LIAH
El silencio en la torre de Imperium Global después de las ocho de la noche tiene un peso físico. No es la ausencia de ruido; es una presión atmosférica que te recuerda, en cada segundo, que estás en el corazón de un imperio construido para dominar. Las luces automáticas de los pasillos se habían atenuado, dejando la sala de juntas sumida en una penumbra artificial, interrumpida solo por el brillo azulado de mi computadora y la lámpara de escritorio que Maximo, en un gesto que no supe si clasificar como cortesía o vigilancia, había ordenado instalar.
Mis dedos ardían de tanto pasar hojas de papel bond y archivos plastificados. Tenía la garganta seca, a pesar de que Chloe había dejado una jarra de agua con cristales de hielo que se burlaban de mi ansiedad. El "almuerzo estratégico" con Maximo me había dejado una náusea persistente. Su cercanía, ese olor a sándalo y poder que emanaba de su piel, me había perseguido durante toda la tarde como un fantasma hambriento.
«En Planta Beta... encontrarás algo que te interesa. Un secreto que tu padre no te contó».
Sus palabras eran una infección. Traté de decirme que era una táctica de manipulación, una forma de sembrar la cizaña entre mi padre y yo, los únicos dos Rinaldi que quedaban en pie tras la tormenta. Pero Maximo no mentía en los negocios. Podía ser cruel, despiadado, posesivo y un maldito monstruo, pero su orgullo le impedía usar mentiras baratas. Si él decía que había un secreto en la Planta Beta, es porque había un cadáver enterrado allí.
Me puse de pie, sintiendo cómo mis músculos protestaban. Me acerqué al ventanal. Desde el piso cincuenta, la ciudad parecía un tablero de circuitos integrados. Recordé a mi padre, Richard, hace tres años. Lo recordé abrazándome el día que Maximo nos declaró la guerra, jurándome que nuestra empresa era sólida, que nuestra herencia era limpia. "Somos gente de honor, Liah", me decía con su voz ronca de patriarca. "Él solo quiere destruirnos porque no puede poseernos".
Regresé a la mesa con una determinación renovada por la rabia. No iba a dejar que Maximo ganara este asalto psicológico. Empecé a rebuscar en las cajas de la auditoría que aún no había tocado. Eran archivos de la época de la reestructuración, documentos que se suponía que eran irrelevantes para la adquisición actual.
Pasó una hora. Luego dos. El reloj de la pared marcaba las once de la noche cuando mis manos tropezaron con una carpeta de color beige, vieja, ligeramente desgastada en las esquinas. No tenía un código de barras de Imperium, lo que significaba que era un documento original de Rinaldi Holdings absorbido durante la toma de control. En el lomo, escrito con la caligrafía apretada de la antigua secretaria de mi padre, rezaba: "Proyecto Auxiliar - Activos Planta Beta".
Mi corazón dio un vuelco violento. Abrí la carpeta.
Al principio, solo eran informes técnicos aburridos. Mapas de suelo, registros de propiedad, escrituras. Pero a medida que profundizaba, el lenguaje empezaba a cambiar. Ya no eran informes de "desarrollo", sino de "mitigación".
Encontré un documento fechado seis meses antes de mi boda con Maximo. Era una carta privada de una consultora ambiental independiente dirigida personalmente a Richard Rinaldi. La leí una, dos, tres veces, esperando que mi cerebro estuviera traduciendo mal las palabras debido al cansancio. Pero no había error.
La Planta Beta, el activo que mi padre había usado como garantía principal para salvar la empresa de la bancarrota y negociar la fusión con Maximo, era una bomba de tiempo. El suelo estaba saturado de metales pesados y residuos químicos que se habían filtrado al manto freático. El costo de la limpieza superaba tres veces el valor de la propiedad.
Pero lo peor no era la contaminación. Lo peor era el siguiente folio.
Era un balance contable firmado por mi padre donde la Planta Beta aparecía revaluada como "terreno premium para desarrollo residencial". Había informes falsificados, sellos notariales comprados y una serie de transferencias a cuentas offshore para ocultar los informes ambientales reales.
Mi padre no solo había mentido. Había cometido un fraude masivo. Había vendido a Imperium —y a Maximo— un activo podrido, sabiendo que en algún momento la verdad saldría a la luz.
—No... papá, ¿qué hiciste? —susurré, mi voz quebrándose en la inmensidad de la sala.
Me desplomé en la silla, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Toda la narrativa de mi vida en los últimos tres años se desmoronó en un segundo. Yo había caminado con la cabeza en alto, sintiéndome la víctima mártir de un magnate despiadado. Había odiado a Maximo por destruir el legado de mi padre, por atacar una empresa "honorable" por puro despecho.
Pero Maximo tenía razón.
Él había descubierto el fraude. Quizás no al principio, quizás después de la boda fallida, pero lo había descubierto. Su ataque a Rinaldi Holdings no fue solo un acto de celos o venganza personal; fue una ejecución corporativa necesaria para salvar a su propia empresa de la estafa que mi padre le había tendido.
Sentí una náusea insoportable. Richard Rinaldi, el hombre que me había consolado mientras yo lloraba por la humillación de Maximo, sabía que él mismo era el culpable de que el castillo de naipes se cayera. Me había dejado pelear su guerra, me había dejado poner el pecho a las balas, sabiendo que su propia firma estaba en esos documentos de fraude.
La puerta de la sala de juntas se abrió.
No tuve que mirar para saber quién era. El aire cambió, volviéndose más pesado, más cargado. Los pasos de Maximo sobre la alfombra eran lentos, rítmicos, como los de un juez acercándose al estrado.
Me quedé allí, con los documentos esparcidos frente a mí, las pruebas de la deshonra de mi familia expuestas bajo la luz fluorescente. No me molesté en limpiar mis lágrimas. Estaba demasiado vacía para sentir vergüenza.
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Editado: 04.01.2026