Tú eres la única

XIV


XIV

“«Si somos infieles, él permanece fiel, pues él no puede negar quién es.»..”

2 Timoteo:2-13


 

                            Las gotas de sudor en la frente de Ana Elizabeth eran espesas y abundantes. Los gemidos esta vez habían sido demasiado fuertes para que sus abuelos lo ignoraran. Cuando ella logró despertar, su abuela estaba de un lado de la cama y su abuelo del otro lado.

Ellos se acercaron y la abrazaron. La anciana dio palmadas en su espalda húmeda y su abuelo le acariciaba el cabello empapado de sudoración. Cuando sintieron que se había calmado, la hicieron recostarse nuevamente. Ana Elizabeth apretó los ojos y ellos la arroparon, luego de observarla por unos minutos salieron de la habitación y cerraron la puerta. En cuanto ella sintió que sus abuelos ya no estaban, abrió los ojos y se salió de la cama. 

Las pesadillas la estaban agotando. Sentía que cada vez empeoraban más, y no podía evitarlas. percibía una persecución mental que le robaba toda la paz y la destruía  por completo.

Se acercó al sillón junto a la ventana para tomar aire, de sobre él recogió la bata de noche y se la puso, luego se sentó  encogiendo los pies con la mirada hacia afuera. Sus abuelos tenían un hermoso jardín. Era pequeño pero lleno de flores de diferentes colores. Habían fabricado ellos mismos una pequeña fuente en el medio, la base de abajo era redonda y sobre ella una roca en forma de jarra rota parecía suspendida y de la cual un fino chorro caía en las rocas creativamente organizadas. Ver el chorro caer y escuchar su sonido era tranquilizador. Se estaba sintiendo mejor.

Ya debía regresar. Tenía que  afrontar su “nueva vida”, era lo que había decidido y lo haría sin vacilar. Ana Elizabeth sabía con certeza que lo que sentía cambiaba su identidad, cambiaba toda su existencia. Lo que había pasado había exteriorizado algo dentro de ella que había ignorado todos estos años, o más bien quería ignorar. Pero ya no podía. Era consciente de ello y eso alteraba todo.

Su teléfono comenzó a sonar y el corazón se le agitó de repente. Solo una persona la llamaba a altas horas de la noche. Se levantó apresuradamente y cuando se descubrió ansiosa se detuvo. Ya ella y Cristian no estaban juntos. Cristian era alguien ajeno a su vida ahora, así debía ser desde el principio, fue negligente pensar que ella podría pasar el resto de su vida con él. 

Sin dejarlo esperar por más tiempo contestó la llamada. Mientras caminaba de regresó al sillón, tuvo que hablar varias veces para que él contestara. ¡Cómo extrañaba su voz! Su tono no tardó en cambiar en cuanto ella reafirmó sus intenciones de mantener la separación, al final él le colgó. No era para menos, se escuchaba muy afectado y herido, más que nada confundido. 

Esta vez no sería como la última, no pasarían años para que él se enterara de la verdad, estaba dispuesta a contarle todo y dejar todo claro, al final, él estaría de acuerdo con ella, e incluso muy probablemente mantendría la distancia. Así sería más fácil ¿No?

A la mañana siguiente Ana Elizabeth se despertó temprano, preparó un desayuno saludable para sus abuelos y los esperó en el comedor. Habían ido temprano a caminar ya que  debido a su edad madrugaban todo el tiempo. Ellos se miraron extrañados cuando entraron y la vieron sentada en la mesa. En todo un mes su nieta se había auto-recluido en la antigua habitación de su madre y apenas salía. Habían reconsiderado la idea de llamar a sus padres y contarles su comportamiento pero evitaron que ella perdiera la confianza en ellos, si ella había escogido ese lugar para escapar, era porque necesitaba un tiempo para pensar y tener su espacio. Estaba huyendo de algo, peor aún estaba sufriendo, y les preocupaba aún más que ella quisiera ocultarlo.

—¡Qué sorpresa! —La abuela se acercó a la mesa apreciando los panqueques de avena y banana  decorados con arándanos.

—Tomen asiento, acabo de servir, aún está caliente —dijo invitándolos a la mesa.

Los abuelos la observaban  disimuladamente mientras ocupaban los asientos uno junto al otro. 

—Ana, ¿Qué tal si das las gracias —sugirió el abuelo tomando su mano y la de su esposa.

Ana Elizabeth se quedó en silencio por unos segundos, cerró los ojos y oró— Bendice los alimentos Señor y gracias, amen. Comamos, se va a enfriar —dijo soltando sus manos.

Las cosas no solo andaban mal, andaban muy mal, no había una niña más devota a Dios que su nieta Ana Elizbaeth. Era grave y debían hacer algo. La abuela decidió tomar la iniciativa e intervenir.

—Ana Elizabeth…

—Voy a regresar a casa —interrumpió a su abuela mientras cortaba un pedazo de panqueque— Gracias por recibirme sin previo aviso

—¿De qué hablas cariño? Con aviso o sin aviso siempre serás bienvenida aquí —dijo su abuelo poniendo la mano sobre la mano izquierda con la que Ana Elizbeth sostenía el tenedor.—Pero, cielo, nos gustaría saber que te sucede, es evidente que estas teniendo grandes problemas, sabes qué puedes contarnos lo que quieras y seremos como una tumba, mira que a pesar de que estábamos tan preocupados cuando te vimos así de aislada, nos limitamos a orar y esperar.

—Y se los agradezco mucho, pero…  —agitó la cabeza en negación.

Ellos entendieron la negativa.




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