Trust Me

#16 - La familia del Infierno

Al bajar del auto con la asistencia de Harri, me siento como una princesa con solo sujetar su mano y bajar un pie a la vez, dándole a mi vestido la oportunidad de lucir sedoso y ligero.

Sin embargo, este no es el momento del cuento en el que la princesa entra al baile, tiene su noche mágica, enamora a un príncipe y su vida cambia para siempre. Mi momento de realeza se resume en la parte de la historia en que la joven damisela entra a la torre lejana, donde pasará largo años de tortura hasta ser rescatada, o matar al drágon, lo que venga primero.

Mi largo historial con mi familia revela que es más probable que la Tierra se haga cenizas antes de que yo pueda decapitar al dragón que es mi círculo familiar. Así que mis próximas horas en esta fiesta serán mis años de torre lejana.

—Buenas noches, señorita Williams.

El hombre de traje que me recibe no es nadie más que el hombre más leal y dulce que me ha visto crecer. Un hombre que sin duda es demasiado bueno para servir a una persona como mi padre.

—Fergus, que grato verte — me acerco para darle un abrazo corto que igualmente no devuelve. Él preferiría romperse un pie antes que dejar de lado la formalidad de su puesto.

—Igualmente, señorita — pero sí me dedica una cálida sonrisa.

—¿Por qué todo el mundo insiste en llamarme así? Solo Athea está bien.

—Antes muerto, señorita.

Como dije…

Paso por la puerta antes que Harri, ya que él es destino por el mismo Fergus para que presente su invitación

—El caballero viene conmigo — le dejo saber — Harri Howell.

Él le sonríe e incluso le extiende la mano con cortesía. Fergus solo le responde inclinando la cabeza como siempre ha hecho.

—¿Debería anunciarlos? — pregunta cauteloso.

—Es el cumpleaños de Polly, no una gala de la reina de Inglaterra — con él puedo permitirme un segundo de insubordinación — Sobrevivirán si me anuncio sola.

Harri pasa de una vez y se mantiene a mi lado en todo momento. Así evitaremos que más gente piense que es un intruso. Aunque dudo que alguien quisiera echarlo de ser así. Su galantería encantaría hasta las plantas del jardín.

—No pensé que tuvieran empleados — me susurra.

—Fergus no es empleado. Es como Sully, una mascota. Pero supongo que lo disfruta porque yo misma le ofrecí dinero para irse y se negó.

—¿Dejarías de trabajar si alguien te ofreciera más dinero?

—Buen punto.

No dejaría de trabajar ni habiendo encontrado un árbol de dinero infinito. El propósito de mi vida es llegar a la muerte con una fila de logros propios.

Por mucho que odie admitirlo, Polly siempre tuvo buen timing para organizar fiestas. Y me refiero principalmente al clima. La noche es tan agradable que hasta las estrellas parecen brillar más. Y claro, supo elegir una fecha en la que toda la familia confirmó asistencia. Salvo por mis queridos primos, todos están aquí, más preocupados por comer canapés gratis que por saber de la vida de los otros.

El jardín fue organizado de forma tal que las mesas crean el centro de la reunión y una pequeña pista de baile. Los mozos igualmente se quedan al lado de la comida como si mi familia no tuviera manos para servirse ellos mismos. La luz de las velas es prácticamente artificial, pues las lámparas que cuelgan de un techo de carpa blanco son las que iluminan verdaderamente.

Paseando mi mirada por cada invitado tan rápido como puedo, me alivia ver que Polly aún no hizo su gran entrada. No es que me hubiera molestado perdermela, pero seguro hará algo con mi padre a su lado y a él sí que no le hubiera hecho gracia mi ausencia.

Harri se ve más tranquilo de lo que hubiera considerado. Después del breve pero muy asertivo historial familiar que le dio hace menos de una hora, habría esperado de él un poco de sudor frío en su nuca. Más está perfectamente atento a su alrededor, sin una pizca de miedo.

Y siempre que me encuentra viéndolo, sonríe.

Ignorando eso, nos obligo a mantenernos cerca de las mesas y lejos del tumulto de gente. Pero olvidé que algunas de mis tías hacen justamente eso, porque no pueden evitar degustarlo todo en los eventos.

—Miren quién llega tarde a la fiesta de su propia hermana.

—¿Te sorprende? Es normal que siempre llegue fuera de hora.

—Eso demuestra poco aprecio y compromiso con la familia, querida.

Maria Pia, Margarita y Magenta.

Si, no bromeo. Son los nombres de mis tres tías menos favoritas. Casi trillizas pues nacieron con un mes de diferencia cada una. Y tal como uno imaginaría al oír sus nombres, son señoras que pasan los 55 años, usan sombreros llamativos y estrafalarios, combinados con vestidos coloridos como si se disfrazarán de loros, mientras sus rostros parecen forzados a retrasar la vejez con maquillaje exagerado y notable botox.

—Tías, que bellas están — es mi forma educada de saludarlas, pero también de dejar salir un poco del sarcasmo que me invade.

—Nosotras sí nos molestamos en arreglarnos para un evento, querida — dice la tía Magenta con un rollo de chocolate en la mano que le dejó marca en su diente. Supongo que lo hizo sin querer para acompañar la mancha del labial en el mismo lugar.




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