Trust Me

#15 - Preparación, concentración

Me miro en el espejo y siento que estoy a punto caramelo para entrar en el matadero más sofisticado de la ciudad.

No todos los días una se viste elegante para que le destruyan la autoestima y confianza. Y si bien la alternativa es ir como sea, pues de todas formas me verán mal, si he de caer lo haré con un bonito vestido.

—¿Cómo luzco, Juana?

Mi gata reposa sobre los mil vestidos que me probé antes y dejé tirados en mi cama. Normalmente no me gusta que haga eso, deja pelos por todos lados y son difíciles de limpiar. Pero estoy más concentrada en otro problema ahora mismo.

Ella solo maulla, y me toca interpretar, como siempre.

—Cierto, el gris no es mi color — no ayuda a mi tono de piel un color tan seco, ni cuando el escote es recatado ni el corte se ciñe a la cintura como me gustaría — ¿Pero sabes qué? Es la única prenda medio elegante que tengo y que mi familia aceptará sin chistar.

Ni yo misma me engaño. Así que no es de extrañar que mi princesa tampoco se lo crea. Ella maulla nuevamente y pasa su pata delantera por sus orejas y su carita de ángel.

—Si, tienes razón. No engaño a nadie. Siempre encuentran una cosa que criticar. Es su naturaleza supongo.

Aprender a aceptar que la forma tóxica de ser de los demás es un arte que solo los pacientes logran. ¿Qué clase de demonio redimido seré yo que nunca me adapto a la tolerancia y aún así jamás digo una palabra inapropiada?

Esta noche, incluso antes de que la fiesta comience, estaré pendiente de mi familia todo el tiempo. Tengo que hablar varias cosas con Harri, y recordarme respirar profundo unas cien veces por minuto. Pensar en lo que puedo controlar y lo que me hace bien, en lugar de hundirme en aquello que me hace cuestionarme quien soy.

Tal y como predije, estuve gran parte de la semana pensando en la fiesta. Robin ha sido de gran ayuda para tranquilizar mis nervios, hasta preparó un monólogo interno que debí memorizar como mi propio nombre. Todo para que no vuelva anímicamente hecha pedazos esta noche.

Harri se la pasó entre miradas y sonrisa alejadas conmigo. Sé que no es porque no tenga intención de acercarse y hablar sobre el tema. Hemos estado muy ocupados con el asunto de las canastas y otros detalles. Lo último que quisiera es que el cumpleaños de Polly interfiera en lo único que hasta ahora no pudo robarme.

Aunque admito que extrañé un poco su cercanía las últimas semanas. Así que esta noche me daré el gusto de tenerlo al lado. Preparado para lo peor, y bajo mi constante cuidado, pero a mi lado de una u otra forma.

Juana se levanta en cuanto ambas escuchamos el sonido del timbre.

—Ya llegó — lo veo en la pantalla junto al auricular — Deseame suerte.

Mi princesa solo gira su cara, como si me preguntara “¿Suerte con mi familia o para no volver a caer en brazos de Harri?” Es una suerte que en realidad no lo diga o me quedaría con la boca abierta sin respuesta alguna.

Respiro profundo en un burdo intento de quitar el nudo que me apresa la garganta. Estoy jodidamente nerviosa y sé que no tengo motivos para estarlo. O tal vez es que tengo demasiados, pero para el caso ninguno o muchos es algo que no puedo controlar por lo que no debería preocuparme por ello.

Ay, Dios, solo divago para no abrir la puerta. ¿Y si lo dejo ahí? ¿Y si finjo demencia y hago como que no hay nadie en casa? ¿Saltearme la fiesta? ¿La incomodidad?

No podría ser tan hija de puta, al menos no con un hombre que se puso la armadura para acompañarme y ser mi soporte. Por las buenas o por las malas, se merece que le abra la puerta. Y cuando lo hago, es rápido, con una máscara de sofisticación que suelo usar para el trabajo. Si lo pienso de más, me pondré roja, si es que no lo estoy ya porque Harri Howell, como siempre, va vestido para matar todas mis inhibiciones.

De impoluto traje negro, cabello peinado hacia un lado, perfumado y sonriente, me mira como si fuera un planeta recién descubierto. ¿Será algo bueno o malo?

—Buenas noches.

Lo saludo como siempre, pero él no dice ni una palabra. Ni siquiera se molesta en entregarme las flores que lleva. Unas margaritas amarillas que no combinan con mi atuendo, que Juana se comería a la primera oportunidad, y que en mi jardín inexistente no tendrían lugar. Aún así, son preciosas.

El silencio ya me pone de los nervios, así que vuelvo a hablar.

—¿Dirás algo o te me quedarás viendo?

—¿En serio puedo quedarme viendo? Lo haría toda la noche — responde sin un ápice de vergüenza y por eso sé que lo dice en serio.

Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Un esfuerzo menor al que anticipaba porque lo que dice es algo tonto pero a la vez es dulce. No sé si resoplar o sonreír. De hecho, ni siquiera sé si tratar esto como una excepción a nuestro acuerdo o no. ¿Puede tomarme de la mano? ¿Decirme “cariño” como aquella noche? ¿Puede él actuar como mi cita?

Si tuviera esas cosas claras primero, al menos podría decirle si mirarme toda la noche está bien o mal. Vaya par que seremos hoy.

—Perdón, no sé qué decir — dice él.

—Sé que no es mi mejor vestido pero al menos di que estoy elegante.




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