Tú ,eres mi cliché favorito

CAPÍTULO 2 “UN FLECHAZO A CONTRACORRIENTE”

No le di demasiada importancia en ese momento, lo único que quería era llegar a mi casa y dormir. Rose, por supuesto, tenía otros planes. —Yo vuelvo a la fiesta —anunció ya acomodando su vestido—. No voy a dejar que esto arruine mi fiesta de cumpleaños, tengo que conquistar a alguien. —Eres única de verdad —murmuré, negando con la cabeza. —Lo sé —respondió guiñando un ojo. Matt en cambio, levantó una mano con pereza. —Yo paso, creo que me voy a mi casa —dijo, caminando hacia el auto. Evans no discutió con ninguno, simplemente asintió, abrió el auto y empezó a dejarnos uno por uno como si fuera nuestro conductor. Primero dejó a Matt, luego a Rose —quien bajó muy apurada a su fiesta— y finalmente me tocó a mí. —Gracias nuevamente... por lo de la fianza —murmuré, bajando la mirada un instante. Evans sonrió de lado, apoyando el brazo sobre el volante. —Siempre es un placer salvarte, darling. Rodé los ojos, pero no pude evitar una pequeña sonrisa. Me abrió la puerta y levantó la mano en una especie de saludo exagerado, casi teatral. —Buenas madrugadas, chérie. Negué con la cabeza, soltando una risa baja. —Vete ya, Evans. —A sus órdenes. Cerró la puerta y lo vi alejarse unos segundos antes de girarme hacia la entrada de mi casa, inhalando profundo como si eso pudiera prepararme para lo que venía.

Apenas crucé la puerta, no pasaron ni dos segundos antes de sentir el golpe en mi mejilla. Mi cabeza giró levemente por la fuerza, y por un instante el mundo se quedó en silencio.

—Me decepcionas —escupió mi madre, con la voz cargada de furia contenida—. ¿Se puede saber qué demonios tienes en la cabeza? ¿Hacer un escándalo así? ¿Permitir que te lleven a una comisaría por... —soltó una risa sin humor— por un estúpido perro sarnoso?

No respondí, no porque no tuviera qué decir, sino porque sabía que no le importaría.

—¿Tienes idea de la vergüenza que acabas de hacerme pasar? —continuó, caminando de un lado a otro—. Nuestra familia tiene una reputación que mantener, Nhallya, esto no es un juego.

Apreté la mandíbula, sintiendo el ardor en mi mejilla, pero mantuve la mirada baja.

Después de unos segundos, simplemente exhaló, como si yo ya no valiera ni el esfuerzo de seguir discutiendo.

—Ve a tu habitación —ordenó, cansada—. Mañana iremos a la casa de playa de los Couffaine. Nos han invitado por tu cumpleaños, así que más te vale comportarte como corresponde y sonríe —añadió, mirándome con frialdad—. Ellos patrocinan mi empresa.

Asentí.

Subí las escaleras en silencio, llevándome una mano a la mejilla aún ardiente, preguntándome —no por primera vez— por qué seguía aceptando todo eso sin decir una sola palabra. La respuesta era obvia... no podía abandonar el lugar donde estaba enterrado mi amado perro, el único ser que sí me amó de verdad.

A la mañana siguiente, el cansancio pesaba más que la resaca. Dormí apenas unas horas, lo suficiente para no desmayarme de pie. Frente al espejo, tomé el maquillaje con cuidado, cubriendo el leve enrojecimiento de mi mejilla. Cuando terminé, practiqué mi sonrisa y entonces bajé.

El trayecto hasta la casa de los Couffaine fue silencioso, pero en cuanto cruzamos las puertas, todo cambió. Como siempre.

—¡Nhallya, querida! —exclamó la señora Emma, acercándose con los brazos abiertos para abrazarme—. Feliz cumpleaños, cariño. —Gracias... —respondí, devolviendo el gesto con suavidad.

El señor Richard saludó a mis padres, las conversaciones de negocios empezaron casi de inmediato y en cuestión de segundos mi madre ya estaba sonriendo como si fuera la persona más dulce del mundo.

—Nosotros iremos un rato a la terraza —anunció la señora Emma con naturalidad—. Tenemos que hablar de unos asuntos privados. —Ustedes pueden ir a la playa si gustan hasta entonces —añadió el señor Richard—. Vayan con Ethan.

Mi mirada lo encontró casi de inmediato y caminé hacia él sin pensarlo demasiado.

—¿Estás bien? —pregunté, deteniéndome frente a él, bajando un poco la voz.

Ethan asintió ligeramente, con una pequeña sonrisa que no terminaba de llegar a sus ojos.

—Estoy en perfectas condiciones —respondió—. Evans exageró un poco.

—Demasiado —añadió Rose desde atrás, cruzándose de brazos mientras asentía—. Es un dramático, como siempre. Ethan me contó cómo sucedieron las cosas.

Y fue en ese momento cuando la señora Emma, que claramente había estado observando mi interacción con Ethan, sonrió con cierta intención.

—Es curioso —comentó, con tono suave—. Siempre te preocupas primero por Ethan, Nhallya.

Entendí la indirecta, pero esta vez era por un contexto diferente.

Giré apenas la cabeza hacia ella, sin saber muy bien qué responder.

—Es normal, supongo —continuó, como si nada—. Después de todo, crecieron juntos... y algunas cosas no cambian tan fácilmente, además de que estuvieron juntos tres años.

—Sí... —murmuré finalmente, encogiéndome ligeramente de hombros—. Supongo que algunas cosas no cambian. El aprecio no desaparece de la noche a la mañana.

—Bueno, en realidad —intervino mi madre de pronto, con esa sonrisa perfectamente hipócrita que ya conocía demasiado bien—, Nhallya es mucho más sentimental de lo que aparenta.

Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba de inmediato.

—Madre...

Pero no me dejó terminar.

—Siempre está viendo fotos antiguas —continuó, como si estuviera contando una anécdota adorable—. Sobre todo las que tiene con Ethan. A veces creo que no ha superado del todo esa etapa.

Me quedé completamente inmóvil, atónita, porque no solo era mentira... era una mentira con intenciones maliciosas bien colocadas.

Podía sentir la mirada de Rose sobre mí, conteniendo algo —probablemente risa o sorpresa— y la de Ethan... que ahora sí había cambiado a una confundida.

Abrí la boca, lista para desmentirlo, para cortar eso de raíz... pero algo me detuvo. Mi madre, con esa presión invisible que siempre lograba ejercer sin necesidad de levantar la voz.




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