Sabiendo que no podía enfrentarlo directamente, Juan comenzó a fingir. Aprendió a ocultar su terror detrás de una máscara de obediencia absoluta, mientras, en secreto, buscaba la manera de romper el vínculo. Cada sonrisa que le dedicaba a José era una puñalada a su propia conciencia, pero Juan había aprendido la lección de su verdugo: la paciencia es el arma más eficaz. Se preparaba para el golpe final, escondiendo su voluntad en los rincones más oscuros de su mente.