Tú, mi destrucción ©

Capítulo 26

El clima era helado, pero no me afectaba, caminaba entre piedras y árboles sin un alma cerca. Mi única compañía era Donovan que seguía a mi lado sin mostrar cansancio pese a que, llevábamos días recorriendo el bosque; ayer arribamos cerca de la desembocadura del río Dâmbovița y hoy nos adentrábamos en la zona montañosa sin tener absolutamente nada. Ni un sólo rastro de Gregor.
Estuvimos en el último lugar que Donovan tenía como referencia pero no encontramos la casa donde estuvo cautivo, es como si jamás hubiese estado ahí. Y con cada día que transcurría la desesperación aumentaba; necesitaba encontrarla, no estaría tranquilo hasta liberarla de las garras de Gregor, lo que sucediera después de eso no me importaba en lo más mínimo.

—Espero que la hechicera le haga saber que lo buscamos —habló Donovan. Se detuvo un momento bajo un árbol mientras recorría nuestro entorno con la mirada.

—¿La conociste? Me refiero a físicamente. —Pregunté curioso.

Habíamos tenido mucho tiempo para hablar, así que me habló sobre la hechicera que Gregor tenía a su disposición, ella era quien le ayudaba a mantenerse oculto, así como también a transportarse de un lugar a otro con suma rapidez. Una mujer a la altura de Gregor si de fuerza hablamos. La curiosidad por conocerla era mucha. Jamás escuché de brujas o hechiceras, era un total enigma para mí.

—No. Su rostro siempre fue ocultado por una capucha y no tuve ni siquiera la mínima oportunidad de acercármele. Es tremendamente poderosa. —Respondió con cierta fascinación.

—Quisiera conocerla —murmuré pensativo.

Y como si mis palabras hubiesen sido mágicas, delante de nosotros, al menos a cinco metros de distancia, de la nada se presentó una mujer; ella usaba un vestido negro que le cubría los pies, estaba cubierto de barro y suciedad, mientras que de la rodilla para arriba se mantenía pulcro. Una capa del mismo color cubría la delgadez de su cuerpo y una capucha ocultaba su rostro que por lo que logré entrever, era pálido; el cabello pelirrojo y ondulado le caía por encima de la redondez de sus pechos, era de un color brilloso que por un instante me hizo pensar en Stacy.
No logré mover un sólo músculo, estaba atónito admirándola; ella tampoco se movía y por un instante creí notar que flotaba. Entendí de lo que Donovan hablaba. El poder que desprendía era fascinante, como si se tratara de una barrera poderosa que caía sobre ti y empujaba y empujaba, haciéndose verdaderamente notoria. 

—Mi señor admira tu perseverancia y ha accedido a verte. —Habló. Y su voz sonaba como a cientos de campanillas provocando sonidos suaves y armoniosos.

—¿Sólo a él? —Inquirió Donovan. Me pareció ver que ella esbozaba una media sonrisa.

—Donovan Riemman —pronunció con asiduidad cada sílaba de su nombre—. Has escuchado a la perfección.

Di un paso al frente, Donovan colocó su mano en mi pecho. Lo miré.

—Lane, ten cuidado y elige sabiamente. Si Gregor no me quiere ahí es por una razón, temo que lo que encontrarás no va a gustarte —me advirtió. Ciertamente no temía, al menos no por mi vida.

—Estaré bien. De la forma que sea voy a liberarlos, lo haré, papá.

Donovan sonrió ante esto último. Me regaló un abrazo breve que sin dudar respondí, no quería tener más rencor en mí, después de todo él era mi padre, me ayudó y quizá no lo volvería a ver pronto.
Nos separamos y la hechicera extendió su delgado brazo hacia mí ofreciéndome su mano. No miré de nuevo a Donovan y simplemente acepté la mano de aquella mujer, estaba helada, tanto como lo estaba la piel de los vampiros; me sorprendió, pero no me dio tiempo de analizarlo, ya que a una velocidad sorprendente me arrastró hacia un lugar totalmente desconocido mientras mis ojos se mantenían cerrados y no había forma de que pudiese abrirlos. La presión que sentía contra mi cuerpo era mucha, era una sensación aplastante que apretaba mis pulmones y me dificultaba la respiración a tal punto de desesperarme por la asfixia que llegaba a experimentar; parte de mis sentidos se desvanecieron, entre ellos el oído, el habla y la vista. Ciertamente no me gustaría repetir la experiencia.

Cuando al fin ella se detuvo  caí al suelo de forma brusca golpeándome el cuerpo contra las rocas; el aire arribó a mis pulmones súbitamente, jadee y mis ojos se abrieron despacio, como si sobre ellos se encontrara un velo pesado que impedía hacerlo normalmente.
Aprecié una luz mortecina, el olor a humedad me apretó la nariz, un constante goteo se tornó molesto, al punto de irritarme. Como pude me levanté del suelo sintiéndome débil. Oí pasos, suaves susurros y un sollozo que más bien sonó a un jadeo de sorpresa.

—Ponte de pie, Lane —ordenó Gregor.

Lo logré segundos después, enfrentándolo al fin; nos encontrábamos en una cueva, había algunas antorchas iluminándola de lado a lado, era grande, una inmensa roca curvilínea que causó un poco de claustrofobia al tener la impresión de que en cualquier momento iba a aplastarme. Sin embargo, todo quedó en segundo plano cuando mis ojos se fijaron en Gregor.
Él se hallaba a varios metros de mí, justo al borde de la cueva, no podía apreciar el suelo desde aquí y supe que era porque en realidad no había suelo que apreciar, que nos encontrábamos en un precipicio. Y lo peor de todo es que Gregor sostenía a Alaina de la mano, ella estaba al borde de la cueva, no se veía herida de ningún modo, usaba ropa diferente, un vestido largo y rojo que al igual que con la hechicera, le cubría los pies. Su cabello estaba suelto y presionaba su mano contra el vientre. La vi más hermosa que nunca y cuando nuestras miradas chocaron me di cuenta que en realidad ella significaba mucho para mí. Me devolvió una mirada dulce y angustiada, tenía miedo, era palpable en el ambiente y por primera vez odié el poder apreciar aquella emoción tan nítidamente.




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