Matt bajo las escaleras unos minutos después trayendo todo lo necesario y las esparció en la mesa.
Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario, todavía con ese ruido extraño en la cabeza por lo que había encontrado... pero Matt, como siempre, no tardó en romper el momento.
—¿Qué miras? —dijo, arqueando una ceja con una sonrisa ladina—. Sé que soy guapo, pero lamento decepcionarte... no eres mi tipo. Además, sería como incesto, qué asco ¿no? Eres como mi hermana.
Solté una risa, negando con la cabeza mientras apoyaba el codo en la mesa.
—Idiota —murmuré con una sonrisa—. Solo pensaba que tenemos mucho en común.
—¿Ah, sí?
—Sí —continué, mirándolo con un poco más de atención—. Nos parecemos un poco físicamente... tenemos los mismos lunares y hasta el color de cabello.
Matt hizo una pausa, como si realmente lo estuviera considerando... pero luego chasqueó la lengua.
—Nah, imposible —dijo, restándole importancia con un gesto de la mano—. Tú tienes a tus padres y yo a los míos... bueno, a mi mamá —corrigió—, porque mi padre está muerto y créeme... no se parece en nada al tuyo.
Asentí lentamente.
—Sí... tienes razón.
Pero no sonaba tan convincente ni siquiera en mi propia cabeza.
—Cambiando de tema —añadió de repente, inclinándose hacia atrás—, mis gustos son más... musculosos creo.
Levanté una ceja.
—¿Crees?
—O sea, estoy suponiendo —continuó, pasando una mano por su cabello—. Lo que dijo Philip... alborotó mi corazón y... nunca me pasó con ninguna chica.
Matt simplemente se encogió de hombros como si nada... y acto seguido me lanzó su laptop.
—En fin —dijo—. Ayúdame en inglés tú eres buena y yo estoy del asco.
Abrí el portátil, soltando una pequeña risa.
—Que exagerado eres.
—¡No es exageración! —se quejó, juntando las manos dramáticamente—. Ayúdame a salvar la materia o te juro que me encuentras muerto. Por mi mami no puedo jalar el ciclo.
Eso sí me hizo reír de verdad.
—Buen punto —dije, acomodándome mejor en la silla—. Pero no vas a jalar el ciclo, recuerda mente positiva.
Le di un pequeño golpecito en el brazo con el lápiz.
—Te debo la vida.
—Ya me debes demasiadas cosas —respondí, abriendo el documento—. Empieza a pagarlas o te cobrare comisión.
—¿Con mi increíble presencia no es suficiente?
—No.
—Qué cruel eres, ¿cuantas galletas de choco chips te debo?
—Mínimo... unas diez —dije, fingiendo pensar—. Y eso que también me prometiste caramelos de menta.
Matt abrió los ojos con dramatismo.
—¿Diez? Nhallya, eso es explotación ... .¿Unas moneditas por favor?.
—Jajaj vale vale,te perdono la deuda pero tienes que sacar un 20 en tu examen —repliqué, tecleando—. Ahora cállate y concéntrate.
—Sí, profesora aunque no pidas milagros tampoco—murmuró, acomodándose a mi lado.
Horas después,terminé de explicarle la última estructura con paciencia, obligándolo a repetirla hasta que dejó de sonar como si estuviera inventando un idioma nuevo, y finalmente cerré la laptop con un suspiro largo, más de alivio que de cansancio.
La señora Nicole apareció justo en ese momento desde la cocina, con esa sonrisa cálida que siempre parecía envolverlo todo.
—¿Ya terminaron, chicos?
—Sí, señora Nicole —respondí con una sonrisa sincera—. Gracias por todo, de verdad.
Ella asintió con dulzura.
—Cuando quieras, cariño esta también es tu casa.
Ese comentario... me hizo sentir algo raro en el pecho porque de verdad lo sentía como un segundo hogar.
Recogí mis cosas con calma y Matt me acompañó hasta la puerta, arrastrando los pies como si hubiera sobrevivido a una batalla.
—Eres una dictadora —murmuró.
—Ah sí? Gracias —respondí sin mirarlo con una sonrisa.
El camino a casa fue tranquilo, pero cuando llegué subí las escaleras rápidamente en busca de mi madre. Dudé un segundo antes de tocar.
Dos golpes suaves.
—Adelante —respondió su voz desde dentro, firme.
Abrí la puerta con cuidado.
Ella estaba sentada detrás de su escritorio, rodeada de papeles, revisando documentos con una concentración impecable. Ni siquiera levantó la mirada al principio.
—Madre...
—¿Qué necesitas? —interrumpió, directa, sin perder el ritmo de lo que estaba haciendo.
Respiré hondo antes de hablar, intentando que mi voz sonara casual, ligera... como si no fuera importante.
—Quería preguntarte algo.
Eso hizo que se detuviera apenas. Lo suficiente para que levantara la vista y me mirara, evaluándome.
—Habla.
Di un paso dentro de la oficina, sintiendo cómo la seguridad que tenía al entrar empezaba a desvanecerse.
—Quería ver mi acta de nacimiento... y... fotos de cuando estabas embarazada de mí.
Su expresión no cambió de inmediato, pero algo en su mirada se volvió más rígido, más distante.
—¿Para qué? —preguntó finalmente, con un tono frío que me hizo tensar los hombros.
Me encogí ligeramente de hombros, intentando restarle importancia.
—Solo... curiosidad.
El bolígrafo que sostenía golpeó el escritorio cuando lo dejó, con un sonido seco que rompió cualquier intento de suavizar el momento.
—No estoy para tonterías, Nhallya.
Parpadeé, sorprendida por la rapidez del rechazo.
—No es una tontería, solo quería—
—Lo es —cortó, esta vez sin espacio para insistir—. Deberías concentrarte en cosas que realmente importan.
Su mirada bajó a unos documentos, pero enseguida volvió a mí, más crítica.
—Como tus estudios.
Sentí cómo algo dentro de mí se encogía.
—Estoy estudiando, saco buenas notas...
—¿Ah, sí? —arqueó una ceja—. Porque según tus resultados, otra vez estás en segundo puesto por debajo de lo que esperaba.
—¿Cómo es posible —continuó, con ese tono medido pero afilado— que nunca puedas ser la primera en algo?
—Deberías invertir tu tiempo en mejorar eso —añadió—, en lugar de venir a distraerme con preguntas estúpidas sin sentido.