Una noche, Juan regresó a casa antes de lo previsto y encontró a José en un estado que desafiaba toda lógica. Su reflejo en el espejo no coincidía con su cuerpo; era una sombra distorsionada, una presencia que se nutría de la energía vital de Juan. El terror paralizó a Juan al darse cuenta de que José no era un hombre, sino una encarnación de la maldad pura que había buscado un recipiente donde habitar. El monstruo no era su amigo; era su parásito.