí. Yo soy el fantasma de la Red.
Sark respondió con burla.
—El Código Fantasma es una amenaza, lo admito. Pero aquí el control es mío. Así como puede ser tu arma... también puede ser tu final.
Antes de que Bill pudiera reaccionar, Athena le instaló el disco de identidad con el Código Fantasma.
El dolor lo derribó.
Mientras Athena recitaba las reglas —perder el disco significaba eliminación, romperlas significaba eliminación— Bill comprendió la verdad: había caído en manos de aquello que juró destruir.
—Leí tu código apenas entraste —dijo Sark—. Ahora lo estoy usando para reprogramarte.
Bill luchó, pero fue inútil. Su conciencia fue secuestrada por su propia creación. Vio su vida pasar ante sus ojos. Vio a su madre dar su último aliento.
Y luego... la transformación.
Su cuerpo se descompuso en luz. Se volvió espectral. Su traje se tornó morado. Sus ojos brillaron con un violeta intenso. Su disco ardía del mismo color.
Bill había desaparecido.
Ahora solo existía el Fantasma.
—Tanto querías ser un fantasma —susurró Sark—. Y ahora lo eres.