—No puedo creer lo malo que eres jugando, Evans —dije riendo, llevándome una mano al estómago—. De diez juegos perdiste nueve... el único que ganaste fue el de fuerza.
Evans frunció el ceño, claramente ofendido... o fingiendo estarlo.
—De todas formas te gane.
—Claro, porque eres más fuerte que yo.
—No seas picona debes saber perder.
Negué con la cabeza, todavía sonriendo, y le hice un gesto con la mano.
—Ven, vamos... no te puede ir tan mal en tiro con arco ¿O si?
La primera flecha salió disparada... pero no hacia el blanco sino que casi le da al encargado del juego.
Me quedé mirándolo en silencio un segundo... y luego solté una risa que no pude contener.
—Evans...casi matas a alguien.
—Es una flecha de juguete no exageres.
Suspiré, acercándome.
—Dejame ayudarte.
Me coloqué detrás de él sin pensarlo demasiado, ajustando su postura con naturalidad.
—Estás tensando mal el brazo... relájalo.
Tomé suavemente su muñeca, corrigiendo la dirección.
—Ahora suelta.
La flecha salió recta y dio en el blanco.
—......
—......
Evans giró la cabeza hacia mí con una sonrisa enorme claramente no se lo creia del todo.
—¡LE DI EN EL BLANCO!.
—No fue—
No terminé la frase porque de un momento a otro me estaba abrazando.
Y no solo eso... me levantó del suelo.
—¡Oye! —protesté, sorprendida, soltando una risa—. ¡No toco el piso!
—Ganamos —corrigió él, como si fuera un logro compartido.
—¡Bájame!
Pero aun así... estaba riendo ,después de todo un dia de incomodidad por fin me estaba divirtiendo de verdad.
Después de otros juegos más, llevamos lo ganado al puesto del albergue de animales y donarlo junto con algo de comida.Luego me apoyé en la baranda, observando a los perros correr y jugar entre ellos, ajenos a todo lo demás.
Evans se detuvo a mi lado.
—Te gustan mucho —comentó.
Asentí levemente, sin apartar la mirada.
—¿Sabes por qué?
—Porque son adorables —respondió él, encogiéndose de hombros.
Negué con suavidad, una pequeña sonrisa formándose en mis labios... pero no era una sonrisa feliz.
—No.
Mi mirada siguió a uno de los cachorros que corría torpemente detrás de otro.
—Me gustan porque son puros.
Hice una pausa breve.
—A diferencia de las personas... ellos no fingen, aman sin ninguna condición.
—Además... —murmuré— los perros me recuerdan a mi Eros.
—No se si lo conociste pero era mi cachorro —continué, bajando un poco la voz—. Mi abuelo me lo regaló cuando era niña... poco antes de morir.
Mis dedos se apoyaron con más fuerza en la baranda.
—Creció conmigo y ......murió hace unos años de viejo.
Mi voz se quebró sin que pudiera evitarlo.
—Y lo extraño muchísimo.
Parpadeé intentando no llorar, pero ya era tarde.
Las lágrimas empezaron a caer sin que me diera cuenta.
—Porque él era mi lugar seguro...
Solté una pequeña risa, débil.
—Supongo que suena tonto.
Negué suavemente con la cabeza.
—Pero sé que está en un lugar mejor.
Hice una pausa.
—Aun así... siempre me voy a arrepentir de algo.
Respiré hondo, intentando mantener la voz estable.
—No estuve ahí cuando se fue, no pude despedirme... ni decirle cuánto lo amaba y lo extraño muchísimo.
Y entonces...Evans me abrazó.
Le devolví el abrazo, aferrándome a él más de lo que esperaba, escondiendo el rostro mientras las lágrimas seguían cayendo.
—Evans no respondió de inmediato. Sus brazos se tensaron apenas a mi alrededor, como si no supiera muy bien qué hacer en ese momento.
Poco a poco me separé, llevándome una mano al rostro para limpiar las lágrimas, evitando mirarlo directamente.
Fue entonces cuando sentí su mano acercarse a mi barbilla.
Levantó mi rostro con suavidad.
—Nhallya...
Antes de que pudiera procesarlo, se inclinó y di un paso atrás rápidamente.
—¿Qué intentas hacer?
El silencio que siguió... fue incómodo.
Evans parpadeó, como si recién entendiera lo que acababa de hacer. Se pasó una mano por el cabello, retrocediendo apenas.
—Lo siento —dijo de inmediato—. Pensé que...
Lo miré, todavía con el ceño fruncido, sintiendo cómo la ira reemplazaba todo lo que había sentido hace unos segundos.
—¿Qué diablos pensaste? —pregunté, con un tono más frío de lo que pretendía.
Evans no respondió.
Negué con la cabeza, soltando una pequeña risa sin humor.
—No puedo creerlo...
Me crucé de brazos, mirándolo con molestia.
—Pensaste que porque estuve vulnerable y baje la guardia un segundo... tenias derecho a intentar besarme.
—Lo siento fue un mal momento, no debi hacer eso —
—Tienes razón —lo interrumpí—. Quería despejar mi mente y por un segundo pensé que eras diferente, Evans, pero vi que tus intenciones eran otras.
Él apretó la mandíbula, pero no discutió.
—Gracias por la salida de todos modos... —añadí, evitando su mirada—, pero no esperaba esto.
—Llévame a mi casa por favor.
Al dia siguiente en la universidad todavia seguia algo irritada por todos los acontecimientos que me sucedian, demasiadas cosas en menos de una semana para asimilar y cuando mi ultima clase termino todo el salón se llenó de ruido: sillas moviéndose, mochilas cerrándose cuando me percate de Evans.
Evans Bernard, con un ramo de flores en la mano, apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa pequeña... casi inseguro de acercarse.
—Para ti, Nhallya —dijo, levantando apenas la mano en un saludo débil, como si no estuviera del todo seguro de cómo iba a reaccionar.
—Oh, por favor... —murmuré, sintiendo cómo me ardían las mejillas.
El salón explotó en risas, murmullos, silbidos,comentarios extraños.
Perfecto.
Mi vida ahora era un espectáculo.
Y yo... bueno, hice lo único lógico en ese momento: me deslicé lentamente debajo del pupitre y me tapé la cara con las manos.