MAXIMO
Cerré la puerta de mi despacho tras de mí, dejando a Liah sentada a la mesa, rodeada por el lujo frío de mi oficina y el eco de mis palabras. Me detuve un segundo en el pasillo, apoyando la mano en la madera noble de la puerta. Podía sentir la vibración de su rabia y su confusión a través del panel.
Había ganado. La había tenido a centímetros, había visto cómo sus pupilas se dilataban bajo mi sombra y cómo su respiración se volvía errática mientras yo cercaba su espacio personal. El subidón de adrenalina que me provocaba tenerla bajo mi control era una droga potente, pero apenas di tres pasos hacia el ventanal del pasillo, el efecto empezó a disiparse, dejando un rastro amargo.
Remordimiento. Era una palabra que no solía figurar en mi vocabulario. Un hombre en mi posición no puede permitirse el lujo de dudar de sus ejecuciones. Pero verla allí, obligada a servirme, obligada a respirar mi aire solo porque yo tenía el poder legal de retenerla, me provocó una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la culpa. Odiaba verla tan delgada, tan pálida, con esas ojeras que delataban noches de insomnio que yo mismo le había provocado.
Caminé hacia la oficina de mi asistente con paso pesado.
—Chloe. —Ella levantó la vista de inmediato—. Cancela el servicio de catering externo para el resto de la semana. Quiero que la cena de esta noche sea preparada por mi chef personal y servida en mi despacho a las ocho en punto. Para dos.
Chloe parpadeó, sorprendida por el cambio de planes.
—¿Sucede algo con la seguridad, señor?
—No. Solo asegúrate de que ella tenga todo lo que necesite. Café, agua, lo que sea. Y mantén la temperatura de la planta estable. No quiero que pase frío mientras revisa esos archivos.
—Entendido, señor.
Me encerré en una sala de conferencias secundaria solo para estar lejos de ella, para intentar recuperar la objetividad que perdía cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Fue entonces cuando mi teléfono personal vibró. Era Ethan. Mi socio, pero sobre todo, mi mejor amigo. El único hombre que se atrevía a decirme la verdad cuando mi propio ego me cegaba.
—Dime que lo que escucho es mentira, Maximo —soltó Ethan sin saludar—. ¿De verdad la tienes retenida en la torre bajo una auditoría inventada?
—Es legal, Ethan. No estoy haciendo nada que el estatuto no me permita.
—No me hables de estatutos. Estás usando el poder de Imperium para jugar al gato y al ratón con una mujer que ya destruiste hace tres años. Lo que estás haciendo no es justicia, es acoso.
—Ella me traicionó —gruñí, sintiendo cómo la rabia volvía a encenderse—. Me humilló frente a mi familia, frente a mis socios. Me engañó con ese infeliz de Albright. Las fotos no mienten, Ethan.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Un silencio que me puso los pelos de punta.
—Maximo... te conozco desde que no teníamos nada. He visto cómo construiste este imperio con una frialdad matemática. Pero con ella, siempre has sido diferente. Siempre has sido errático.
—¿A qué quieres llegar?
—Hermano, ¿y si ella nunca mintió? —La pregunta de Ethan cayó como una granada en medio de mis certezas—. Piénsalo un segundo. Liah Rinaldi siempre fue demasiado orgullosa para ocultar algo. Si ella te hubiera dejado de amar, te lo habría dicho a la cara. No era el tipo de mujer que se arrastra en las sombras. ¿Y si lo que viste en esas fotos fue un montaje que tu propia rabia no te permitió analizar?
Sentí un vacío en el estómago. La imagen de Liah en el altar, con el vestido manchado por el vino y los ojos desorbitados por el dolor, me asaltó. Ella gritaba que me amaba mientras los guardias la sacaban.
—No digas estupideces. Vi las pruebas —respondí, aunque mi voz ya no sonaba tan firme.
—A veces vemos lo que necesitamos ver para justificar nuestro odio, Maximo. Solo digo que tengas cuidado. Porque si ella es inocente y sigues apretando la soga, cuando te des cuenta de la verdad, no habrá infierno suficiente para pagarlo.
Colgué sin despedirme. Las palabras de Ethan se quedaron flotando en el aire, infectando mi seguridad.
Llamé a Derek, mi abogado, con una urgencia nueva y oscura.
—Derek. El archivo de la Planta Beta.
—¿El de la reestructuración de los Rinaldi? Está en la bóveda de archivos muertos, señor. ¿Por qué?
—Quiero que lo pongas en la sala de juntas. Ahora mismo. Entre la pila de documentos que ella tiene que revisar esta noche. No lo escondas demasiado, pero tampoco se lo entregues en la mano. Quiero que lo encuentre "por accidente".
—Señor, ese documento prueba el fraude de su padre. Si ella lo ve, destruirá la poca imagen que tiene de Richard Rinaldi. Es un golpe bajo, incluso para usted.
—No es un golpe bajo, Derek. Es la verdad. Ella cree que yo soy el único villano en esta historia. Quiero que vea que su querido padre construyó su castillo sobre un pantano de deudas y mentiras ambientales.
—¿Y si lo usa contra nosotros?
—No lo hará. Liah morirá antes de ver a su padre en la cárcel. Pero saberlo la quebrará. Y necesito que esté quebrada para que deje de mirarme con ese odio tan puro.
Corté la comunicación. Mi respiración era errática.
La duda de Ethan me estaba matando por dentro, así que necesitaba reafirmar mi poder. Necesitaba que ella encontrara ese archivo. Necesitaba que viera que su mundo era tan podrido como el mío. Si yo no podía ser el héroe de su historia, entonces me aseguraría de que no tuviera héroes a los que aferrarse.
Salí de la sala y caminé de regreso hacia mi despacho. Pasé por delante de la sala de juntas y la vi a través del cristal. Estaba inclinada sobre los papeles, su cabello castaño cayendo sobre sus hombros. Se veía tan pequeña en esa mesa enorme... y tan mía.
A pesar de las fotos, a pesar de la bofetada, a pesar del tiempo, cada fibra de mi ser me gritaba que ella me pertenecía. Y ese era mi verdadero remordimiento: saber que, aunque lograra destruirla por completo, nunca dejaría de desearla.
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Editado: 04.01.2026