Tu refugio en mis brazos

Prólogo

Nicolás Santoro lleva una vida casi perfecta: es un genio millonario a sus apenas veinticuatro años. Tiene todo para ser feliz: un trabajo estable en el que casi es el jefe y donde no tiene que estar todo el tiempo en la empresa. Vive solo y, a pesar de haber tenido algunas conquistas, nadie llama realmente su atención.

Trabaja para una empresa de alimentos, aunque su puesto está más enfocado en la logística. En ocasiones, se presenta para observar la producción y la llegada de los productos a los mercados, tanto caros como baratos.

Aquel día, Matteo, su jefe, llamó a Nicolás para que fuera a realizar el análisis y la observación de una carga de verduras en un mercado abierto, todo ello en un pequeño pueblo.

***

—¿Entendiste, Santoro?

—Sí, jefe, en diez minutos estoy allá.

—Vale.

El jefe de Nicolás colgó. Este se dispuso a terminar de organizar algunos cuadros en su tablet; en ellos había precios importantes de los productos importados.

Nicolás tenía un cabello rubio muy llamativo, que le daba un toque extra, a pesar de que ya era un hombre muy guapo.

El coche en el que se desplazaba se detuvo frente al mercado abierto y al aire libre de aquel apartado pueblo italiano. El sol estaba cerca de esconderse, así que Nicolás bajó de inmediato; cuanto más rápido terminara aquel trabajo, más rápido podría regresar a su apartamento, aunque no era que le gustara estar solo en ese lugar.

Rodeó el mercado hasta la zona de bodegas, donde ya se encontraban los camiones con los productos.

—Bien, ¿qué tenemos?

Nicolás preguntó a uno de los hombres a cargo del comercio. Era un hombre de cabello negro y ojos cansados. Mientras aquel hombre le daba una lista y mencionaba qué cosas se habían echado a perder por el viaje, Nicolás vio algo —o alguien— corriendo cerca de una de las entradas al mercado. Aunque al principio no le prestó atención, pronto se dio cuenta de que algo no estaba bien.

—Disculpe, señor Bassi, ¿me podría indicar dónde está el baño?

El rubio interrumpió al hombre de cabello negro, quien no se molestó; de hecho, suspiró con tranquilidad y asintió, señalándole hacia la izquierda de la bodega.

Nicolás se dirigió hacia aquel lugar, que misteriosamente era el mismo donde había visto correr a alguien. Sentía curiosidad e intuía que algo no estaba bien, aunque no sabía de qué se trataba lo que sentía.

Entró al baño de hombres y vio a un niño pequeño arrodillado debajo de los lavamanos. Se veía asustado, su cabello negro estaba tan largo que le cubría un poco la frente. Su ropa parecía vieja y algo sucia.

El niño no pareció percatarse de la presencia de Nicolás hasta que él habló.

—Hey, niño, ¿qué haces aquí? ¿Estás solo? ¿Dónde están tus padres?

—Mi mami, no sé dónde está mi mami.

Dijo el pequeño, que llevaba una camisa azul oscura y pantalones cortos, donde se podía ver un pequeño moretón bajo sus rodillas. Sin importar el porqué, a Nicolás no le gustó ver eso.

Nicolás se arrodilló frente al pequeño, que parecía más allá de asustado: estaba triste. Abrazaba sus piernas con sus pequeños brazos y estaba lo más encogido posible. Le calculaba unos tres o cuatro años. Nicolás trató de sonreírle, pero el niño lo miró con desconfianza.

—¿Quieres que te ayude a buscar a tu mami?

El niño frunció el ceño pero no dijo nada.

—Está bien, ¿cuál es tu nombre, pequeño?

—Leo.

La vocecita del pequeño hizo que Nicolás se sintiera más cerca de él.

—Bueno, Leo, parece que estás perdido y si te escondes en el baño de las bodegas, es seguro que tu mami no te encontrará. Déjame ayudarte, te prometo que no te haré nada.

Los ojitos verdes del niño parecían sopesar la decisión hasta que, al final, relajó un poco los hombros.

—Está bien.

Nicolás le dio su mano para que el niño la tomara con la suya, y eso fue lo que hizo. El rubio ayudó al niño a levantarse; su pequeña mano se perdía entre los grandes dedos del hombre.

Se adentraron en el mercado, que no era tan pequeño.

—Leo, ¿cómo es tu mami?

—No entiendo.

—Veamos, ¿de qué color es su cabello?

—Es negro, como el mío.

—Eso servirá.

Estuvieron caminando un rato de un lado a otro. Nicolás no se iba a rendir; tenía que devolver al niño a su madre. Pero un tirón de su brazo lo hizo mirar al niño. Los ojos verdes de Leo parecían cansados, y se dio cuenta de que el niño estaba temblando del frío. Era prácticamente de noche. Nicolás masculló una mala palabra entre dientes, lo que hizo que Leo frunciera el ceño y lo mirara con atención. El rubio no le prestó atención a eso y se quitó su chaqueta, que, a pesar de ser de cuero por fuera, por dentro tenía un material calentito.

Se agachó frente a Leo y le pasó la chaqueta por los hombros, tratando de ajustársela con un nudo en los brazos.

—¿Mejor? ¿Ya no sientes tanto frío?

—Sí. Mejor. Gracias.

Nicolás no pudo evitar sonreírle, hasta que Leo miró hacia atrás del rubio y corrió en esa dirección.

—Leo, pequeño, ¿a dónde vas?

Nicolás se volvió, aún agachado, para ver hacia dónde se iba el niño, hasta que se detuvo frente a una mujer: una mujer bajita, de cabello negro y con cerquillo. Vestía un jersey azul cielo y unos vaqueros oscuros.

—¡Mami!

El niño se abrazó a la pierna de la mujer, quien no podía agacharse. Nicolás no comprendió por qué la mujer no se agachaba, pero decidió acercarse para salir de dudas.

Se acercó escuchando a la mujer decirle algo al niño, que fue interrumpido cuando Nicolás llegó al frente.

Ella inmediatamente tomó al niño y lo pegó a sus piernas, con un instinto de protección.

Nicolás pudo observar mejor a la mujer: tenía los ojos verdes que comprendió había heredado el pequeño. Sí que era su madre.

—Disculpe, señora, encontré a su hijo en los baños de las bodegas y llevamos unos minutos buscándola. Si usted es la madre del niño, ¿cierto?




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