Juan caminaba por las calles con una paz absoluta. No conocía la malicia; sus días se deslizaban entre el trabajo sencillo y una honestidad ingenua. Frente a él, se abría la encrucijada que dividía su realidad: a un lado, un sendero iluminado y acogedor; al otro, la entrada a la gran ciudad, envuelta en una neblina perpetua. A menudo se detenía allí, sintiendo que el destino le advertía sobre una decisión que definiría su espíritu. No sabía que, pronto, su percepción cambiaría para siemp